Marcos 14: Empieza el último acto

Aprendamos a juzgar caritativamente de los que profesan ser creyentes. No rebajemos su carácter y digamos que no tienen gracia, porque descubramos en ellos mucha debilidad y corrupción. Recordemos que nuestro Maestro celestial sobrellevó sus flaquezas, y que nosotros debemos hacer lo mismo. La iglesia de Cristo es punto menos que un gran lazareto. Nosotros mismos somos todos más o menos débiles, y todos necesitamos diariamente de la hábil asistencia del Médico celeste. No habrá curas completas hasta el día de la resurrección.

Vemos, en segundo lugar, en estos versículos, de cuanto consuelo se privan los que profesan ser cristianos por su descuido y falta de atención. Nuestro Señor habló muy claro de su resurrección: «Después que resucite, iré delante de vosotros a Galilea.» Sin embargo, tal parece que sus palabras fueron inútiles y que en vano las dijo. Ninguno de sus discípulos paró la atención en ellas, ni las atesoró en su corazón. Cuando fue entregado, lo abandonaron. Cuando fue crucificado, se entregaron casi a la desesperación; y cuando resucitó al tercer día, no querían creer que fuese verdad. Se lo habían oído decir con frecuencia, pero no había hecho ninguna impresión en ellos.

¡Que pintura tan exacta es esta de la naturaleza humanal! ¡Con cuanta frecuencia no vemos hoy repetirse las mismas escenas entre los que se llaman cristianos! ¡Cuantas verdades no leemos todos los años en la Biblia, y, sin embargo, son para nosotros como si no las hubiéramos leído! ¡Cuantos preceptos sabios no oímos desatentos e indiferentes en los sermones, y vivimos como si nunca los hubiéramos leído! Vienen sobre nosotros tiempos de aflicción y de tinieblas, y entonces nos encontramos que estamos desprevenidos y desarmados. En el lecho del dolor, en el duelo, descubrimos una significación en algunos textos y pasajes que antes oímos leer sin que nos afectaran ni interesaran. Nos asaltan algunas ideas en épocas tales, que nos avergonzamos de no haberlas tenido antes. Recordamos entonces haberlas leído, o haberlas oído, pero que no nos habían causado ninguna impresión. Como el pozo de Agar en el desierto, estaban a nuestro alcance, pero como Agar, no las veíamos. Gen. 21.19.

Oremos a Dios para que nos conceda una percepción pronta de lo que oímos o leemos de su Palabra. Escudriñémosla en todas sus partes, y no desperdiciemos por nuestra incuria las verdades preciosas que encierra. Al obrar así, estableceremos buenos cimientos para el porvenir, y nos encontraremos armados contra el dolor y la enfermedad.

Veamos que poca razón tienen los ministros de sorprenderse, que lo que predican en sus sermones pase desapercibido. Beber del mismo cáliz que su Maestro. Aun El dijo muchas cosas de que nadie se ocupó cuando por primera vez las dijo; y, sin embargo, Sabemos que « ningún hombre habló como ese hombre.» «El discípulo no es más grande que su Maestro, ni el siervo que su Señor.» Tengamos paciencia; que verdades de que al parecer nadie se cuida al principio, producen fruto tras luengos días. «Vemos, finalmente, en estos versículos, cuanta confianza en ellos mismos suele neciamente abrigarse en el corazón de los que se llaman cristianos. El apóstol no creía posible que llegase a negar alguna vez a su Señor. «Aunque tuviera que morir contigo,» dice, «no te negaría de ninguna manera.» No era él solo quien tan confiado se mostraba; los otros discípulos tenían la misma opinión. «También todos decían lo mismo..

Sin embargo, ¿en que vino a parar toda esa jactanciosa confianza? Doce horas no transcurrieron sin que todos los discípulos huyesen abandonando a nuestro Señor. Todas sus ruidosas protestas quedaron olvidadas. Apenas apareció el peligro que todas sus promesas de fidelidad se desvanecieron. ¡Que poco sabemos como obraremos en una situación dada, hasta no encontrarnos en ella! ¡Cuanto no alteran las circunstancias nuestras opiniones y nuestros sentimientos 1 Aprendamos a pedir a Dios humildad. «El orgullo va al encuentro de la destrucción, y un espíritu altanero provoca la caída.» Prov. 16.19. Hay más maldad en nuestro corazón de la que creemos. No podemos nunca decir hasta que abismos descenderemos, si nos vemos tentados. No hay pecado que el santo más grande no sea capaz de cometer, si Dios no lo sostiene con Su gracia, y si él no vela y ora. Ocultas yacen en nuestros corazones las simientes de todas las maldades; y tan solo requieren una estación favorable para brotar y adquirir una vitalidad dañina. «Que el que piensa estar firme, mire no caiga.» 1 Cor. 10.12. «El que confía en su corazón es un necio.» Prov. 28.26. Que nuestra plegaria diaria sea esta: «Sostenme y estaré seguro..

Marcos 14:32-42

La historia de la agonía de nuestro Señor en el jardín, de Getsemaní es uno de los pasajes profundos y misteriosos de las Escrituras. Contiene cosas que los más sabios teólogos no pueden explicar satisfactoriamente. Sin embargo se descubren en ella verdades obvias y sencillas que son de la mayor importancia.

Observemos, en primer lugar, cuan agudamente sintió el Señor la carga de los pecados del mundo. Está escrita que « comenzó a atemorizarse, y a angustiarse en gran manera; y les dice: Mi alma está muy triste hasta la muerte,» y que «se postró en tierra, y oró que si fuese posible, pasase de él aquella hora..

Una sola es la explicación razonable que puede darse de esas expresiones. No las arrancó de los labios de nuestro Señor el miedo a los sufrimientos físicos de la muerte; fue la convicción de la humana maldad, cuyo peso empezó en aquel momento a agobiarlo de una manera especial; fue la conciencia del peso indecible de nuestros pecados, que entonces comenzó a oprimirlo. Fue «hecho maldición en lugar nuestro.» Se cargó con nuestros dolores y se echó sobre sus hombros nuestros pesares para cumplir la promesa que lo trajo a la tierra. Iba «á ser pecado por nosotros cuando El no conoció el pecado.» Su santa naturaleza sentía de una manera exquisita la carga asquerosa que se había echado encima. Estas eran las razones de su angustia extraordinaria.

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