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Marcos 13: La condenación de la Ciudad Santa

La lección, además de ser utilísima, puede tener una extensa aplicación. Un cristiano, por que lo es, no ha de descuidar el uso de ciertos medios que le proporcionan las cosas terrenales, como tampoco los de las cosas que pertenecen a la vida futura. El creyente no debe suponer que Dios cuidará de él, y proveerá a sus necesidades, si no hace uso de los medios y del sentido común que Dios le ha dado, así como a los demás hombres. Fuera de toda duda es que puede esperar la ayuda del Padre que está en los cielos, en toda época necesitada; pero debe esperarla haciendo un uso diligente de medios legítimos.

Pretender que se confía en Dios, cuando nos entregamos a la pereza y nada hacemos, no es otra cosa que ser entusiastas y fanáticos, y produce el menosprecio de la religión.

La palabra de Dios contiene sobre este particular varios ejemplos instructivos que haríamos bien en recordar. Es uno muy notable la conducta de Jacob cuando fue a encontrarse con su hermano Esaú. Alza primero una plegaria muy ferviente al cielo y después envía a su hermano un presente muy escogido. Gen. 32.9- 13. La conducta de Ezequías, cuando Sennaquerib se dirigió contra Jerusalén, es otro caso. «Con nosotros,» dice al pueblo, «está el Señor nuestro Dios, para dar nuestras batallas.» Pero, sin embargo, refuerza los muros de la ciudad, y fabrica dardos y escudos. 2 Crón. 32.5. La conducta de S. Pablo es otro de los casos. Con frecuencia leemos que huyó de un lugar a otro para salvar su vida. Vemos que una vez lo descolgaron en un cesto por las murallas de Damasco.

Otra le oímos decir a los soldados cuando estaban a bordo del buque alejandrino cargado de trigo, «Si los marineros no permanecen en la nave, vosotros no podréis salvaros.» Actos 27.31. Sabemos cuales fueron la fe y la confianza del gran apóstol; sabemos cual fue su valor y cuanto descansaba en su Maestro, y, sin embargo, vemos que nunca despreció hacer uso de los medios que tenia a su alcance. No nos avergoncemos de obrar como él.

Tengamos siempre presente una cosa; no confiemos solo en los medios cuando los empleamos; esperemos sobre todo la bendición de Dios. Gran pecado es mandar por el médico como Asa y no buscar al Señor. Empleemos diligentemente todos los medios de que podamos disponer, y dejemos el resultado en manos del Señor; tal conducta es el fin que debe proponerse todo creyente verdadero.

Nos enseñan además estos versículos dos grandes privilegios de los elegidos de Dios. Dos veces en este pasaje usa nuestro Señor unas expresiones muy notables refiriéndose a ellos. Dice hablando de la gran tribulación: « Si el Señor no hubiese acortado aquellos días, ninguna carne se salvaría; mas por causa de los escogidos, que él escogió, acortó aquellos días.» Dice también hablando de los falsos Cristos y de los falsos profetas que «darán señales y harán prodigios para engañar, si posible fuere, a los escogidos..

No hay duda que la elección es un dogma profundo y misterioso; es incuestionable que con frecuencia se le ha pervertido y se ha abusado miserablemente de él; pero el mal uso que se haga de ciertas verdades no debe impedir usarlas. La elección cuando se aplica rectamente, y se emplean ciertas precauciones, es una doctrina «llena de un consuelo dulce é indecible. Antes de concluir con este punto, veamos cuales deben ser esas precauciones.

Ante todo, no debemos olvidar que la elección de Dios no anula la responsabilidad del hombre ni la obligación que tiene de dar cuenta de su alma. La misma Biblia que habla de la elección, se dirige siempre al hombre como a un agente libre, y a él apela para que se arrepienta, crea, busque, ore, se esfuerzo, y trabaje. En nuestros actos debemos seguir aquella Divina Voluntad, que encontramos expresamente declarada en la Palabra de Dios.

Además, no olvidemos nunca que lo que principalmente tenemos que hacer, es arrepentimos y creer en el Evangelio. No tenemos derecho alguno en creernos consolados por la elección de Dios, si no damos pruebas evidentes de arrepentimiento y de fe. No debemos permanecer inmóviles, afligiéndonos con angustiosas investigaciones para descubrir si somos o no de los elegidos, cuando Dios nos manda muy claro a arrepentimos y a creer. Act. 17.30; Juan 3.23. No hagamos mal; aprendamos a hacer el bien; apartémonos del pecado; apoyémonos en Cristo ; acerquémonos a Dios por medio de la oración ; y cuando así obremos, pronto sabremos y sentiremos si somos elegidos de Dios. Diremos, usando las palabras de un. Teólogo antiguo, que debemos principiar en la escuela primaria del arrepentimiento y de la fe, antes de ir a la universidad de la elección. Cuando Pablo recordaba la fe, la esperanza, y la caridad de los Tesalonicenses era que les decía,»Sé vuestra elección en Cristo.» 1 Tesal. 1.4.

Marcos 13:24-31

Está enteramente por cumplirse aún esta parte de la profecía de nuestro Señor en el monte de los Olivos. Los eventos que en ella se describen aún tienen que acontecer; posible es que en nuestra época sucedan. Debemos leer este pasaje, por tanto, con especial interés.

Observemos, en primer lugar, que solemne majestad rodeará a nuestro Señor en su segunda venida a este mundo. El lenguaje que usa en referencia al sol a la luna y a las estrellas despierta la idea de una convulsión general del universo al fin de la presente dispensación. Nos recuerda las palabras del apóstol Pedro, «los cielos desaparecerán con grande estruendo, y los elementos ardiendo quedarán deshechos.» 2 Ped. 3.10. En esos momentos, en medio de un terror y de una confusión que excederá todo lo que hasta ahora han producido los terremotos o los huracanes, los hombres « verán al Hijo del hombre descendiendo sobre nubes con gran poder y gloria..

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