Marcos 12: Rechazo y retribución

Pastor Lionel

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Dios Padre

Observemos, además, en este pasaje, la sutileza exquisita de la cuestión propuesta a nuestro Señor. Sus enemigos le preguntaron: « ¿Es legítimo pagar tributo a César, el emperador romano, o no? ¿Le daremos, o no?» Cuestión era esta, que a primera vista parecía imposible contestar sin peligro. Si nuestro Señor hubiera contestado, «Dad,» los fariseos lo hubieron acusado ante los sacerdotes de que El consideraba la nación judía subyugada a Roma. Si nuestro Señor hubiera replicado, «No deis,» los herodianos lo hubieran acusado ante Pilatos, como un sedicioso que predicaba rebelión contra el gobierno romano. El lazo habla estado bien tendido. Seguramente que en ello vemos la mano astuta y hábil de uno que es más poderoso que el hombre; allí estaba el diablo, la antigua serpiente.

Haríamos bien en recordar que de todas las cuestiones que han dejado perplejos a los cristianos, ninguna ha resultado ser tan intrincada y embarazosa, como lo que los fariseos y herodianos propusieron en este caso. Qué es lo que se debe dar a César, y qué a Dios; cuales son los limitas de los derechos de la iglesia, y en donde comienzan los derechos del estado ; que pretensiones civiles y cuales espirituales son legítimas ; todos estos son problemas profundos y enredados que ha sido difícil para los cristianos desatar, y casi imposible resolver. Oremos a Dios por vernos libres de ellos. Nunca sufre más la causa de Cristo como cuando el diablo logra arrastrar las iglesias a pleitos y cuestiones con el poder civil. En tales luchas se pierde un tiempo precioso, se emplean mal las fuerzas, los ministros se distraen de la obra que es propia de ellos, sufren las almas, y una victoria que la iglesia gane resulta ser poco menos que una derrota. «Señor, danos paz en nuestros días,» es una plegaria de mucha significación, y que debería siempre encontrarse en los labios de los cristianos.

Observemos, en último lugar, la sabiduría maravillosa que mostró nuestro Señor en su respuesta a sus enemigos. Sus lisonjas no lo engañaron: «conocía su hipocresía.» Sus ojos que todo lo veían descubrieron, que tenia en su presencia «vasijas de barro cubiertas do escorias de plata,» Prov. 26.23; así es que no lo engañaron, como a muchos de Su pueblo, con su lenguaje pomposo y sus discursos elocuentes.

Hizo que lo que acostumbraban manejar diariamente sus enemigos le suministrara una respuesta a sus astutas cuestiones. Leí dijo que «Le llevaran un denario,» moneda que tenían el hábito de usar. Pregúntales «de quien era la imagen y la inscripción « que se encontraban grabadas en aquel denario; y se vieron obligados a contestar «de César.» Ellos mismos estaban usando una moneda romana, que había sido acuñada y puesta en circulación por el gobierno romano. Confesaban así ellos mismos que estaban bajo el poder de los romanos, pues, de otra manera, la moneda romana no hubiera tenido curso entre ellos.

Inmediatamente nuestro Señor los reduce al silencio con esas memorables palabras: «Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.» Les ordena pagar tributo al gobierno romano de las cosas temporales, pues al usar su moneda se confesaban obligados a hacerlo; pero, al mismo tiempo, les manda prestar obediencia a Dios en todo lo que fuera espiritual, y que no fueran a suponer que los deberes que debemos llenar con un soberano terrenal y un soberano celeste son incompatibles. En una palabra, ordena al orgulloso fariseo no rehusar lo que debe a César, y al herodiano mundano no rehusar lo que debe a Dios.

Que esta decisión magistral nos enseñe este gran principio, que el verdadero Cristianismo no tiene que intervenir nunca con la obediencia que se debe tributar a los poderes civiles. Tan lejos está que así sea, que la verdadera religión de Cristo debe forMarcos súbditos pacíficos, leales, y fieles, que consideren a los poderes existentes como «ordenados por Dios,» y someterse a sus reglamentos y ordenanzas mientras la ley está vigente, aunque no los aprueben del todo. Si la ley de la tierra y la ley de Dios estuvieren en oposición, no hay duda que su conducta es obvia: deben obedecer a Dios antes que a los hombres; como los tres mancebos, aunque sirvan a un rey pagano, no deben prosternarse ante un ídolo. Como Daniel, aunque se sometan a un gobierno tiránico, no deben suspender sus oraciones para hacerse agradables a los que mandan.

Pidamos a menudo en nuestras oraciones provisión más abundante de ese espíritu de sabiduría que mora tan profusamente en nuestro bendito Señor. Muchos son los males que a la iglesia de Cristo se le han originado a consecuencia de las ideas torcidas respecto a las posiciones relativas que ocupan el gobierno de Dios y el civil. Muchos son los rompimientos y muchas las divisiones que se han ocasionado por no haberse formado una idea exacta de sus derechos respectivos. Feliz el que recuerda la decisión de nuestro Señor en este pasaje, la entiende bien, y la aplica apropiadamente a las circunstancias de la época en que vive.

Marcos 12:18-27

Estos versículos relatan una conversación entre nuestro Señor Jesucristo y los saduceos. Sabemos que la religión de estos era punto menos que infidelidad; decían «que no había resurrección.» Ellos, como los fariseos, se imaginaron que enredarían a nuestro Señor con cuestiones difíciles y lo dejarían perplejo. La iglesia de Cristo no debe esperar que la traten mojar que a su Maestro. El formalismo por un lado, y la infidelidad por otro, son enemigos contra cuyos ataques debemos siempre estar bien preparados.

Aprendemos en este pasaje cuanta falta de rectitud se descubre a menudo en los argumentos de los incrédulos.

Prueba evidente de ello es la cuestión propuesta por los saduceos. Le cuentan de una mujer que se casó con siete hermanos sucesivamente, que no tuvo hijos, y que sobrevivió a sus siete maridos; y le preguntan de cual de esos siete seria « mujer en la resurrección.»Bien puede sospecharse que el caso no era real sino supuesto, pues a primera vista se descubren razones muy fuertes para tenerlo por improbable. Pero lo que los saduceos querían era suscitarle dificultades, y, si fuera posible, reducir a nuestro Señor al silencio. No tenían el valor necesario para negar francamente la doctrina de la resurrección, y se reducían tan solo a insinuar sus consecuencias posibles.

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