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Lucas 9: Los emisarios del Rey

El tercer dicho de nuestro Señor que se registra en este pasaje es dirigido á un hombre que se presentó voluntariamente para seguirle, que disminuyó el mérito de su oferta, anteponiendo una súplica, «Señor» dijo, «seguirte he; mas déjame que me despida primero de los que están en mi casa.» La respuesta que recibió demuestra claramente que todavía no se había decidido firme y sinceramente a servir á Cristo, y que, de consiguiente no se hallaba apto para ser discípulo. Jesús le dijo, «Ninguno que, poniendo su mano al arado, mirare atrás, es apto para el reino de Dios..

Estas palabras nos enseñan que es imposible servir á Cristo cuando no lo amamos de todo corazón. Si estamos mirando hacia atrás á alguna cosa de este mundo, no somos aptos para ser discípulos de Jesucristo. Los que miran atrás, como la mujer de Lot, es porque quieren volver atrás. Jesús no quiere que dividamos nuestro afecto–no, ni con nuestros parientes más queridos. él quiere de poseer todo nuestro corazón, ó nada. Sin duda hemos de honrar á padre y madre, y amar á todos nuestros prójimos. Pero cuando el amor hacia Cristo y el amor hacia los parientes se oponen, Cristo debe tener la preferencia. Es menester que estemos prontos como Abrahán para dejar la parentela y la casa paterna, si fuere necesario, por amor de Cristo. Debemos estar preparados en caso de necesidad para abandonar, como Moisés aun á los que nos han criado si nos llama Dios, y nuestro deber es claro. Tal resolución puede causarnos amargos pesares. Acaso atribule nuestros corazones causar disgusto á los que amamos. Pero tal conducto puede ser algunas veces absolutamente necesario para nuestra salvación; y si cejamos ante el deber, no somos dignos del reino de Dios. El buen soldado no deja que el afecto por su tierra natal y por su hogar lo domine completamente. Si con frecuencia se entrega al pesar por sus parientes y amigos, no podrá seguir una campaña. Sus deberes como militar–el vigilar, el marchar, y ni combatir–deben ocupar preferentemente sus pensamientos. Y lo mismo debe suceder con todos los que quisieren servir á Cristo. Es menester que se guarden de la timidez que envilece el carácter del cristiano. Es menester que sufran trabajos, como fieles soldados de Jesucristo. 2Ti_2:3.

Terminemos la consideración de este pasaje examinando á fondo nuestros corazones. Las cosas sin duda han cambiado mucho desde el día en que nuestro Señor pronunció esas palabras. Pocos son los llamados á hacer sacrificios por amor de Cristo como los que tenían que hacer sus discípulos cuando él estaba en la tierra. Pero el corazón del hombre es siempre el mismo. Las dificultades quo hay que vencer para conseguir la salvación, son todavía muy grandes. La atmósfera del mundo no es todavía propicia á la religión espiritual. Si queremos alcanzar el cielo, preciso es que tomemos una resolución firme y sincera.

Estemos, pues, prontos á hacer y sufrir cualquier cosa, y á renunciarlo todo por amor de Cristo. Algo nos costará por unos pocos años, pero el premio en la eternidad será grande.

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