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Marcos 1: El principio de la historia

Pero el que había sido leproso se marchó y empezó a contar lo que -le había pasado con todo detalle y por todas partes. En consecuencia, ya no Le era posible a Jesús entrar abiertamente en los pueblos, sino que tenía que quedarse fuera en lunares deshabitados; y la gente no dejaba de acudir a El de todas partes.

En el Nuevo Testamento no había enfermedad que se considerara con más terror y lástima que la lepra. Cuando Jesús envió a los Doce, les mandó: «Sanad a los enfermos, limpiad a los leprosos» (Mat_18:8 ). La suerte del leproso era realmente terrible. E. W. G. Masterman, en su artículo sobre la lepra en Dictionary of Christ and the Gospels, del que tomamos mucho de la información que sigue, dice: «Ninguna otra enfermedad reduce a un ser humano por tantos años a una tan repulsiva.» Consideremos en primer lugar los Hechos:

Hay tres clases de lepra. (1) Está la lepra tuberculosa. Empieza por un letargo inexplicable y dolores en las articulaciones. Más tarde aparecen en el cuerpo, especialmente en la espalda, manchas simétricas descoloridas. En ellas se forman pequeños nódulos, al principio rosas, que luego se vuelven marrones. La piel se pone más gruesa. Los nódulos se agrupan especialmente en los pliegues de las mejillas, la nariz, los labios y la frente. Cambia de tal manera el aspecto total de la cara, que la persona pierde su aspecto humano y parece más, decían los antiguos, como un león o un sátiro. Los nódulos van haciendo cada vez más grandes; se ulceran y echan un pus repugnante. Se les caen las cejas; los ojos se les ponen saltones, la voz se vuelve áspera, y le silba el aliento a causa de la ulceración de las cuerdas vocales. También se les ulceran las manos y los pies. Poco a poco el paciente se convierte en masa de bultos ulcerados. El curso normal de la enfermedad es de nueve años, y acaba en la pérdida de la razón, coma por fin, la muerte. El paciente se convierte en un ser repulsivo para sí mismo y para los demás.

(ii) Está la lepra anestésica. Las etapas iniciales son la mismas; pero quedan afectados los nervios. El área infecta pierde la sensibilidad. Esto puede suceder sin que el paciente se dé cuenta; y puede que no lo note hasta que sufra algunas quemaduras y descubra que no siente los dolores que serían normales. Conforme se desarrolla la enfermedad el daño que se produce en los nervios causa manchas descoloridas y ampollas. Los músculos se degeneran; los tendones se contraen, hasta el punto de dejar las manos como garras. Siempre se le deforman las uñas. Se producen ulceraciones crónicas en los pies y en las manos seguidas de la progresiva pérdida de los dedos hasta que al final ,.se les cae la mano o el pie enteros. La duración de la enfermedad puede llegar hasta entre veinte y treinta años. Es una especie de terrible muerte lenta por un deterioro progresivo de todo el cuerpo.

(iii) La tercera clase de lepra es el tipo más corriente, en el que se mezclan la lepra tuberculoide y la anestésica. Esta es la lepra propiamente dicha, y no hay duda de que había muchos leprosos de esta clase en Palestina en tiempos de Jesús.

De la descripción de Levítico 13 se deduce claramente que en los tiempos del Nuevo Testamento el término lepra se usaba aplicándolo a otras enfermedades de la piel. Parece habérsele aplicado a la soriasis, una enfermedad que cubre el cuerpo de escamas blancas, lo que podría ser el origen de la frase « un leproso blanco como la nieve» (Cp. Exodo 4:6; Números, 12:10; 2Ki_5:27 ). Parece que también incluía la tiña, que sigue siendo muy corriente en Oriente. La palabra hebrea que se usa en Levítico es tsará›at. Ahora bien, Lev_13:47 habla de una tsará›at de la ropa, y la de las casas se menciona en Lev_14:33 . El deterioro de la ropa sería una clase de hongos o moho; y el de las casas sería carcoma o líquenes que destruyen la piedra. La palabra tsará›at, lepra, en el pensamiento judío parece haber cubierto cualquier clase de enfermedad de la piel. Naturalmente, con los conocimientos médicos en un estado extremadamente primitivo, la diagnosis no distinguía entre las diferentes clases de enfermedades de la piel, e incluía tanto las incurables y mortales como otras no tan fatales y comparativamente leves bajo un término general.

Cualquier enfermedad de la piel de las descritas hacía que el paciente quedara inmundo. Se le echaba de la sociedad; tenía que vivir solo, o con otros que estuvieran en la misma situación, fuera del pueblo. Tenía que llevar la ropa desgarrada, la cabeza descubierta, el labio superior tapado, y, cuando iba andando, tenía que gritar para advertir su presencia: « ¡Inmundo, inmundo!» Descubrimos la misma situación en la Edad Media, en la que se aplicaba también la Ley de Moisés. El sacerdote, con la estola y el crucifijo, llevaba al leproso a la iglesia y le leía el oficio de difuntos. El leproso era un muerto en vida. Tenía que llevar una túnica negra que todos pudieran reconocer, y vivir en un lazareto. No podía asistir a los oficios religiosos, que sólo podía atisbar por una « grieta de los leprosos» que había en los muros. El leproso tenía que asumir no sólo el sufrimiento físico de su enfermedad, sino también la angustia mental y espiritual de estar totalmente desterrado de la sociedad y evitado aun por los suyos.

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