Marcos 13: La condenación de la Ciudad Santa

Lo primero que debe atraer nuestra atención en los versículos de que nos estamos ocupando, es la predicción de nuestro Señor respecto al templo de Jerusalén.

Los discípulos, con el orgullo natural de los judíos, habían llamado la atención de su Maestro al esplendor arquitectónico del templo. «Mira,» le dijeron, « que piedras y que edificios» recibieron del Señor una respuesta muy diferente de la que se esperaban, respuesta que debió entristecerles el corazón, y muy apropiada para despertar en sus espíritus el deseo de indagar. No salió de sus labios ninguna palabra que indicara admiración. No aprobó el plan ni el trabajo del edificio suntuoso que tenia ante sus ojos. Tal parece que se olvidó de la forma y belleza del edificio material, absorbido en la consideración de la maldad de la nación en cuyo seno se alzaba. «¿Ves,» replica El,» esos grandes edificios? No quedará piedra sobre piedra que no sea derribada..

Aprendamos de esa frase solemne, que la verdadera gloria de una iglesia no consiste en sus edificios para el culto público, sino en la fe y santidad de sus miembros. Nuestro Señor Jesucristo no podía complacerse en fijar su vista en ese mismo templo que encerraba el santo de los santos, el candelero de oro, y el altar de los holocaustos. Bien podemos suponer, que mucho menos placer puede encontrar en los más espléndidos templos de los que se llamaban cristianos, si Su Palabra y Su Espíritu no se reverencian en ellos.

Gran bien nos hará el recordarlo. Somos naturalmente inclinados a juzgar de las cosas por su apariencia, como los niños que aprecian las margaritas más que el trigo. Estamos muy dispuestos a suponer que donde hay un suntuoso templo y un ceremonial pomposo, piedras entalladas y vidrios pintados, buena música y ministros revestidos de trajes resplandecientes, allí debe haber de de seguro verdadera religión; y, sin embargo, posible es que no haya ninguna; quizás todo se reduce a formas, aparato, y excitación de los sentidos. Posible es que no haya nada que satisfaga la con la ciencia y cure el corazón enfermo.

Posible es que resulte así que investiguemos que Cristo no es predicado en aquel templo espléndido, y que no se explica allí la Palabra de Dios. Puede suceder que los ministros ignoren completamente el Evangelio, y que los adoradores estén muertos en transgresiones y pecados. Indudable es para nosotros que Dios no puede encontrar ninguna belleza en Semejante edificio; así como no debemos dudar tampoco que el Partenón estaba desnudo de gloria a los ojos de Dios comparado con las cuevas y cavernas en que los primeros cristianos le tributaban culto, que la boardilla más pobre y miserable en que Cristo es predicado hoy, tiene más mérito a Sus ojos que la basílica de S. Pedro en Roma.

No vayamos, sin embargo, a incurrir en el absurdo de suponer que es indiferente que clase de edificios dedicamos especialmente al servicio de Dios. No es Papismo fabricar una hermosa iglesia; ni la verdadera religión consiste en tener para el culto un lugar sucio, indigno, sin orden y sin decencia. «Que todas las cosas sean ordenadas y decentes.» 1 Cor. 14.40. Pero sea un principio fijo de nuestra religión, que aunque nuestras iglesias sean bellas, consideremos como sus principales ornamentos una doctrina pura y un culto santo; sin estas dos condiciones el edificio eclesiástico más espléndido es radicalmente defectuoso; no hay gloria en él si Dios no está allí. Pero con estas dos condiciones, la más humilde cabaña de ladrillo en que es predicado el Evangelio, es bella y atractiva ; está consagrada por la presencia de Cristo y por la bendición del Espíritu Santo.

Lo que debe, en segunde lugar, fijar nuestra atención en estos versículos, es la manera notable con que nuestro Señor comienza la gran profecía de este capítulo.

Se nos dice que cuatro de sus discípulos, excitados sin duda por su predicción respecto al templo, se dirigieron a El para pedirle más informes. «Dinos,» le dijeron, «¿Cuando serán esas cosas? ¿Y que señal habrá cuando todas estas cosas vayan a cumplirse?.

La respuesta que nuestro Señor da a estas preguntas comienza prediciendo que aparecerán falsas doctrinas y que habrá guerras. Si sus discípulos se imaginaban que les prometería triunfos inmediatos y prosperidades temporales en este mundo, pronto se desengañaron. Muy lejos de hacerles concebir la esperanza de una victoria pronta de la verdad, les anuncia que cuenten con ver asoMarcos el error. «Mirad que nadie os engañe. Muchos vendrán en mi nombre, diciendo: Yo soy Cristo.» Muy lejos de despertar en ellos la idea del reinado general de la paz y de la tranquilidad, les ordena que se preparen a guerras y trastornos. «Nación se levantará contra nación, y reino contra reino. Habrá terremotos por los lugares, y habrá hambres y alborotos; principios de dolores serán estos..

Marcos 13:9-13

Al leer las profecías de la Biblia concernientes a la iglesia Cristo, encontraremos generalmente en ellas el juicio y la misericordia mezclados juntamente.

Harás veces son amargas sin ninguna dulzura, ni todo oscuridad sin alguna luz. El Señor conoce nuestra debilidad, y la tendencia que tenemos a desmayar; por eso cuida de mezclar los consuelos a las amenazas, las palabras dulces con las duras, como la hebra y la trama en un tejido. Fácil es descubrir este espíritu en el libro de la Revelación y en toda la profecía que ahora meditamos. Veámoslo en los pocos versículos que hemos acabado de leer.

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