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Marcos 4: Enseñando por parábolas

Pastor Lionel

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Algunas veces pensamos que, para todo lo que podemos hacer, realmente apenas vale la pena empezarlo. Pero debemos siempre tener presente esto: Todo tiene que tener un principio. Nada nace como Minerva de la cabeza de Zeus en la mitología griega, teniendo su forma definitiva. Debemos hacer lo que podamos; y el efecto acumulativo de todos los pequeños esfuerzos acabará produciendo un resultado sorprendente.

(ii) Esta parábola habla del imperio de la Iglesia. El árbol y los pájaros, como hemos visto, representan un gran imperio y todas las naciones que encuentran cobijo en él. La Iglesia empezó por una persona, y está diseñada para abarcar todo el mundo. Hay dos direcciones en las que esto es verdad.

(a) La Iglesia es un imperio en el que pueden tener su lugar todas las opiniones y todas las teologías. Tenemos la manía de tachar de herejes a todos los que no piensan como nosotros: John Wesley fue el mayor ejemplo de tolerancia de la Historia. «Pensamos -decía-, y dejamos pensar.» «Yo no tengo más derecho -decía- a objetar a uno que tiene una opinión diferente de la mía del que tengo a diferir de uno porque lleva peluca mientras que yo tengo todavía mi pelo.» Wesley tenía un saludo: «¿Es tu corazón como el mío? ¡Entonces, dame la mano!» Está bien que uno esté seguro de tener razón; pero eso no es razón para pretender que ningún otro la tenga.

(b) La Iglesia es un imperio en el que tienen cabida todas las naciones. Una vez, se estaba construyendo una iglesia. Una de sus muchas bellezas iba a ser una vidriera de colores. El comité de construcción buscaba un tema, y finalmente se decidió por los versos del himno Del trono eterno en derredor niñitos mil están.

Contrataron a un gran artista para que hiciera el modelo del que luego se haría la vidriera. Tan pronto como empezó su trabajo, se entregó a él totalmente. Cuando lo terminó, se acostó y se quedó dormido; pero por la noche creyó oír un ruido en el estudio. Fue a investigar, y vio a un extraño, con la paleta y el pincel en la mano, trabajando en su pintura. «¡Estate quieto! -gritó- ¡Vas a estropearme el cuadro!» «Creo -dijo el extraño- que ya lo has estropeado tú.» «¿Por qué me dices eso?» -preguntó el artista. «Porque -le contestó el otro- tú tienes muchos colores en la paleta, pero no has usado nada más que blanco para los rostros de los niños. ¿Quién te dijo que el Cielo es un lugar en el que no hay más que niños blancos?» «Nadie -confesó el artista-; pero así es como yo me lo figuré.» «¡Mira! -dijo el extraño-. Voy a poner algunas de sus caritas amarillas, y otras negras, y otras rojas, y otras grises. Todos están allí, porque han aceptado Mi invitación.» «¿Tu invitación? ¿Quién eres Tú?» El Extraño sonrió, y dijo: «Una vez hace mucho Yo dije: «Dejad a los niños venir a Mí, y no se lo impidáis, porque de los tales es el Reino del Cielo» -¡Y lo sigo diciendo!» Entonces el artista se dio cuenta de que era el Maestro en persona; y cuando se dio cuenta, Él desapareció. El cuadro parecía tanto más maravilloso ahora que tenía niños negros y amarillos y rojos y grises y blancos. Por la mañana, el artista se despertó y fue corriendo al estudio. Su cuadro estaba corno lo había dejado el día antes; y se dio cuenta de que todo había sido un sueño. Aunque aquel mismo día venían los del comité a ver el cuadro, él cogió los pinceles y la paleta, y empezó a pintar los niños de todos los colores que tienen las razas humanas en todo el mundo. Cuando llegó el comité, todos pensaron que el cuadro era maravilloso; y uno dijo conmovido: «¡Vamos a tener la familia de Dios en nuestra iglesia!»

La Iglesia es la familia de Dios; y en esa Iglesia que empezó en Palestina tan pequeña como un granito de mostaza, hay sitio para todas las naciones del mundo. No hay barreras en la Iglesia de Dios. Los hombres las levantan, pero Dios en Cristo las elimina.

EL SABIO MAESTRO Y EL ALUMNO APROVECHADO

Era con muchas parábolas así como Jesús seguía comunicándoles la Palabra, acomodando Su enseñanza a la capacidad que ellos tenían. Tenía la costumbre de no hablarles sin una parábola; y cuando estaban en privado, les descubría a Sus discípulos lo que quería decir todo.

Aquí tenemos una definición breve pero perfecta tanto del sabio maestro como del alumno sabio. Jesús acomodaba Su enseñanza a la capacidad de Su audiencia. Esa es la primera necesidad de la enseñanza sabia.

Hay dos peligros que un maestro sabio debe evitar a toda costa.

(a) Debe evitar todo exhibicionismo. El deber de un maestro no es llamar la atención, sino dirigir la atención a su tema. El deseo que exhibirse puede hacer que uño intente alucinar a expensas de la verdad. Puede hacerle pensar más en las maneras sorprendentes de decir una cosa que en la cosa misma. O puede hacerle desear desplegar su propia erudición hasta tal punto que se hace tan oscuro y elaborado y rebuscado que las personas normales no le pueden entender en absoluto. No hay ninguna virtud en hablar por encima de las cabezas de la audiencia. Como ha dicho alguien: «El tirar por encima del blanco sólo demuestra que se es mal tirador.» Un buen maestro debe estar enamorado de su asignatura, y de sus alumnos, pero no de sí mismo.

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