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Lucas 9: Los emisarios del Rey

Lo que Jesús decía es que «antes que pase esta generación veréis las señales de que el Reino de Dios está en marcha.» Y no cabe duda de que aquello sí sucedió. Algo vino al mundo que, como la levadura en la masa, empezó a cambiarlo. No estaría mal que, a veces, aparcáramos nuestro pesimismo, y pensáramos más bien en la luz que ha empezado a amanecer en el mundo. ¡Ánimo! El Reino viene de camino, y haremos bien en darle gracias a Dios por todas las señales de su amanecer.

EN LA CIMA DE LA MONTAÑA DE LA GLORIA

Lucas 9:28-36

Como una semana después de esa conversación, Jesús se llevó a Pedro, Juan y Santiago, y subió a orar

con ellos a un monte. Y mientras estaba orando, le cambió el aspecto de la cara, y la ropa se le puso

resplandeciente de blanca como la luz de un relámpago.

Y se les aparecieron rodeados de gloria dos varones, que eran Moisés y Elías, y se pusieron a hablar con

Jesús acerca de cómo se iba a cumplir su partida de este mundo en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros estaban rendidos de sueño; pero, cuando se despertaron del todo, contemplaron con sus propios ojos la gloria de Jesús, y a los dos hombres que estaban con Él. Cuando éstos se iban separando de Jesús, le dijo Pedro:

-¡Maestro! Lo mejor que podemos hacer es quedarnos aquí. Vamos a hacer tres refugios: uno para Ti, otro para Moisés y otro para Elías.

¡Pero no sabía lo que se decía! Y, mientras hablaba, los envolvió una nube, cosa que les produjo mucho temor. Y de la nube les llegó una voz que decía:

-¡Este es mi Hijo, mi Escogido! ¡Hacedle caso a Él!

Cuando se calló la voz, Jesús se encontraba solo; y ellos no dijeron nada más, y no le contaron nada a nadie de lo que habían visto.

Aquí tenemos otro de los momentos decisivos de la vida de Jesús en la Tierra. Debemos recordar que estaba a punto de ponerse en camino hacia Jerusalén y hacia la cruz. Ya hemos estudiado otro momento decisivo, cuando les preguntó a sus discípulos Quién creían que era Él, a fin de saber si alguien había descubierto su verdadera identidad. Pero había algo que Jesús no haría jamás: no daría ni un paso sin la aprobación de Dios. Esto es lo que le vemos buscar y recibir en esta escena. No podemos saber exactamente qué es lo que sucedió en el Monte de la Transfiguración; pero sabemos que fue algo tremendo. Jesús había subido allí a buscar la aprobación de Dios en el paso decisivo que iba a dar. Allí se le aparecieron Moisés, el gran legislador del Pueblo de Israel, y Elías, el más grande de sus profetas. Era como si los príncipes de la vida, del pensamiento y de la religión de Israel le dijeran que siguiera adelante. Ahora Jesús podía dirigirse a Jerusalén, seguro de que por lo menos un grupito de hombres sabían Quién era, seguro de que lo que estaba haciendo era la consumación de toda la vida y el pensamiento y la obra de su nación, y seguro de que Dios estaba de acuerdo con el paso que Él daba.

Hay aquí una frase henchida de sentido. Dice que los apóstoles, «cuando se despertaron del todo, contemplaron con sus propios ojos la gloria de Jesús.»

(i) En la vida nos perdemos muchas cosas porque tenemos la mente dormida. Hay ciertas cosas que nos mantienen espiritualmente dormidos.

(a) Están los prejuicios. Tenemos las ideas tan fijas que nuestra mente está cerrada. Nuevas ideas llaman a la puerta, pero estamos tan dormidos que no las dejamos entrar.

(b) Existe el letargo mental. Hay muchos que se resisten a la fatigosa lucha del pensamiento. «No vale la pena vivir -decía Platón- una vida sin examen de conciencia.» ¿Cuántas veces nosotros pensamos las cosas realmente y a fondo?

(c) Está el amor a la tranquilidad. Tenemos una especie de mecanismo de defensa que nos hace cerrar la puerta a todo pensamiento inquietante.

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