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Marcos 13: La condenación de la Ciudad Santa

Concluyamos este pasaje con la profunda convicción de la verdad de todos los detalles de las predicciones que encierra. Creamos que todas sus palabras quedarán definitivamente cumplidas. Esforcémonos, sobre todo, en vivir como convencidos íntimamente de su verdad, como siervos buenos siempre dispuestos a recibir a su Señor; y entonces estaremos seguros, sea cual fuere el tiempo o la manera de su cumplimiento.

Marcos 13:32-37

Estos versículos terminan la narración de S. Marcos de la profecía de nuestro Señor en el monte de los Olivos; deberían ser para nosotros como una aplicación directa de la profecía a nuestras conciencias.

Aprendemos en estos versículos que intencionalmente se ha ocultado a la iglesia de nuestro Señor Jesucristo la época exacta de su segunda venida. El acontecimiento es cierto; pero el día preciso y la hora no nos han sido revelados. «De aquel día, y de la hora, nadie sabe, ni aun los ángeles que están en el cielo..

Hay gran sabiduría y mucha misericordia en ese silencio. Por mil razones debemos dar gracias a Dios por que nos lo ha ocultado. Esa incertidumbre respecto a la época de la vuelta del Señor tiene por objeto mantener a los creyentes en una actitud de constante esperar, y salvarlos del desaliento. ¡Que terrible prospecto la iglesia primitiva hubiera tenido ante sus ojos, si le hubiese contado que Cristo no volvería a la tierra por lo menos en mil quinientos años! Aun hombres como Atanasio, Crisóstomo, y Agustín hubieran sentido sus corazones oprimidos, si hubieran sabido por cuantos siglos de tinieblas tendría que pasar el mundo, antes que su Maestro volviese a toMarcos posesión de su reino. Por otra parte; ¡que estímulos tan poderosos no han tenido los verdaderos cristianos, para marchar cerca de Dios! En todas épocas han estado inciertos si su Señor no se aparecería de repente a toMarcos cuentas a sus siervos. Esta misma incertidumbre ha sido una de las razones que los han obligado a vivir siempre listos para salir a Su encuentro Preciso es no pasar por alto una precaución que debe tenerse en este particular. La incertidumbre respecto al tiempo de la segunda venida de nuestro Señor no debe impedirnos prestar toda nuestra atención a las profecías de la Escritura que aún no se han realizado. Esta es una gran ilusión, pero en ella incurren desgraciadamente muchos cristianos. Hay que establecer una distinción muy marcada entre las aserciones dogmáticas y positivas respecto a fechas, y la indagación humilde que en nuestras plegarias hacemos de esas cosas buenas que están aún por venir. Las palabras de nuestro Señor en este pasaje deben hacernos cautelosos contra todo dogmatismo respecto a épocas y estaciones; pero en relación al provecho que en general se recaba del estudio de las profecías, no tenemos autoridad más explícita que las palabras del apóstol Pedro: «Hacéis bien en estar atentos a la profecía,» 2 Ped. 1.19; y las de Juan en la Revelación: « Bienaventurado el que lee.» Apo. 1.3.

Aprendemos, en segundo lugar, en estos versículos, cuales son los deberes prácticos de los verdaderos creyentes en la expectativa de la segunda venida de Jesucristo. Nuestro Señor menciona tres cosas a que debe atender su pueblo. Les dice muy claro que volverá un día, con gran gloria y majestad; pero al mismo tiempo agrega que la hora precisa y la fecha de su venida no son conocidas. ¿Qué tiene, pues, que hacer su pueblo? ¿Con que disposición de espíritu debe vivir? Tienen que vigilar, que orar, y trabajar.

Tenemos que velar, y estar siempre en guardia. Debemos mantener nuestras almas vigilantes, despiertas y animadas, preparadas siempre a recibir a su Señor.

Tenemos que librarnos del letargo espiritual, del embotamiento, del sopor. Las compañías, el empleo del tiempo, la sociedad que puedan inducirnos a olvidar a Cristo y su segunda venida, deben marcarse, notarse, y evitarse. «Así pues no durmamos como los demás; antes velemos, y seamos sobrios.» 1 Tesal. 5.6.

Debemos orar. Adquiramos el hábito de mantener con regularidad íntima comunión y relaciones con Dios. No permitamos que haya lejanía entre nosotros y nuestro Padre que está en los cielos, sino hablémosle diariamente, para que estemos siempre dispuestos a mirarlo cara a cara. Además, debemos orar especial mente respecto a la segunda venida del Señor, para que seamos «hallados en paz, sin mancha ni faltas,» para que nuestros corazones no se vean nunca «sobrecargados» con los afanes de esta vida, y ese día nos coja desprevenidos. 2 Pedro 3.14, y Lucas 21.34.

Finalmente, debemos trabajar. Probemos que todos somos siervos de un gran Señor, que a cada hombre le ha señalado su tarea, y espera que sea hecha.

Esforcémonos en glorificar a Dios cada uno en la esfera de nuestra actividad y de nuestra influencia. Todos tenemos siempre algo que hacer. Tratemos cada uno de nosotros, de brillar como una luz, de ser la sal de nuestra época y testigos fieles de nuestro Señor, honrándolo concienzuda y consecuentemente con nuestra conducta diaria. Nuestro gran deseo debe ser que ese día no nos encuentre perezosos y dormidos, sino trabajando y haciendo algo.

Tales son los preceptos que nuestro Señor quiere que obedezcamos. Deberían excitar a todos los verdaderos cristianos a hacer un examen minucioso de sus corazones y de sus conciencias, ¿Esperamos la vuelta del Salvador? ¿Podemos decir con sinceridad, Ven, Señor Jesús? ¿Vivimos como si realmente creyéramos que Cristo volverá? Estas preguntas demandan una seria consideración. ¡Ojalá les consagremos la atención que merecen! ¿Nos exige nuestro Señor que descuidemos los deberes de la vida por esperar su vuelta? Nada de eso. No ordena al labrador que abandone sus tierras, ni al mecánico su trabajo, ni al mercader sus negocios, ni al abogado sus clientes. Todo lo que pide es que los que se han bautizado en su fe vivan como esta se los demanda: que vivan arrepentidos, que vivan creyendo, que vivan como quienes saben que «sin santidad ningún hombre puede ver al Señor.» Viviendo así, estamos listos a encontrarnos con nuestro Señor; pero si así no lo hacemos, no estaremos preparados ni para la muerte, ni para el juicio, ni para la eternidad. Vivir de esa manera es ser verdaderamente feliz, porque es estar en realidad dispuesto a todo lo que pueda acontecer. No nos mostremos satisfechos con un Cristianismo práctico de un tipo inferior a este. Las ultimas palabras de la profecía son muy solemnes : «Lo que os digo a vosotros, se lo digo a todos, ¡Velad!»

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