Comprometidos a Sembrar La Palabra de Dios

Lucas 9: Los emisarios del Rey

Uno puede drogarse mentalmente hasta el punto de quedarse mentalmente dormido.

(ii) Pero hay innumerables cosas en la vida capaces de despertarnos.

(a) Está el dolor. Una vez dijo Elgar de una joven cantante, que era técnicamente perfecta, pero sin sentimiento ni expresión: «Será estupenda cuando algo le rompa el corazón.» A menudo el dolor nos despierta con rudeza; y en ese momento, a través de las lágrimas, vemos la gloria.

(b) Está el amor. El poeta Browning escribe de dos personas que se enamoraron. Ella le miró a él, y él a ella, « y de pronto despertaron a la vida.» El amor verdadero es un despertar a un horizonte que ni siquiera sospechábamos que existía.

(c) Está el sentimiento de necesidad. Uno puede vivir medio dormido por cierto tiempo la rutina de la vida; pero, de pronto, le asalta un problema totalmente insoluble, alguna pregunta incontestable, alguna tentación arrollador, algún desafío que exige un esfuerzo por encima de nuestras fuerzas; y en ese momento no nos queda más remedio que clamar al Cielo. Ese sentimiento de necesidad nos despierta a Dios.

Haremos bien en pedir: « Señor, mantenme siempre despierto a Ti.»

LA BAJADA DEL MONTE

Lucas 9:37-45

Al día siguiente, cuando bajaron del monte, le salió al encuentro a Jesús un montón de gente. Uno de ellos empezó a gritar:

-¡Maestro, por favor, mira a mi hijo! ¡Es mi único hijo! ¡Un espíritu se apodera de él, y le hace pegar gritos, y retorcerse, y echar espuma por la boca, y le está destrozando, y no le deja en paz! Les he pedido a tus discípulos que libraran a mi hijo del demonio, pero no han podido.

-¡Esta generación moderna tiene tan poca fe! -respondió Jesús-. ¡Es de una perversidad fatal! ¿Hasta cuándo voy a tener que estar aguantándoos? ¡Trae a tu hijo!

Cuando se iba acercando el chico, el demonio empezó a retorcerle y convulsionarle; pero Jesús reprendió al espíritu inmundo, y en seguida le devolvió al padre a su hijo sano y salvo. Todos estaban maravillados de la grandeza del poder de Dios que se manifestaba en todo lo que Jesús hacía. Y Él les dijo a sus discípulos:

-Quiero que os enteréis muy bien de lo que voy a deciros: el Hijo del Hombre va a ser entregado al poder de los hombres.

Pero los discípulos no comprendieron lo que Jesús les quería decir; todavía les estaba oculto su significado, y les daba miedo preguntárselo.

Tan pronto como Jesús bajó del monte, le asaltaron las exigencias y los desengaños de la vida. Un hombre había acudido a los discípulos en busca de ayuda, porque su hijo único padecía de un mal horrible, que se atribuía a la influencia maligna de un demonio. La palabra que se usa en el versículo 42 es muy gráfica: « Cuando se iba acercando el chico, el demonio le arrojó al suelo y le convulsionó.» Es la palabra que se usa cuando un boxeador o un luchador derriba a su contrario. Debe de haber sido algo horrible el ver al chico retorciéndose en el suelo, y los discípulos no habían podido hacer absolutamente nada. Pero cuando llegó Jesús, resolvió la situación con absoluto dominio, y le devolvió el chico a su padre completamente curado.

Dos cosas quedan claras.

(i) El momento en el monte era absolutamente necesario, pero no se podía prolongar. Pedro, sin darse cuenta de lo que estaba diciendo, sugirió quedarse allí en aquella gloria con Moisés y Elías en unos refugios que hubieran podido hacer; pero tenían que bajar. A veces se nos conceden momentos que quisiéramos prolongar indefinidamente; pero, después de un tiempo en la cima del monte, tenemos que volver a la lucha y a la rutina de la vida. Ese momento tiene por objeto darnos las fuerzas para la vida diaria.

Después de la gran confrontación con los profetas de Baal en el Monte Carmelo, Elías tuvo que poner tierra por medio. Se fue al desierto y allí, bajo un enebro, se echó a dormir, y un ángel le preparó la comida por dos veces. Y entonces viene la frase: « Se levantó, pues, y comió y bebió; y fortalecido con aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches» (1Ki_19:1-8 ). Debemos acudir a la cima del monte de la presencia de Dios, no para quedarnos allí, sino para proseguir, en la fuerza de ese tiempo, muchos días. Se decía del gran explorador el capitán Scott, que era cuna extraña mezcla de soñador y de hombre práctico, y nunca más práctico que cuando acababa de salir de uno de sus sueños:» No podemos prolongar indefinidamente el momento de la cima, pero tampoco podemos vivir sin ese momento.

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