Marcos 14: Empieza el último acto

Nosotros Le oímos decir: «Yo destruiré este templo hecho con las manos, y en tres días edificaré otro no hecho con las manos.»

Pero ni siquiera en eso coincidían las acusaciones; en vista de lo cual el sumo sacerdote se puso en pie allí en medio e interrogó a Jesús: ,

-¿Es que no vas a contestar? ¿Qué te parece la evidencia que estos hombres alegan contra Ti?

Jesús seguía callado, y no dio ninguna respuesta. Entonces el sumo sacerdote Le interrogó diciéndole:

-¿Eres Tú el Ungido de Dios, el Hijo del Bendito?

-Sí lo soy -contestó Jesús-, y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder, viniendo con las nubes del Cielo.

El sumo sacerdote se rasgó las vestiduras y dijo:

-¿Para qué necesitamos más testigos? ¡Vosotros mismos Le habéis oído blasfemar! ¿Cuál es vuestro veredicto?

Todos ellos Le declararon digno de muerte; y algunos se pusieron a escupirle y a taparle la cara y abofetearle diciéndole:

-¡Profetiza!

Y los servidores Le daban toda clase de golpes.

La acción se iba moviendo ininterrumpidamente hacia el desenlace inevitable.

Por aquel entonces los poderes del Sanedrín eran limitados, porque los que gobernaban el país eran los Romanos. El Sanedrín tenía plenos poderes en materias religiosas. Parece también haber tenido una cierta medida de poder jurídicopolicial. Pero no tenía poder para dictar sentencia de muerte. Si lo que Marcos describe era una reunión del Sanedrín, puede compararse con la de un tribunal supremo. Su función no era condenar, sino preparar los cargos por los que el criminal pudiera ser juzgado ante el gobernador romano.

No cabe duda de que en el juicio de Jesús el Sanedrín quebrantó todas sus leyes. El reglamento de procedimiento del Sanedrín es uno de los tratados de la Misná. Ya se comprende que algunas de sus reglas eran más ideales que prácticas habituales; pero, aun concediendo esto, todo el procedimiento de aquella noche fue una serie de injusticias flagrantes.

El Sanedrín era el tribunal supremo de los judíos, y lo formaban setenta y un miembros. Entre ellos había saduceos -toda la clase sacerdotal eran saduceos-,fariseos y escribas -que eran los maestros de la Ley-, y hombres respetados, que eran los ancianos. El presidente era el sumo sacerdote. El tribunal se sentaba en semicírculo de tal manera que cualquier miembro podía ver a cualquiera de los demás. Enfrente se sentaban los estudiantes de los rabinos, que podían hablar a favor del reo, pero no en su contra. La sala oficial de reuniones del Sanedrín era el salón de la Piedra Tallada, que se encontraba en el recinto del Templo, y las decisiones del Sanedrín no eran válidas a menos que se tomaran en una reunión celebrada en aquel lugar. El tribunal no se podía reunir por la noche, ni en ninguna de las grandes fiestas. Cuando se tomaba la evidencia, se examinaban los testigos separadamente; y, para que su evidencia fuera válida, debía coincidir en todos los detalles. Cada miembro individual del Sanedrín debía dar su veredicto separadamente, empezando por los más jóvenes, hasta llegar al más anciano. Si el veredicto era la pena de muerte, debía transcurrir una noche antes de que se llevara a cabo, para que el tribunal tuviera oportunidad de cambiar de parecer y decidirse por la compasión.

Se puede ver que en un punto tras otro el Sanedrín quebrantó sus propias reglas. No se reunió en la sala oficial. Se reunió por la noche. No se nos dice que se dieran los veredictos individualmente. No se dejó que pasara una noche antes de la ejecución. En su afán de eliminar a Jesús, las autoridades judías no dudaron en quebrantar sus propias leyes.

En un principio, el tribunal no podía conseguir ni testigos falsos que estuvieran de acuerdo. Estos acusaron a Jesús de haber dicho que Él destruiría el Templo. Puede ser que alguno Le hubiera oído decir lo que tenemos en Mar_13:2 , y lo hubiera tergiversado maliciosamente convirtiéndolo en una amenaza de destruir el Templo. Hay una leyenda que dice que el Sanedrín podía conseguir montones de la clase de evidencia que no quería, porque un hombre tras otro salían al frente diciendo: «Yo era leproso, y Él me limpió.» « Yo era ciego,. y Él me dio la vista.» «Yo era sordo, y El me abrió los oídos.» «Yo era cojo, y Él me hizo que pudiera andar.» «Yo era paralítico, y Él me devolvió las fuerzas.»

Por u ltimo, el sumo sacerdote tomó la cuestión en sus manos, e hizo la clase de pregunta que la ley prohibía terminantemente, la que obliga a la autoinculpación. Estaba prohibido hacer preguntas cuya respuesta podía incriminar al reo. No se le podía pedir a nadie que se condenara a sí mismo; pero esa fue la pregunta precisa que Le hizo a Jesús el sumo sacerdote. Le preguntó directamente si Él era el Mesías. Está claro que Jesús comprendió que ya era hora de que concluyera aquella desgraciada farsa. Sin dudarlo respondió que sí lo era. Aquello se tomó como un delito de blasfemia, de insulto a Dios. Ya tenía el Sanedrín lo que quería: un delito que merecía la pena capital, y se dieron por satisfechos celebrándolo salvajemente.

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