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Marcos 3: Jesús cura en sábado

EN MEDIO DE LAS MULTITUDES

Así que Jesús se retiró con Sus discípulos a la orilla del lago, y le siguió una gran multitud de Galilea, y de Judasa y de Jerusalén; y de Idumea y la región de Transjordania; y del territorio alrededor de Tiro y de Sidón; venía a El gran cantidad de gente, porque se enteraban de las cosas maravillosas que hacía.

Jesús les dijo a Sus discípulos que tuvieran preparada una barca esperándole a causa de la multitud, para que no Le aplastaran; porque Él sanó a muchos, y el resultado fue que todos los que sufrían los azotes de la enfermedad se lanzaban hacia Él para tocarle. Y tan pronto como Le veían los espíritus inmundos se postraban en tierra ante Él gritando:

-¡Tú eres el Hijo de Dios!

Muchas veces Jesús les prohibía terminantemente que Le dieran a conocer.

A menos que Jesús quisiera verse involucrado en una colisión frontal con las autoridades, tenía que dejar de utilizar las sinagogas. No es que se retirara por temor a las consecuencias; sino que Su hora no había sonado todavía. Le quedaba todavía mucho por hacer y por decir antes que llegara el conflicto mal.

Así que se retiró de las sinagogas y salió a la orilla del lago y al aire libre. Hasta allí Le siguieron en tromba las multitudes viniendo desde lejos. Procedían de toda Galilea; muchos habían recorrido más de ciento cincuenta kilómetros desde Jerusalén y otros lugares de Judasa para verle y escucharle. ldumea era el antiguo reino de Edom, en el extremo Sur, entre la frontera de Palestina y Arabia. También venían del Este del Jordán; y hasta de territorio extranjero, de las ciudades fenicias de Tiro y de Sidón en la costa del Mediterráneo al Noroeste de Galilea.

Tan numerosas eran las multitudes que la cosa se puso peligrosa, y había que tener una barca dispuesta cerca de la orilla en caso de que el gentío estuviera a punto de aplastarle. Las curaciones Le atraían aún más número; aún más peligro, porque los enfermos ni siquiera esperaban a que los tocara, sino se lanzaban a tocarle ellos.

Para entonces tenía que enfrentarse con un problema especial: el de los que estaban poseídos por demonios. Recordemos que, sea cual sea nuestra opinión acerca de ese asunto, aquellas personas estaban convencidas de que estaban poseídas por un poder malo ajeno a sí mismos. Aquellos llamaban a Jesús Hijo de Dios. ¿Qué querían decir con eso? Seguramente no usaban la expresión en lo que podríamos llamar un sentido teológico. En el mundo antiguo, hijo de Dios no era un título infrecuente. Los reyes de Egipto se autoproclamaban hijos de Ra, su dios. Desde Augusto en adelante, muchos de los emperadores Romanos se describen en las inscripciones como hijos de Dios. El Antiguo

Testamento tiene cuatro maneras de usar esta expresión.

(i) Los ángeles son los hijos de Dios. La antigua historia de Gen_6:2  dice que los hijos de Dios vieron a las hijas de los hombres y se sintieron fatalmente atraídos por ellas. Job_1:6  nos habla del día cuando los hijos de Dios vinieron a presentarse delante del Señor. Era un título corriente para los ángeles.
(ii) El pueblo de Israel era el hijo de Dios. Dios llamó a Su hijo para que saliera de Egipto Hos_11:1 ). En Exo_4:22  Dios dice de la nación: «Israel es mi primogénito.»
(iii) El rey de Israel era el hijo de Dios. Samuel 7:14, la promesa que se le hace al rey es: «Yo seré  su Padre, y él será Mi hijo.»
(iv) En los libros posteriores, que escribieron entre los dos Testamentos, un hombre bueno es’ hijo de Dios. Para Sirá, la promesa que se le hace al que bueno con los huérfanos es: Así llegarás a ser un hijo del Altísimo, y ÉL te amará más que tu propia madre. (Eclesiástico 4:10)

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