Marcos 14: Empieza el último acto

Recordemos de continuo estas palabras de nuestro Señor Los Judíos no pudieron decir después que esas palabras fueron pronunciadas, que no se les dijo claramente que Jesús de Nazaret era el Cristo de Dios. Ante el concilio de los sacerdotes y ancianos declaró, «Yo soy el Cristo.» Los judíos no pudieron decir después que era una persona tan humilde y tan pobre que no en digno de crédito. Los apercibió muy claro de que su gloria y su grandeza eran futuras; las defería y posponía hasta su segunda venida. Lo verían después revestido de poder real y de magostad, «sentado a la diestra del poder de Dios,» descender sobre las nubes del cielo, como Juez, Conquistador, y Rey. Si Israel fue Incrédulo, no fue por no haberle dicho que debía creer.

Dejemos este pasaje con la firme convicción de la realidad y certeza de la segunda venida de nuestro Señor Jesucristo afirMarcos poderosamente que vendrá otra vez a juzgar el mundo. Que esta sea una de las verdades cardinales de nuestro Cristianismo personal. Vivimos recordando diariamente que nuestro Salvador volverá un día a este mundo; que el Cristo en quien oreemos no es solamente el Cristo que murió por nosotros y resucitó, Cristo que vive e intercede por nosotros, sino el Cristo que volverá un día glorioso a reunir y premiar a su pueblo, y a castigar a todos sus enemigos.

Marcos 14:66-72

Un naufragio es un espectáculo melancólico, aun cuando no se pierda ninguna vida. Es triste pensar en la destrucción de propiedad y en la pérdida de las esperanzas que son sus consecuencias. Penoso es contemplar los sufrimientos y las fatigas a que tienen exponerse las tripulaciones de los buques en su lucha para evitar ahogarse. Pero ningún naufragio es ni con mucho tan melancólico como las tergiversaciones y caídas de un verdadero cristiano. Mucho pierde con la caída aunque sea de nuevo alzado por fe misericordia de Dios y librado finalmente del infierno. Los versículos que acabamos de leer han evocado ante nuestra mente ese espectáculo. Cuéntasenos en ellos esa historia tan dolorosa y tan instructiva, como Pedro negó a su Señor.

Aprendemos, en primer lugar, en esos versículos, cuan completa y vergonzosamente puede un gran santo caer. Sabemos que Simón Pedro era un apóstol eminente de Jesucristo. Después de la noble confesión que había hecho de Su carácter Mesiánico, recibió de los labios de nuestro Señor una recomendación especial: «Bendito eres, Simón Barjona :» «Yo te daré las llaves del reino de los cielos.» Había gozado de privilegios especiales, y había sido el recipiente de mercedes especiales. Sin embargo, vemos a ese mismo Simón Pedro dominado tan completamente por el miedo que llegó a negar a su Señor. ¡Declara que no conoce al que había acompañado y con quien había vivido por tres años! ¡Declara que no conoce a Aquel que había curado a su suegra, que lo había llevado al monte de la transfiguración, y que lo había salvado de ahogarse en el Marcos de Galilea! ¡Y no niega a su Maestro una vez solamente, sino que lo hace tres veces! ¡Y no lo niega simplemente, sino que «maldice y jura»! ¡Y sobre todo lo hace a pesar de apercibimientos terminantes, y de sus clamorosas protestas, que antes de hacer cosa semejante, preferiría morir! Estas cosas se han escrito para mostrar a la iglesia de Cristo lo que es la humana naturaleza aun en el mejor de los hombres. Tienen por objeto enseñarnos, que aun después de la conversión y de la renovación del Espíritu Santo, los creyentes están asediados de flaquezas y expuestos siempre a caer. Han sido relatadas para hacernos comprender la inmensa importancia de una vigilancia diaria de la oración y de la humildad mientras permanezcamos en el cuerpo. «Que el que piensa estar firme, tenga cuidado no sea que caiga..

Recordemos cuidadosamente que el caso de Simón Pedro no es u nico en su género. La palabra de Dios contiene otros muchos ejemplos de las debilidades de verdaderos creyentes y que haríamos bien en meditar. Las historias de Noé, Abrahán, David y Ezequías, nos suministrarán pruebas lamentables, de que «la infección del pecado continua aun en los regenerados « y que ningún hombre es bastante fuerte para considerarse exento de todo peligro de caer. No lo olvidemos; y marchemos humildemente por los senderos de Dios. «Feliz el hombre que siempre teme.» Pro_28:14.

Aprendamos, en segundo lugar, en estos versículos, como una pequeña tentación puede ser la causa de la caída grave de un santo. El principio de las pruebas de Pedro fue tan solo la simple observación de una criada del sumo sacerdote: «Tú también estabas con Jesús de Nazaret.» No hay nada que pruebe que al decir eso tuviera ningún intento hostil. Por lo que podemos juzgar, la criada no se propuso otra cosa sino manifestar que se acordaba de que Pedro era un compañero habitual de nuestro Señor. Pero esta simple observación fue bastante para echar por tierra la fe de un apóstol eminente, y hacerlo que principiara a negar a su Maestro, y ¡El principal, el más preeminente de los discípulos escogidos por nuestro Señor es vencido, no por las amenazas de hombres armados, sino por el dicho de una débil mujer! Hay algo de muy instructivo en este hecho. Debe enseñarnos que ninguna tentación es demasiado pequeña e indiferente para vencernos, si no velamos y oramos pidiendo sostén y ayuda. Si Dios está por nosotros podemos remover montañas y triunfar de una horda de enemigos. «Todo lo puedo,» dice Pablo, «en Cristo que me fortalece.» Filip. 4.13. Si Dios nos retira su gracia, y nos abandona a nosotros mismos, quedamos como una ciudad sin puertas y sin murallas, presa fácil del primer enemigo que se presente, por débil y despreciable que sea.

Guardémonos de mirar con ligereza las tentaciones porque .nos parezcan insignificantes y pequeñas. Nada de lo que se refiere a nuestras almas es pequeño.

Un poco de levadura hace fermentar toda la masa. Una pequeña centella enciende un gran fuego, y una vía de agua por pequeña que sea puede hacer zozobrar un gran bajel. Una provocación insignificante puede desarrollar en nuestros corazones una gran corrupción, y terminar por turbar profundamente nuestras almas.

Aprendamos, finalmente, en estos versículos, que las tergiversaciones producen a los santos grandes pesares. La conclusión del pasaje afecta mucho. «Pedro recordó las palabras que Jesús le había dicho, Antes que el gallo cante me negarás tres veces.» ¿Quién puede pretender describir los sentimientos que debieron agitar el alma del apóstol? ¿Quién puede concebir su vergüenza, su confusión, las reconvenciones qué se dirigió, y los amargos remordimientos que atormentaron su alma? ¡Haber caído tan criminalmente! ¡Haber reincidido en la caída! Todos estos debieron ser para él agudos pensamientos; debieron entrar en su alma como una punta acerada. ¡Que significación tan profunda y tan solemne en esa simple expresión que a él se refiere–»cuando pensó en ello, lloró!» Pedro experimentó tan solo lo que sienten todos los siervos de Dios que ceden a las tentaciones. Lot y Sansón, David y Josafat en la historia bíblica; Cranmer y Jewell en los anales de nuestra iglesia Anglicana, todos han dejado pruebas evidentes, como Pedro, de que «el apóstata quedará harto de sus propios caminos.» Prov. 14.14. Como Pedro erraron gravemente; y como Pedro se arrepintieron de corazón: pero como Pedro encontraron que habían recogido una cosecha muy amarga en este mundo. Como Pedro fueron graciosamente perdonados; pero como Pedro derramaron muchas lágrimas.

Al dejar este pasaje tengamos la firme convicción que el pecado conduce con toda seguridad al pesar, y que el camino de la santidad es siempre el camino de la mayor felicidad. El Señor Jesús ha decretado en su misericordia que nunca pueda ser provechoso a sus siervos marchar descuidados y ceder a las tentaciones. Si le volvemos la espalda estemos seguros que de ello nos doleremos Aunque nos perdone, nos hará sentir la locura de nuestros pasos Los que sigan al Señor más decididamente, esos lo seguirán con más reposo. «Se multiplicarán los pesares de los que corren tras dioses ájenos.» Salmo 16.4.

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