Marcos 13: La condenación de la Ciudad Santa

Observemos, en primer lugar, los disturbios que el Señor anuncia a su pueblo entre la época de su primera venida y la de su segunda. No hay duda que desde la caída de Adán herencia de los hombres son las penas; aparecieron al mismo tiempo que las espinas y los abrojos. «El hombre ha nacido para el dolor, como las chispas para volar hacia arriba.» Job 5.7. Pero hay dolores y penas especiales a que están sujetos los que creen en Jesucristo, y de esos nuestro Señor los apercibe con mucha claridad.

Deben esperar penas y disgustos de parte del mundo; y no esperar protección de los «gobernadores y reyes.» Ya verán que su conducta y sus doctrinas no les ganarán favor con los poderosos; al contrario, serán aprisionados, golpeados, y llevados ante los tribunales como malhechores, sin otra razón que la de haberse adherido al Evangelio de Cristo.

Deben esperar penas y disgustos de parte de sus mismos parientes. «El hermano entregará a su hermano a la muerte, y el padre a su hijo.» Los que son de su carne y de su sangre se olvidarán con frecuencia de su amor a ellos, por odio a su religión. Descubrirán algunas veces que la enemistad del ánimo carnal contra Dios es más fuerte que los vínculos de la familia y de la sangre.

Haremos bien en atesorar estas cosas en nuestro corazón, y «calcular el costo» de ser cristianos. No debemos imaginarnos que sea extraño que nuestra religión nos atraiga amarguras. No hay duda que atravesamos tiempos favorables; no tenemos razón en temer muerte ni cárcel por servir a Cristo en ciertos países; pero, con todo eso, necesario es que nos resolvamos a sufrir algunos disgustos, si somos cristianos verdaderos, firmes y decididos.

Decidámonos a soportar risas, el ridículo, burlas, murmuraciones, y persecuciones mezquinas, y aun de nuestros parientes más cercanos y queridos tendremos que recibir palabras duras y poco benévolas La «ofensa de la cruz» no ha cesado. «El hombre natural no recibe las cosas del Espíritu de Dios.» 1 Cor. 2.14. Los que han «nacido según la carne « perseguirán a los que han «nacido según el Espíritu.» Gal. 4.29. La vida más consecuente en todos sus actos no lo impedirá.

Si nos hemos convertido, no debemos sorprendernos al descubrir que somos odiados por causa de Cristo.

Observemos, en segundo lugar, que estímulos tan eficaces el Señor Jesús presenta a su pueblo perseguido. Les ofrece tres cordiales deliciosos que conforten sus almas.

Dísenos que «el Evangelio debe ser primero predicado a todas las naciones.» Debe ser y lo será: a despecho de los hombres y del diablo, la historia de la cruz será contada en todas las regiones de la tierra. Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. A pesar de las persecuciones, de las cárceles, y de la muerte, nunca faltará una serie de hombres creyentes que proclamarán la buena nueva de la salud por gracia. Pocos quizás los crean: quizás muchos de sus oyentes continuarán endurecidos en el pecado; pero nada impedirá la predicación del Evangelio. La palabra no será nunca encadenada, aunque los que la prediquen sean cargados de cadenas y ejecutados en un patíbulo. 2 Tim. 2.9.

Nuestro Señor nos dice también, que los que sufren persecuciones especiales por causa del Evangelio, recibirán una ayuda especial en la época de su necesidad: el Espíritu Santo los asistirá cuando hagan su defensa. Encontrarán palabras y argumentos que sus adversarios no podrán refutar ni resistir. Así como aconteció con Pedro, Juan, y Pablo cuando fueron llevados ante los concilios judaicos y romanos, así acontecerá con los verdaderos discípulos; y que esta promesa se ha cumplido nos lo prueban abundantemente las historias de Hus, de Lutero, de Latimer y Bidley y Baxter. Cristo ha sido fiel a su palabra.

Nuestro Señor nos dice además, que la paciencia y la perseverancia producirán la salvación final. «El que sufre hasta el fin, ese será salvado.» Ninguno de los que sufren tribulaciones dejará de recibir recompensa. Todos al fin recogerán rica cosecha, y lo que sembraron con lágrimas, segarán con regocijo. Sus aflicciones ligeras y transitorias, sus penas de un momento, los guiarán a un tesoro de gloria eterna.

Acopiemos consuelo en esas promesas que se hacen a todos los verdaderos siervos de Cristo. Aunque ahora se vean perseguidos, burlados, vejados, descubrirán al fin que están con los que triunfan. Aunque algunas veces se vean asediados, perplejos, puestos a prueba, nunca se encontrarán enteramente abandonados. Aunque derribados, no serán destruidos. Guarden compostura y tengan paciencia, que el fin dé todo lo que ven girar en torno suyo, es cierto, fijo y seguro. Los reinos de este mundo se convertirán en los reinos de Dios y de su Cristo. Y cuando los burladores y los impíos, que tantas veces los insultaron, queden avergonzados, los creyentes recibirán una corona de gloria inmarcesible.

Marcos 13:14-23

Se nos enseña en estos versículos lo legítimo que es usar de medios que conduzcan a nuestra seguridad personal. El lenguaje de nuestro Señor Jesucristo sobre el particular es claro o inequívoco «Que los que están en Judea huyan a las montañas, y el que está sobre la casa no baje a la casa, que el que está en el campo no vuelva; orad por que vuestra huida no sea en el invierno.» Ni una palabra se dice que nos haga suponer que huir del peligro, en ciertas circunstancias, sea indigno de un cristiano. Hay muchas opiniones respecto al tiempo de la profecía que se hace en el pasaje que nos ocupa; pero la enseñanza es muy clara respecto a lo legítimo que es dar pasos para evitar los peligros.

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