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Lucas 9: Los emisarios del Rey

(ii) Aquí se nos muestra con toda claridad la absoluta suficiencia de Jesús. Cuando Él llegó, la situación estaba fuera de control. La impresión que sacamos es que la gente iba de acá para allá sin saber qué hacer. Los discípulos estaban desbordados, y el padre del chico estaba desanimado y desesperado. A esta escena de desorden llega Jesús, se hace cargo de la situación al instante, y trae la calma. A menudo nos encontramos en situaciones así en las que todo está descontrolado: sólo el Señor de la vida puede solucionar la vida con su absoluta suficiencia y ponerlo todo bajo control.

(iii) Y aquí también termina el incidente con Jesús señalando a la Cruz. Había sido un momento triunfal: Jesús había dominado al demonio y admirado a la gente; y en ese momento, cuando todos estaban dispuestos a aclamarle, Jesús les dice que se dirige a la muerte. Habría sido fácil seguir por el camino del éxito popular; pero la grandeza de Jesús se vio en que lo rechazó, y escogió la Cruz. Él no quiso evitar la Cruz a la que llamó a sus seguidores.

LA VERDADERA GRANDEZA

Lucas 9:46-48

Entonces los apóstoles se pusieron a discutir quién de ellos era el más importante. Jesús se daba cuenta de lo que estaba pensando cada uno, y tomó a un chiquillo, y le puso a su lado, y les dijo:

-El que reciba a este chiquillo en mi nombre, es como si me recibiera a Mí; y el que me recibe a Mí, recibe al que me envió, que es Dios. Así que el que se considera el más insignificante de todos vosotros, ese es verdaderamente grande.

Mientras los Doce siguieran pensando que el Reino de Jesús era de este mundo, era inevitable que se disputaran los puestos más altos. Hace mucho tiempo, el historiador inglés conocido como el venerable Beda sugirió que esta pelea surgió porque Jesús se había llevado a la cima del monte a Pedro, Santiago y Juan, y los otros estaban celosos.

Jesús sabía lo que estaban pensando. Tomó a un chiquillo y le puso a su lado; es decir, en el lugar de máximo honor. Seguidamente les dijo que el que recibiera a un chiquillo, le recibía a Él, y el que le recibía a Él, recibía a Dios. ¿Qué quería decir? Los Doce eran los lugartenientes de Jesús; pero ese chico no ocupaba ninguna posición oficial. Jesús estaba diciendo: «Si estáis dispuestos a pasaros la vida sirviendo, ayudando y amando a personas que a los ojos del mundo no tienen ninguna importancia, estáis sirviéndome a mí y a Dios. Si estáis dispuestos a pasaros la vida haciendo cosas que parece que no tienen ninguna importancia, sin proponeros ser lo que el mundo llama grande, seréis grandes a los ojos de Dios.»

Hay muchos que están dispuestos a prestar servicios por razones falsas.

(i) Por el deseo de prestigio. A. J. Cronin habla de cierta enfermera que conoció cuando era médico rural. Aquella mujer llevaba veinte años al servicio de un distrito de quince kilómetros a la redonda, ella sola. «A mí me admiraba su paciencia, su resistencia y su alegría. Nunca estaba demasiado cansada para levantarse a media noche cuando tenía una llamada urgente. Ganaba el sueldo base, y una noche, a las tantas, después de un día especialmente agobiado, me atreví a preguntarle por qué no pedía que la pagaran más, porque Dios sabía que se lo merecía. Y me contestó que si Dios sabía que se lo merecía, eso era lo único que le importaba a ella.» No trabajaba para los hombres, sino para Dios; y cuando trabajamos para Dios, el prestigio es lo último que se nos ocurrirá pensar, porque sabemos que Él se lo merece todo.

(ii) Por el deseo de una posición. Si se le da a una persona una tarea o una posición o un puesto en la iglesia, debe considerarlo, no como un honor, sino como una responsabilidad. Hay quienes sirven en la iglesia, no pensando realmente en aquellos a los que sirven, sino en sí mismos. A cierto primer ministro inglés le estaban felicitando por su elección, y dijo: «Lo que necesito no son vuestras felicitaciones, sino vuestras oraciones.» El ser elegidos para un cargo es serlo para un servicio, no para un honor.

(iii) Por el deseo de prominencia. Muchas personas están dispuestas a servir o a dar siempre que se les reconozca el servicio o la generosidad. Las instrucciones de Jesús son que no debemos dejar que nuestra mano izquierda sepa lo que hace la derecha. Si damos o hacemos algo sólo para recibir algo para nosotros, eso no tiene ninguna gracia (Luk_6:32-34 ).

DOS LECCIONES DE TOLERANCIA

Lucas 9:49-56

-Maestro -le dijo Juan a Jesús-, hemos visto a uno echar demonios en tu nombre. Se lo prohibirnos, porque no es seguidor tuyo como nosotros.

No teníais por qué prohibírselo; porque el que no está en contra de nosotros está a favor de nosotros.

Cuando se le iba acercando a Jesús el momento de volver al Cielo, hizo la decisión irrevocable de ponerse en camino hacia Jerusalén. Envió a unos mensajeros por delante para que fueran a prepararle alojamiento en una aldea samaritana; pero la gente de allí se negaron a darles hospitalidad, porque tenían aspecto de dirigirse a Jerusalén. Cuando lo supieron los apóstoles Santiago y Juan, le dijeron a Jesús:

-¡Señor! ¿Nos dejas que mandemos bajar fuego del cielo que los consuma, como hizo el profeta Elías?

Pero Jesús se volvió hacia ellos, y los regañó:

-¡Todavía no os habéis enterado de qué espíritu sois! El Hijo del Hombre no ha venido a perder a las personas, sino a salvarlas.

Así es que siguieron andando hasta otra aldea.

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