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Lucas 9: Los emisarios del Rey

COMIDA PARA LOS HAMBRIENTOS

Lucas 9:10-17

Cuando volvieron los apóstoles, le contaron a Jesús todo lo que habían hecho. Luego Jesús se retiró con ellos a un pueblo llamado Betsaida para estar tranquilos; pero, cuando se enteró la gente de dónde estaba, salieron en su búsqueda, y Él les salió al encuentro y se puso a hablarles del Reino de Dios y a sanar a sus enfermos.

Cuando el día empezaba a declinar, se le acercaron los Doce a decirle:

Despide ya a la gente, para que vayan a las aldeas y los caseríos de por aquí cerca a buscarse dónde pasar la noche y comer algo, porque estamos en un descampado.

Dadles vosotros de comer les dijo Jesús.

Y le contestaron: No tenemos más que cinco panes y dos pescados.¿O es que. quieres que vayamos a comprar comida para todos éstos? le contestaron sorprendidos, porque había unos cinco mil.

Decidles que se sienten en grupos de unos cincuenta les dijo Jesús a sus discípulos.

Así lo hicieron, de forma que todos se quedaron sentados. Y entonces Jesús cogió los cinco panes y los dos pescados, miró al cielo y dio gracias a Dios por ellos. Luego empezó a partirlos en trozos y a pasárselos a sus discípulos para que se los repartieran a la gente. Y todos comieron todo lo que quisieron; y aun recogieron doce cestas llenas de lo que les sobró.

Este es el único milagro de Jesús que nos cuentan los cuatro evangelistas (cp. Mat_14:13 ss; Mar_6:30 ss, y Joh_6:1 ss). Empieza de una manera encantadora: con la vuelta de los Doce de su expedición. Nunca hubo un tiempo en el que Jesús necesitara más que entonces estar a solas con ellos; por eso se los llevó a los alrededores de Betsaida, una aldea al borde del Jordán, al Norte del Mar de Galilea. Pero, cuando la gente descubrió que se les había marchado, salieron en su búsqueda a millares, y Él les salió al encuentro y les dio la bienvenida.

Aquí tenemos toda la compasión divina. Casi todos nos habríamos molestado de que se nos invadiera la tranquilidad que tanto nos había costado conseguir. ¿Cómo nos habríamos sentido si hubiéramos buscado algún lugar solitario para estar con nuestros amigos más íntimos, y de pronto se nos presentara un ruidoso gentío con sus demandas insistentes? Algunas veces estamos demasiado ocupados para que se nos interrumpa; pero para Jesús la necesidad humana era siempre lo más importante.

Caía la tarde; los hogares estaban lejos, y todos estaban cansados y hambrientos. Jesús dejó perplejos a sus discípulos cuando les dijo que le dieran de comer a toda aquella gente. Hay dos maneras honradas de considerar este milagro. La primera, se puede creer sencillamente que Jesús creó comida para aquella vasta multitud. La segunda, y esto es lo que algunos creen que sucedió, es que la gente estaba hambrienta, pero era egoísta. Todos llevaban algo de comer, pero no lo querían sacar para no tener que compartirlo con otros. Los Doce pusieron a disposición de todos sus reducidos recursos, y entonces otros se sintieron movidos a sacar lo que tenían, y al final hubo más que suficiente para todos. Así es que se puede considerar como un milagro que cambió a las personas reservadas y egoístas en personas generosas, un milagro en el que Cristo cambió el interés de cada uno en sí, mismo en voluntad de compartir. Es posible que lo que sucedió incluía las dos cosas; porque, ¿de qué serviría un milagro que saciara el hambre de un momento pero dejara a todos tan egoístas como antes? ¿No es este milagro moral el que necesita el mundo, en el que sabemos que habría suficiente para todos si los que tienen de más estuvieran dispuestos a compartir con los que tienen de menos? Por otra parte, es la inquebrantable certeza de la fe que Dios suple y multiplica los recursos naturales cuando los usamos con gratitud y obediencia a su voluntad.

Antes de distribuir los alimentos, Jesús dio gracias a Dios por ellos. Según un dicho judío, «el que participa de algo sin darle gracias a Dios es como si le robara a Dios.» La oración que se hacía en las casas judías antes de las comidas era: «Bendito seas, Señor, Rey del Universo, que haces salir el pan de la tierra.» Jesús no quería ponerse a comer sin dar gracias antes al Dador de toda buena dádiva.

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