Marcos 14: Empieza el último acto

Ahí era donde tenían problemas las autoridades judías. Durante la Pascua todos los sentimientos se exacerbaban. El recuerdo de la antigua liberación de Egipto hacía que la gente anhelara la liberación de Roma. En ningún otro tiempo de año era tan intenso el sentimiento nacionalista. El cuartel general romano de Judasa no estaba en Jerusalén. Era en Cesarea donde el gobernador tenía su residencia y estaban acuartelados los soldados. Durante el tiempo de la Pascua se enviaba un destacamento especial a Jerusalén que se alojaba en la torre Antonia, que miraba al Templo. Los Romanos sabían que cualquier cosa podía suceder en Pascua, y no querían correr riesgos innecesarios. Las autoridades judías sabían que, en una atmósfera inflamable como esa, el arresto de Jesús podía provocar disturbios. Por eso buscaban alguna estratagema secreta para arrestarle y tenerle en su poder antes de que el populacho se enterara de nada.

El u ltimo acto de la vida de Jesús había de representarse en una ciudad abarrotada de judíos que habían llegado de todos los fines de la Tierra para conmemorar el acontecimiento de la liberación de la esclavitud de Egipto mucho tiempo atrás. Fue en esa misma época del año cuando el Libertador de la humanidad concluyó en la Cruz la Obra que el Padre Le había encargado que hiciera.

EL DERROCHE DEL AMOR

Marcos 14:3-9

Cuando Jesús estaba en Betania, reclinado a la mesa de Simón el leproso, llegó una mujer con un frasco de perfume de nardo puro, y lo rompió, derramando el perfume por la cabeza a Jesús. Algunos de los presentes se indignaron y se dijeron unos a otros:

-¿Qué sentido tiene este derroche de perfume? ¡Se habría podido vender por más de trescientos jornales, y haberles dado el dinero a los pobres!

Y se pusieron furiosos con la mujer. Pero Jesús les dijo:

-¡Dejadla en paz! ¿Por qué os metéis con ella? Ha sido algo precioso lo que ha hecho conmigo. A los pobres siempre los tenéis a vuestra disposición, y podéis hacer por ellos lo que queráis en cualquier momento; pero a Mí no me vais a tener siempre. ¡Ella ha hecho lo que ha podido! Se ha hecho cargo de Mi cuerpo, y lo ha ungido de antemano para el funeral. Lo que os digo es la pura verdad: Dondequiera que se predique el Evangelio por todo el mundo se contará lo que ha hecho esta mujer, para que siempre se la recuerde.

Lo conmovedor de esta historia está en que nos cuenta casi el u ltimo acto de amabilidad que Le hicieron a Jesús.

Estaba en la casa de un hombre llamado Simón el leproso, en la aldea de Betania. Entonces los comensales no se sentaban para comer, sino se reclinaban en sofás bajos. Se apoyaban sobre un brazo, y usaban el otro para llevarse el alimento a la boca. Cualquiera que se acercara a uno de los que estaban tendidos de esta manera se encontraría por encima de él. A Jesús se Le acercó una mujer con un frasquito de alabastro con perfume. Era costumbre echarle unas gotitas de perfume a un invitado cuando llegaba a la casa o cuando se disponía a comer. En esta ocasión, el frasco de alabastro contenía un perfume muy costoso de una planta exótica de la lejana India; pero no fueron unas gotitas lo que derramó esta mujer sobre la cabeza de Jesús, sino que rompió el frasco y Le ungió con todo lo que contenía.

Puede que hubiera más de una razón para que rompiera el frasco. Puede que fuera en señal de que había usado todo su contenido. Tenían la costumbre en el Oriente de que, cuando se usaba un recipiente o vaso con un invitado distinguido, se rompía para asegurarse de que nunca lo usaría ninguna otra persona. Puede que la mujer tuviera algo así en mente; pero había una cosa que ella no se podía figurar ni remotamente, y que Jesús sí vio. Era la costumbre oriental primero bañar y luego ungir los cuerpos de los muertos. Después de ungir el cuerpo se rompía el frasco que había contenido el perfume, y se depositaban los trozos con el cadáver en la tumba. Aunque no era eso lo que ella quería expresar, ese había sido en realidad el sentido de su gesto.

Su detalle provocó la crítica mordaz de algunos de los presentes. El frasquito valía más de 300 denarius. Un denarius era una moneda romana que equivalía al jornal de un obrero. Le habría costado a cualquier persona casi el salario de todo un año el comprar aquel frasco de perfume. A algunos les pareció un derroche vergonzoso; aquel perfume se podría haber vendido, y el dinero se les podría haber dado a los pobres. Pero Jesús comprendió. Les citó de sus propias Escrituras: «Nunca faltarán pobres en medio de la tierra» Deu_15:11 ). «Podéis hacer algo por los pobres en cualquier momento -les dijo Jesús-, pero no tenéis mucho tiempo para hacer nada por Mí.» Y añadió: « Esto ha sido como ungir Mi cuerpo anticipadamente para la tumba.»

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