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Marcos 13: La condenación de la Ciudad Santa

En esta, como en todas las otras cosas, sería el que resistiera hasta el fin el que alcanzara la Salvación. La vida no es un sprint corto y agudo; es una carrera de maratón; no una única batalla, sino una campaña prolongada. El doctor G. J. Jeffrey cuenta que un hombre famoso se negó a que se escribiera su biografía antes de su muerte, diciendo: «He visto a demasiadas personas caer en la última vuelta de la carrera.» La vida nunca está a salvo hasta que llega a su final. Juan Bunyan, en su sueño de El peregrino, vio que desde las mismas puertas del Cielo había un camino que llevaba al infierno. Es la persona que resiste hasta el final la que se salva.

LA AGONÍA DE LA CIUDAD SANTA

Marcos 13:14-20

-Cuando veáis que la abominación de desolación se encuentra donde no debiera (que el que lea entienda), entonces, los que estén en Judasa, que huyan a las montañas, que el que esté en la terraza no baje ni entre a recoger nada de su casa,. y que el que esté trabajando en el campo no vuelva a recoger su túnica. ¡Ay de las que estén embarazadas o amamantando a sus bebés aquellos días! Pedidle a Dios que no suceda en tiempo de tormenta. Esos días serán de tal tribulación como no ha habido desde el principio del mundo que Dios creó hasta ahora, ni tampoco desde ahora. Si no fuera porque el Señor hubiera acortado los días, ningún ser viviente podría sobrevivir; pero, por causa de los escogidos que El ha elegido, Él acortó los días.

Jesús profetiza algo del horror extremado del asedio y la caída final de Jerusalén. Advierte que, cuando se descubran las primeras señales, deberán huir sin entretenerse ni siquiera para recoger su ropa o tratar de poner a salvo sus bienes. De hecho la gente hizo exactamente lo contrario: se apelotonaron en Jerusalén, y la muerte llegó de maneras que son casi demasiado terribles de imaginar. La frase la abominación de desolación tiene su origen en Dan_9:27 ; Dan_11:31 ; Dan_12:11 . Esta expresión hebrea quiere decir literalmente la profanación que horroriza. El origen de la frase estaba en relación con Antíoco. Ya hemos visto que trató de erradicar la religión judía e introducir la manera de vivir de los griegos. Profanó el Templo ofreciendo carne de cerdo en el gran altar e instalando burdeles públicos en los santos atrios. Justamente delante del mismo lugar santo puso una gran imagen del Zeus olímpico, y mandó a los judíos que la adoraran. En relación con aquello, el autor del 1 Libro de los Macabeos dice (1:54): « Ahora bien, el día 15 del mes de Kislev del año 145 instalaron la abominación de desolación sobre el altar y edificaron altares a los ídolos en todas las ciudades de Judá por todas partes.» La frase da abominación de desolación, la profanación que horroriza, describía originalmente la imagen pagana y todo lo que la acompañaba con lo que Antíoco profanó el Templo. Jesús profetizó que la misma clase de cosa iba a suceder otra vez. Estuvo muy cerca de ser así el año 40 d C., cuando Calígula era el emperador romano. Era epiléptico y loco; pero se empeñó en que se le tratara como un dios. Se enteró de que el culto del Templo de Jerusalén no tenía ninguna imagen, y se propuso instalar su propia estatua en el lugar santo. Sus consejeros le suplicaron que no lo hiciera, porque sabían que, si lo hacía, se produciría una sangrienta guerra civil. Calígula estaba empecinado; pero afortunadamente murió el año 41 d C. antes de poder llevar a cabo su plan de profanación.

¿Qué quiere decir Jesús cuando habla de la abominación de desolación? La gente esperaba, no solamente al Mesías, sino también el surgimiento de un poder que sería la mismísima encarnación del mal, y que reuniría en sí todo lo que era contrario a Dios. Pablo lo llamaba el hombre de pecado, el hijo de perdición, el misterio de iniquidad, aquel impío (2 Tesalonicenses 23ss). Juan, en Apocalipsis 17, identificaba ese poder con Roma. Jesús está diciendo: «Algún día, muy pronto, veréis la misma encarnación del poder del mal surgir en un intento deliberado de destruir al pueblo y el lugar santo de Dios.» Tomó la antigua frase, y la usó para describir las cosas terribles que se aproximaban.

Fue el año 70 d C. cuando Jerusalén sucumbió finalmente al asedio del ejército de Tito, que había de ser emperador de Roma. Los horrores de ese asedio son una de las páginas más sombrías de la Historia. La gente acudió a Jerusalén en tropel de todo alrededor. Tito no tuvo más alternativa que esperar la rendición por hambre. El asunto se complicó por el hecho de que aun en ese tiempo terrible había sectas y facciones rivales dentro de la misma ciudad. Jerusalén fue desgarrada desde dentro y desde fuera.

Josefo nos cuenta la historia de aquel terrible asedio en el V libro de Las guerras de los judíos. Nos dice que fueron llevados cautivos 97,000, y 1,100,000 perecieron lentamente de hambre o a filo de espada. Nos dice: «Entonces ensanchó el hambre sus fauces, y devoró a las personas por casas y familias enteras. Las habitaciones de arriba estaban llenas de mujeres y de niños que se morían de hambre; las callejas de la ciudad estaban llenas de cadáveres de ancianos; los niños y las jóvenes andaban vagando por las plazas como sombras, hinchados por el hambre, y se caían muertos dondequiera que su miseria acababa con ellos. En cuanto a enterrarlos, los que quedaban estaban tan débiles que no podían, y los que estaban lo suficientemente animosos y bien se desanimaban ante la gran multitud de muertos y la incertidumbre que se cernía sobre sus propias vidas, porque muchos morían cuando estaban enterrando a otros, y muchos se hallaron en el ataúd antes de que les llegara la hora fatal. No se hacía ningún lamento bajo estas calamidades… El hambre trastrocaba todos los afectos naturales… Un profundo silencio y una especie de noche mortal se cernía sobre la ciudad.»

Para hacer la escena todavía más terrible, estaban los inevitables rateros que despojaban los cuerpos muertos. Josefo nos habla descarnadamente de que, hasta cuando no había ni siquiera hierbas disponibles «algunas personas llegaron a tan terrible postración como para buscar en las alcantarillas y en los montones de estiércol del ganado, y comer los excrementos que encontraban allí y cosas que no habrían soportado ni siquiera ver ahora usaban como comida.» Pinta un cuadro lúgubre de hombres que rumiaban las correas de piel y los zapatos, y cuenta la terrible historia de una mujer que mató y asó a su propio bebé, y le ofreció una parte de aquella comida macabra a los que llegaban buscando alimento.

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