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Marcos 13: La condenación de la Ciudad Santa

La profecía que hizo Jesús de los días terribles inminentes para Jerusalén se cumplió con abundante exactitud. Los que acudieron en tropel a la ciudad buscando seguridad murieron a centenares de miles, y solamente aquellos que siguieron Su consejo y huyeron a las colinas se salvaron.

ESTAD ALERTA

Marcos 13:27-37

Jesús continuó diciéndoles:

Aprended la lección que os da la higuera. Tan pronto como se le ponen tiernas las ramas y echa hojas, sabéis que el verano está cerca. Así debéis vosotros también reconocer cuando veáis que suceden estas cosas, que el fin está cerca, a la puerta. Os digo la pura verdad: Esta generación no pasará sin que estas cosas sucedan. Los cielos y la Tierra pasarán, pero Mis palabras nunca pasarán. Pero no hay nadie que sepa el día ni la hora, ni tampoco los ángeles del Cielo, ni aun el Hijo; nadie excepto el Padre. Manteneos alerta, vigilad, perseverad en oración, porque no sabéis cuándo sonará la hora. Es como cuando un hombre se marcha de su casa al extranjero, y deja a sus siervos a cargo, y le manda al portero que esté alerta. Así que ¡estad alerta! Porque no sabéis cuándo viene el amo de la casa; si tarde por la tarde, al mediodía, al canto del gallo o de madrugada. ¡Velad!, no sea que venga de pronto y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros se lo digo a todos: ¡Manteneos alerta!

Hay que notar especialmente tres cosas en este pasaje.

(i) A veces se mantiene que cuando Jesús dijo que estas cosas iban a suceder en esta generación, estaba equivocado. Pero Jesús tenía razón, porque esta frase no se refiere a la Segunda Venida. No podía ser así, porque en la frase siguiente dice que no sabe cuándo será ese día. Se refiere a las profecías de Jesús acerca de la caída de Jerusalén y la destrucción del Templo, que se cumplieron ampliamente.

(ii) Jesús dice que no sabe el día ni la hora en que ha de volver. Había cosas que aun Él mismo dejaba en las manos de Dios. No puede haber una advertencia y una reprensión más serias a los que deducen fechas y esquemas acerca de la Segunda Venida. No es menos que blasfemia el que inquiramos acerca de algo que nuestro Señor confesaba ignorar.

(iii) Jesús traza una conclusión práctica: Somos como los que saben que su amo va a volver, pero que no saben cuándo. Vivimos a la sombra de la eternidad. No hay razón para estar en una actitud de expectación nerviosa e histérica. Pero quiere decir que nuestro trabajo ha de irse completando día a día. Quiere decir que debemos vivir de tal manera que no nos importe cuándo venga. Nos encarga la gran tarea de hacer que cada uno de nuestros días sea digno de que Él lo vea, y de estar en todo momento preparados para encontrarnos con Él cara a cara. Toda la vida se convierte en una preparación para encontrarnos con el Rey.

Empezamos su estudio diciendo que este era un capítulo muy difícil, pero que tenía verdades de carácter permanente que comunicarnos. Veámoslas.

(i) Nos dice que sólo el hombre de Dios puede intuir los secretos de la Historia. Jesús vio el destino de Jerusalén aunque otros seguían ciegos. Un verdadero estadista debe ser un hombre de Dios. Para guiar un país, un hombre debe primero ser guiado por Dios. Solamente el que conoce a Dios puede entrar de alguna manera en el plan de Dios.

(ii) Nos dice dos cosas acerca de la doctrina de la Segunda Venida de nuestro Señor Jesucristo.

(a) Nos dice que contiene un hecho que solamente a nuestro riesgo podemos olvidar o dejar de tener en cuenta.

(b) Nos dice que las imágenes en que está revestida son las del tiempo de Jesús, y que especular acerca de ellas es inútil cuando Jesús mismo estaba contento de no saber. Lo único de lo que podemos estar seguros es de que la Historia se dirige a alguna parte; hay una consumación por venir.

(iii) Nos dice que la cosa más necia es olvidar a Dios y estar inmerso en lo mundanal. Es sabio el que nunca se olvida de que debe estar preparado para cuando reciba la señal. Si vive teniéndolo presente, para él el fin no será de terror, sino de gozo eterno.

Marcos 13:1-37

13.1, 2 Como quince años antes del nacimiento de Jesús (20 a.C.), Herodes el Grande comenzó a remodelar y reconstruir el templo, el cual se erigió unos quinientos años antes, en los días de Esdras (Ezr_6:14-15). Herodes hizo del templo uno de los más hermosos edificios en Jerusalén, pero no para honrar a Dios, sino para tranquilizar a los judíos que gobernaba. El proyecto de tan magnífico edificio no finalizó sino hasta 64 d.C. La profecía de Jesús de que no quedaría piedra sobre piedra que no fuera removida se cumplió en 70 d.C., cuando los romanos destruyeron completamente el templo y toda la ciudad de Jerusalén.

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