Comprometidos a Sembrar La Palabra de Dios

Lucas 9: Los emisarios del Rey

Debemos contentarnos si se ataca el pecado, y se predica el Evangelio, y se destruye el reino del demonio, aunque todo esto no se haga exactamente del modo que es de nuestro agrado. Debemos creer que los hombres pueden ser discípulos sinceros de Jesucristo, y que obstante por discretas razones pueden tener en materias religiosas distintas opiniones de las que nosotros tenemos. Sobre todo, debemos alabar á Dios si las almas son convertidas, y Cristo exaltado–no importa quien sea el predicador, ni á cuál iglesia pertenezca. Felices los que pueden decir con Pablo: «Cristo es anunciado; y en esto me huelgo, y aun me holgaré.» Filip. 1:18. Y como Moisés, « ¿Tienes tú celo por mí? ¡Ojalá que todas las gentes del Señor fuesen profetas, y que todas profetizaran!» Num, 11:29.

Lucas 9:51-56

Observemos en estos versículos con cuan firme determinación, nuestro Señor Jesucristo contemplaba su pasión y muerte. Se nos dice que «como se cumplió el tiempo en que había de ser recibido afirmó su rostro para ir á Jerusalén.» El sabia muy bien que suerte le esperaba allí: la traición, el juicio injusto, la mofa, la corona de espinas, los clavos, la lanza, la agonía en la cruz -todo, todo sin duda se presentaba ante sus ojos como un cuadro. Mas nunca, ni por un instante retrocedió ante la obra que había emprendido. El se había propuesto firmemente pagar el precio de nuestra redención, y hasta descender al frió sepulcro para nuestro rescate. El estaba lleno de tierno amor hacia los pecadores; y era el deseo de su alma conseguirles la salvación; por lo cual, «habiéndole sido propuesto gozo, sufrió la cruz, menospreciando la vergüenza.» Heb_12:2. Alabemos para siempre á Dios por habernos dado un Salvador misericordioso; y acordémonos, que así como éste se prestó a padecer, así también se presta á salvar. El que viene á Cristo con fe no tiene porqué dudar de la buena voluntad de Cristo para recibirle. El mero hecho que el hijo de Dios vino voluntariamente al mundo á morir, y que padeció voluntariamente, debe disipar enteramente semejantes dudas. Toda la falta de voluntad está de parte del hombre, no de Cristo. Consiste en la ignorancia, en el orgullo, en la carencia de fe, en el poco ánimo de aquel.

Esforcémonos y oremos para que nos mueva el mismo ánimo que movió á nuestro bendito Maestro. Como él, estemos prontos á ir cualquiera parte y hacer cualquiera cosa, cuando la senda del deber nos esté claramente marcada y cuando se oiga la voz de Dios. No cejemos ante ningunas dificultades y bebamos pacientemente el amargo cáliz cuando venga de mano del Padre.

En segundo lugar, notemos en estos versículos la conducta extraordinaria de dos de los apóstoles, Santiago y Juan. Cierta ciudad de samaritanos rehusó dar hospitalidad, á nuestro Señor: «Mas no lo recibieron; porque su rostro era de hombre que iba á Jerusalén.» Entonces estos apóstoles hicieron la extraña pregunta: «Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo y los consuma, como también hizo Elías?.

Ellos ciertamente tuvieron celo, y celo de la mejor clase– ¡celo por el honor de Cristo! Tuvieron un celo justificado y apoyado en un ejemplo de la Escritura, y ese ejemplo ¡nada menos que del profeta Elías! Pero no fue un celo discreto. Los dos discípulos, en su acaloramiento, olvidaron que «las circunstancias alteran los casos,» y que la misma acción que es buena y justificable en uní ocasión, puede ser mala é injustificable en otra. Olvidaron que los castigos deben ser siempre en proporción á las ofensas, y que el destruir toda una ciudad de gente ignorante, por un mero acto de descortesía, habría sido tan injusto como cruel. En resumen, la propuesta de Santiago y de Juan fue inconsiderada y temeraria. La intención pudo ser buena, pero en hablar así los apóstoles cometieron un grave error. Hechos como este se registran en los Evangelios para nuestra instrucción. Cuidemos de notarlos y atesorarlos cuidadosamente en nuestra mente. Es posible tener mucho celo por Cristo, y al mismo tiempo, darlo á conocer por los medios más impíos y anticristianos.

Es posible pensar bien y tenor buenas intenciones, y sin embargo cometer los errores más enormes. Es posible figurarnos que tenemos la Escritura de nuestra parte, y sostener nuestro proceder con citas bíblicas, y no obstante cometer graves equivocaciones. Es tan claro como la luz del día, según este y otros casos referidos en la Biblia, que no basta sur celoso y bien intencionado. En faltas muy graves se incurre frecuentemente con buenas intenciones. Ningunos, quizás han causado tantos males á la iglesia como los ignorantes bien intencionados.

Debemos procurar ser tan discretos como celosos. El celo sin prudencia es un ejército sin general, una nave sin timón. Debemos pedir á Dios que nos dé sabiduría para aplicar bien la Escritura. La palabra es sin duda «antorcha para nuestros pies, y luz para nuestra senda;» pero preciso es que hagamos buen uso do ella y la apliquemos correctamente.

Finalmente, observemos en estos versículos qué protesta tan solemne hace nuestro Señor contra toda persecución que se fomente á nombre de la religión.

Cuando Santiago y Juan hicieron la extraña propuesta que queda mencionada, Jesús, vuelto hacia ellos, los reprendió, y dijo: «Vosotros no sabéis de que espíritu sois: porque el Hijo del hombre no ha venido para perder las vidas de los hombres, sino para salvarlas.» Groseros como los Samaritanos habían sido, su conducta no debía ser castigada con la violencia. La misión del Hijo del hombre era hacer bien, siempre que los hombres lo recibieran, no hacer daño. Su reino había de extenderse por medio de la perseverancia en hacer bien, y por medio de la mansedumbre y docilidad en el sufrir: jamás por medio del rigor y de la violencia. Ningunas palabras de nuestro Señor han sido quizás tan totalmente desdeñadas por la iglesia de Cristo, como esas de que nos ocupamos.

Nada puede imaginarse más contrario á la voluntad de Cristo como las guerras religiosas y las persecuciones que manchan los anales de la historia eclesiástica. Millares y decenas de millares han sido quemados, ó fusilados, ó ahorcados, ó ahogados, ó decapitados en nombre del Evangelio, ¡y los que les han quitado la vida han creído realmente servir á Dios! Solo han dado á conocer de una manera lastimosa que ignoran el espíritu del Evangelio, y de la voluntad de Cristo.

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