Marcos 14: Empieza el último acto

De nuevo vemos brillar en esta escena las dos grandes características de Jesús.

(i) Vemos Su coraje. Sabía que el hacer esa confesión Le suponía la muerte; y sin embargo la hizo sin vacilar. Si hubiera negado las acusaciones, no Le habrían podido condenar.

(ii) Vemos Su confianza. Aun ante la inminente perspectiva de la Cruz, todavía siguió hablando con plena confianza de Su triunfo definitivo.

No cabe duda de que es la más terrible de las tragedias de la Historia humana el que se le negara hasta la justicia más elemental y que se Le humillara con la cruda y cruel parodia de los siervos y guardas del Sanedrín a Aquel Que vino a ofrecer a la humanidad el amor de Dios.

CORAJE Y COBARDÍA

Marcos 14:54, 66-72

Y Pedro siguió a Jesús a cierta distancia hasta dentro del patio de la casa del sumo sacerdote, y se sentó allí con los criados calentándose al fuego…

Cuando Pedro estaba abajo en el patio, una de las criadas del sumo sacerdote se acercó y, cuando vio a Pedro calentándose, se le quedó mirando y le dijo:

-Tú también estabas con el Nazareno, con Jesús.

Pedro lo negó, diciendo:

Ni sé ni entiendo lo que estás diciendo.

Salió al porche, y cantó el gallo. La criada le vio, y se puso a decirles a los presentes otra vez:

-¡Este hombre era uno de ellos!

Pero él lo negó otra vez. Poco después, los que estaban allí le dijeron a Pedro:

Es verdad que tú eres uno de ellos, porque eres galileo.

Pedro se puso a maldecir y a jurar:

-¡Ni siquiera sé de Quién estáis hablando!

E inmediatamente resonó el canto del gallo, y Pedro se acordó de lo que le había dicho Jesús: «Antes que cante el gallo dos veces me habrás negado tres veces.» Y se ocultó la cabeza con la capa, y lloró.

Algunas veces se cuenta esta historia de una manera que no le hace justicia a Pedro. Lo que a menudo dejamos de reconocerle es que hasta el mismo final la carrera de Pedro aquella noche mostró un coraje temerario. El desenvainar la espada en el huerto con el coraje temerario de un hombre preparado a enfrentarse él solo con toda aquella chusma. En aquella intervención había herido al siervo del sumo sacerdote. La prudencia más elemental le habría aconsejado a Pedro no dejarse ver. El u ltimo lugar al que uno habría soñado que pudiera dirigirse Pedro sería el patio de la casa del sumo sacerdote -y fue precisamente allí adonde se dirigió. Eso es ya en sí una audacia desmedida. Puede que los otros huyeran; pero Pedro seguía cumpliendo su palabra. Aunque los demás se hubieran ido, él seguía lo más de cerca posible a Jesús.

Y entonces surgió la extraña mezcla de la naturaleza humana. Se quedó calentándose al fuego, porque la noche era fría. Sin duda estaba arrebujado en el embozo de su capa. Puede que alguno atizara el fuego o echara otro leño, y a la luz de la llama reconocieron a Pedro. Él negó inmediatamente toda relación con Jesús. Pero -y esto es lo que se suele olvidar-,cualquier persona prudente se habría marchado entonces del patio tan rápido como le pudieran llevan sus piernas -pero no Pedro. Y lo mismo le sucedió otra vez. De nuevo Pedro negó a Jesús, y de nuevo se negó a marcharse. Sucedió una vez más; Pedro negó a Jesús otra vez, jurando que no conocía a Jesús, e invocando maldiciones sobre sí mismo si no estaba diciendo la verdad. Todavía parece que no tenía intención de marcharse; pero entonces sucedió otra cosa.

Muy probablemente fue lo siguiente. Los Romanos dividían la noche en cuatro vigilias desde las 6 de la tarde hasta las 6 de la mañana. Al final de la tercera vigilia, a las 3 de la madrugada, cambiaba la guardia, cosa que se anunciaba con un toque de cornetín que se llamaba en latín gallicinium, que quiere decir canto del gallo. Lo más probable es que lo que sucedió fue que cuando Pedro negó por tercera vez conocer a Jesús, se oyó la clara nota del cornetín en el silencio de la ciudad, y Pedro se acordó, y se le partió el corazón.

Ayúdanos a continuar Sembrando La Palabra de Dios

WebDedicado ha sido autorizado a recaudar las donaciones para continuar con La gran Comisión.


Deja el primer comentario