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Marcos 4: Enseñando por parábolas

Pastor Lionel

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El lago de Galilea era famoso por sus tempestades. Se producían inesperadamente y tan de pronto que sorprendían y aterraban. Un escritor las describe de la siguiente manera: «No es raro ver aparecer terribles tempestades, hasta cuando el cielo está perfectamente despejado, sobre estas aguas que están ordinariamente tranquilas. Los numerosos arroyos que desembocan por la parte superior del lago, por el Nordeste y el Este, actúan como peligrosos desfiladeros por los que se lanzan los vientos de las alturas de Haurán, la meseta de Traconítide y la cima del monte Hermón, y se encauzan y comprimen de tal manera que, precipitándose con una fuerza tremenda por un espacio estrecho y luego soltándose de pronto, agitan el pequeño lago de Genesaret de una manera aterradora.» Uno que fuera cruzando el lago siempre estaba expuesto a encontrarse con una de estas tempestades repentinas. Jesús iba en la barca en la posición que se le permitiría a cualquier huésped distinguido. Se nos dice que «en estos barquitos, el lugar para cualquier extranjero distinguido es un pequeño asiento colocado en la popa, donde suele haber una esterilla y un cojín. El timonel suele ir de pie un poco más adelante en la cubierta, aunque cerca de la popa, para tener una visión clara hacia adelante.»

Es interesante notar que las palabras que Jesús le dirigió al viento y a las olas son exactamente las mismas que le dijo al poseso de Mar_1:25 . Lo mismo que un malvado demonio poseía a aquel hombre, así el poder destructor de la tormenta era, así lo creían en Palestina en aquellos días, el poder malvado de los demonios actuando en el reino de la naturaleza.

No le hartamos justicia a esta historia si la tomáramos sólo en un sentido literal. Si no describe más que un milagro físico en el que Jesús calmó una tempestad, es muy maravillosa, y es algo que nos produce admiración, pero que solamente sucedió una vez y no se repetirá nunca. En tal caso es algo totalmente externo a nosotros. Pero si la leemos también en un sentido simbólico es de mucho más valor. Cuando los discípulos se dieron cuenta de que la presencia de Jesús estaba con ellos, la tempestad se convirtió en calma. Una vez que se dieron cuenta de que Él estaba allí, una paz intrépida vino a sus corazones. Viajar con Jesús era viajar en paz aun en medio de la tormenta. Ahora bien: eso es universalmente cierto. No es algo que sucedió una vez y no más; es algo que sigue sucediendo, y que nos puede suceder a nosotros también. En la presencia de Jesús podemos tener paz aun en medio de las más violentas tempestades de la vida.

(i) Jesús nos da la paz en la tormenta del duelo. Cuando nos viene una pérdida como es inevitable, Jesús nos habla de la gloria de la vida por venir. Él cambia la oscuridad de la muerte en la luminosidad del pensamiento de la vida eterna. El nos habla del amor de Dios. Hay una antigua historia de un jardinero que tenía en su jardín una flor favorita que quería mucho. Cierto día llegó al jardín, y se encontró con que aquella flor no estaba. Se entristeció y enfadó mucho, y se puso a proferir queSantiago En medio de su resentimiento se encontró con el dueño del jardín, al que comunicó sus quejas también. « ¡Cállate! -le dijo el dueño- La he recogido yo para mí.» En la tormenta del duelo, Jesús nos dice que los que amamos han ido para estar con Dios, y nos da la seguridad de que nos reuniremos otra vez con los que hemos amado y perdido por un tiempo.

(ii) Jesús nos da la paz cuando los problemas de la vida nos envuelven en una tempestad de duda y tensión e incertidumbre. Hay momentos en los que no sabemos qué hacer; cuando nos encontramos en alguna, de las encrucijadas de la vida, y no sabemos qué camino seguir. Si entonces nos volvemos a Jesús y Le decimos: « Señor, ¿qué quieres que haga?» -el camino aparecerá claro. Lo trágico no es no saber qué hacer, sino que a menudo no nos sometemos humildemente a la dirección de Jesús. El buscar Su voluntad y someternos a ella es el camino a la paz en tales momentos.

(iii) Jesús nos da la paz en las tormentas de la ansiedad. El principal enemigo de la paz es la preocupación, por nosotros, acerca del futuro desconocido, y por los que amamos. Pero Jesús nos habla de un Padre Cuya mano no causará nunca a Sus hijos una lágrima innecesaria, y de un amor más allá del cual ni nosotros ni los que amamos podemos ser arrastrados nunca. En la tormenta de la ansiedad Jesús nos trae la paz del amor de Dios.

Jesús hablaba por parábolas y, a través de las historias que contaba, enseñaba a la gente. Esas historias eran parábolas. La parábola usa escenas conocidas para explicar verdades espirituales. Este método de enseñanza obliga al oyente a pensar. Y oculta la verdad a quienes son demasiado obstinados o tienen prejuicios para atender la enseñanza que se les da. La mayoría de las parábolas tiene un punto central, por lo cual debemos ser cuidadosos en no ir más allá de lo que Jesús quiso enseñar.

La semilla se plantaba o sembraba a mano. Los agricultores iban por el terreno lanzando puñados de semillas que sacaban de unos sacos grandes que llevaban colgados de los hombros. Las plantitas no crecían en el orden que crecen ahora gracias a la maquinaria que se usa para plantarlas. Por diestros que fueran los agricultores, no podían evitar que las semillas cayeran en el camino o entre las piedras y las espinas, ni que las arrastrara el viento. Lanzaban las semillas en abundancia y lograban que gran parte de estas cayeran en buena tierra asegurando la cosecha.

Escuchamos con nuestros oídos, pero hay una forma más profunda de oír, con el corazón, necesaria para captar el sentido espiritual de las palabras de Jesús. Algunas personas en la multitud buscaban alguna evidencia en contra de El; otros en realidad querían aprender y crecer. Las palabras de Jesús son para los que le buscan con sinceridad.

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