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Marcos 1: El principio de la historia

Si se diera alguna vez el caso de que un leproso se curara -y la verdadera lepra era incurable, así es que se trataría cualquiera de las otras enfermedades de la piel tenía que pasar por una complicada ceremonia de restauración que describe en Levítico 14. Le reconocía un sacerdote. Llevar dos avecillas, y se mataba una sobre agua corriente. Cosas se llevaba madera de cedro, grana e hisopo. Estas cosas y la avecilla viva se mojaban en la sangre de la avecilla muerta;

entonces se soltaba la viva. El hombre se lavaba, así como la ropa, y se afeitaba. Se dejaban pasar siete días, y luego se reconocía otra vez. Entonces tenía que afeitarse todo el pelo del cuerpo. Ofrecía algunos sacrificios celos corderos y una cordera de un año sin tacha; tres décimos de un efa de flor harina mezclada con aceite y un log de aceite. Las cantidad eran menores para los pobres. Al paciente restaurado se le tocaba el lóbulo de la oreja derecha, el pulgar de la mano derecha y del pie derecho con la sangre de la víctima y luego con el aceite. Se le reconocía por última vez y, si no le quedaban restos de la enfermedad, se le permitía volver a la sociedad con un certificado de que estaba limpio.

Aquí tenemos una de las escenas más reveladoras de Jesús

(i) No rechazó a una persona que estaba quebrantando la Ley. El leproso no tenía derecho a acercársele y hablarle, pero Jesús no le rechazó. Salió al encuentro de una necesidad humana con una compasión comprensiva.

(ii) Jesús extendió el brazo, y le tocó. Tocó a un hombre intocable, porque era inmundo. Para Jesús no lo era; era simplemente un alma humana con una necesidad desesperada.

(iii) Después de limpiarle, Jesús le envió a cumplir las normas legales. Él cumplía las leyes y la justicia humanas. Él no desafiaba impunemente los convencionalismos; sino, cuando era necesario, los aceptaba y cumplía.

Aquí vemos la compasión, el poder y la prudencia en perfecta armonía.

LA FE QUE SUPERA OBSTÁCULOS

Marcos 2:1-6

Algún tiempo después, cuando volvió Jesús a Cafarnaum, se corrió la voz de que estaba en una casa, y se abarrotó de gente de tal manera que no quedaba sitio para nadie más ni siquiera a la puerta.

Cuando Jesús estaba dándoles Su mensaje llegó un grupo trayéndole a Jesús a un paralítico al que llevaban entre cuatro. Como no podían llegar hasta Él a causa de la gente, descubrieron urca parte de la cubierta de la casa donde estaba, e hicieron un agujero por el que bajaron la camilla con el paralítico.

Cuando Jesús vio la fe de ellos le dijo al paralítico:

Hijo, tus pecados se te han perdonado.

Cuando Jesús terminó su campaña en las sinagogas, volvió a Cafarnaum. En seguida se corrió la voz de que había vuelto. La vida era muy abierta en Palestina. Por la mañana se abría la puerta de las casas, y cualquiera podía entrar o salir. No se cerraba nunca la puerta a menos que se quisieran evitar las visitas. Una puerta abierta era una invitación a todos los que quisieran entrar. En las casas más humildes, como esta tiene que haber sido, no había recibidor, y la puerta de la calle daba acceso al interior de la casa directamente. Así es que, de pronto, un gentío considerable había abarrotado la casa y se extendía por fuera de la puerta; y todos estaban escuchando atentamente el mensaje de Jesús.

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