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Lucas 9: Los emisarios del Rey

Sea, pues, uno de los principios mas fijos que nos guíen en la vida que cualesquiera que sean los errores de nuestros semejantes en materias de religión, nunca debemos perseguirlos. Discutamos, razonemos con ellos si fuere necesario, y procuremos señalarles el camino recto; pero nunca hagamos uso de la fuerza para promover la difusión de la verdad. No nos prestemos jamás á perseguir á nadie, directa ó indirectamente, bajo pretexto de trabajar por la gloria de Cristo y bien de la iglesia. Antes bien, acordémonos, la religión que algunos profesen, por temor á la muerte, ó por miedo del castigo, no vale nada absolutamente, y que si aumentamos nuestras filas, por medio de la amenaza, no ganamos realmente fuerza ninguna. «Las armas de nuestra milicia,» dice S.

Pablo, ‹no son carnales.» 2Co_10:4. Es á la conciencia y al juicio de los hombres que debemos apelar. Nuestros argumentos no han de ser la espada, ó el fuego, ó la prisión, sino las doctrinas, y los preceptos, y los textos. «Un voluntario vale por diez hombres que apelen contra sus convicciones..

Lucas 9:57-62

Este pasaje es muy notable: contiene tres cortos dichos de solemnidad peculiar, dirigidos por nuestro Señor Jesucristo á tres personas diferentes. Nada sabemos del nombre de estas personas. Nada sabemos del efecto que las palabras de nuestro Señor produjeron en ellas. Más no debemos dudar que cada dicho fue dirigido de modo que se adaptase al carácter de cada una de las tres personas, y estemos seguros que el pasaje tiene por objeto principal excitar en nosotros el examen de nuestros corazones. El primero de estos dichos fue dirigido á un hombre que se ofreció como discípulo espontáneamente y sin condición alguna. «Señor,» dijo este, «yo te seguiré donde quiera que fueres.» Esta oferta parecía buena. Al parecer revelaba mejores sentimientos que los de otros muchos hombres. Millares de personas oyeron los sermones de nuestro Señor y nunca pensaron en decir lo que ese hombre dijo. Empero el que hizo esa oferta habló evidentemente sin reflexión. Jamás había considerado cuales eran los deberes del discípulo. No había «calculado el costo;» y por esto necesitaba la grave respuesta que se le dio: «Las zorras tienen cuevas, y las aves de los cielos nidos; mas el Hijo del hombre no tiene en donde reclinar su cabeza.» Debía meditar bien lo que iba á emprender. No debía suponer que el servicio de Cristo iba á presentarla otra cosa tan solo placeres y un camino sembrado de rosas. ¿Estaba dispuesto para esto? ¿Estaba preparado á «sufrir el mal?» 2Ti_2:3. Si no, le era mejor abandonar la idea de hacerse discípulo.

Las palabras de nuestro Señor nos manifiestan que él quiere que todos los que profesan el Cristianismo y se llaman cristianos tengan presente que les es menester tomar la cruz; y que cuenten con ser despreciados, y afligidos, y atormentados como su Maestro. El no quiere que ninguno entre en sus filas por falsos é indignos motivos. Es su deseo que se comprenda claramente que tenemos que luchar, y sufrir, y padecer, y trabajar mucho si nos proponemos seguirle. El está pronto á darnos la salvación, «sin dinero y sin precio.» Gracia durante el camino, y gloria al fin serán dadas á todo pecador que viene á él.

Mas él no quiere que ignoremos que hemos de tener enemigos mortales–el mundo, la carne, y el demonio; y que muchos nos aborrecerán, nos calumniarán, y nos perseguirán si nos hacemos Sus discípulos. No es Su ánimo desanimarnos, pero sí que sepamos la verdad.

Bueno habría sido para la iglesia si la admonición de nuestro Señor hubiera sido meditada con más frecuencia. Muchos principian la vida religiosa, llenos de ardor y celo, y pronto pierden su primer amor, y vuelven otra vez al mundo. Les gusta el uniforme nuevo, y la remuneración, y el nombre de soldado cristiano. Nunca piensan en la vigilancia, y las batallas, y las heridas, y los conflictos, y todo lo que el soldado cristiano tiene que sufrir. No olvidemos jamás esta lección. No debe impedirnos que empecemos a servir á Cristo, pero debe hacernos cautos y humildes, é impulsarnos á implorar la gracia divina. Si no estamos dispuestos á tomar parte en las tribulaciones que sobrevienen al hombre por amor do Cristo, no debemos esperar tener parte alguna en la gloria celestial.

El segundo dicho de nuestro Señor fue dirigido a un hombre a quien él invitó que lo siguiese. La respuesta que le dio es muy notable: «Señor,» dijo el hombre, « déjame que primero vaya y entierro á mi padre.» Esta petición en sí misma era inocente›; mas, en aquella hora, era inoportuna. Asuntos de mucha más importancia que los funerales de un padre, exigían la atención inmediata del hombre. Había siempre muchas gentes dispuestas y aptas para encargarse de un entierro; y, por otra parte, había en aquellos momentos urgente necesidad de trabajadores que se encargasen de la viña del Señor; por esto la súplica del hombre dio motivo para que nuestro Señor profiriese esta solemne réplica: «Deja á los muertos que entierren á sus muertos; mas tú ve, y anuncia el reino de Dios..

Estas palabras nos enseñan que no debemos dejar que nuestros deberes sociales y de familia se antepongan á nuestro deber para con Dios. Funerales, bodas, visitas de cortesía y otras cosas semejantes, no son incuestionablemente pecaminosas en sí mismas. Pero cuando absorben el tiempo del creyente, y le impiden cumplir con algún deber religioso, se convierten en asechanzas contra el alma. Que los hombres del mundo, y los no convertidos, les permitan ocupar todo su tiempo y todos sus pensamientos, no es de admirar: no conocen nada más elevado, ni mejor, ni más importante. «Deja á los muertos el enterrar á sus muertos.» Pero los herederos la gloria, y los hijos del Rey de reyes, deben ser hombres de distinto carácter. Deben manifestar claramente por medio de su conducta, que el otro mundo es la gran realidad que ocupa constantemente sus pensamientos; y no deben avergonzarse de que el mundo vea que no tienen tiempo para regocijarse, ó para entristecerse como los otros que no tienen esperanza. 1Th_4:18. Delante de sí está la obra de su Maestro, y ella ocupa principalmente atención. Son en el mundo sacerdotes de Dios, y, como los sacerdotes de los tiempos antiguos, tienen que restringir su tristeza dentro de ciertos límites. Lev_21:1. «El lamentar,» dice un teólogo antiguo, «no debe impedir el trabajar,» y no debemos dar rienda á la tristeza.

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