Comprometidos a Sembrar La Palabra de Dios

Marcos 1: El principio de la historia

No hay nadie en todo el mundo a quien nos cueste más trabajo arrostrar que a nosotros mismos; y el primer paso al arrepentimiento y a la debida relación con Dios es reconocernos a nosotros mismos nuestro pecado.

(ii) Una persona debe hacer confesión a los que ha ofendido o defraudado. No servirá de mucho el decirle a Dios que lo sentimos hasta que les digamos que lo sentimos a los que hemos ofendido y dañado. Las barreras humanas tienen que desaparecer antes que las barreras divinas. En la iglesia del Este de África, un hombre y su mujer eran miembros de un grupo. Uno de ellos vino e hizo confesión de que había una pelea en su casa. En seguida el pastor dijo: «No deberías haber venido a confesar esa pelea aquí; deberías haberla resuelto, y entonces venir a confesarla.»

Muchas veces puede que nos resulte más fácil hacerle la confesión a Dios que a otras personas. Pero no puede haber perdón sin humillación.

(iii) Uno debe hacer confesión a Dios. El final del orgullo es el principio del perdón. Es cuando uno dice: «He pecado,» cuando Dios tiene ocasión de decir: «Yo te perdono.» No es el que desea encontrarse con Dios en igualdad de términos el que descubre el perdón, sino el que se arrodilla en humilde confesión y musita avergonzado: «Dios, ten piedad de mí, pecador.

EL HERALDO DEL REY

Marcos 1:5-8

Y todo el país de Judasa salió a su encuentro, y lo mismo todos los habitantes de Jerusalén, y fueron bautizado por él en el río Jordán cuando confesaban sus pecado

Juan llevaba un túnica de pelo de camello que se sujetaba por la cintura con un cinto de cuero; y se allí mentaba de langostas y miel silvestre.

El tema de su predicación era:

-Uno que es más poderoso que yo viene detrás de mí. Yo no merezco ni postrarme a desatarle la correa de las sandalias. Yo os bautizo con agua, pero Él os bautizará con el Espíritu Santo.

Está claro que el ministerio de Juan era poderosamente eficaz, porque acudían a escucharle y a someterse a su bautismo. ¿Por qué razón hizo Juan tal impacto en su nación?

(i) Era un hombre que vivía su mensaje. No sólo sus palabras, sino toda su vida era una protesta. Había tres cosas en él que marcaban la realidad de su protesta contra  la vida contemporánea.

(a) Estaba el lugar en que vivía: el desierto de Judasa. Entre el centro de Judasa y el Marcos Muerto se extiende uno de los desiertos más terribles del mundo. Es un desierto de piedra caliza; parece informe y retorcido; hierve bajo un calor agobiante; la roca está ardiendo -y abrasada, y suena a hueca cuando se pisa como si hubiera un horno gigantesco por debajo; se extiende hacia el Marcos Muerto, y de pronto desciende en precipicios e in escalables hasta la misma orilla. En el Antiguo Testamento se lo llama a veces Yeshimón, que quiere decir la devastación. Juan no era un habitante de la ciudad. Era un hombre del desierto y de sus soledades y desolaciones. Era un hombre que se daba la oportunidad de escuchar la voz de Dios.

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