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Lucas 9: Los emisarios del Rey

En segundo lugar, este pasaje nos enseña que todos los verdaderos creyentes que han partido de este mundo están en salvo. Se nos dice que cuando nuestro Señor apareció en gloria, Moisés y Elías fueron vistos con él de pié y hablando. Moisés había muerto hacia cerca de mil quinientos años; Elías había sido arrebatado de la tierra por un torbellino hacia mas de novecientos años; empero estos santos varones fueron vistos vivos en el Monte de la Transfiguración, ¡y no solamente vivos sino en gloria! Consolémonos con el pensamiento glorioso, de que hay una resurrección y una vida venidera. Todo no se acaba cuando exhalamos el último suspiro. Está otro mundo más allá de la sepultura. Y, sobre todo, consolémonos con saber que entre tanto que llega el día, y empieza la resurrección, el pueblo de Dios está con Cristo exento de todo peligro. Sin duda, su estado actual es para nosotros un profundo misterio. ¿En dónde queda el lugar de su residencia? ¿Qué conocimiento tiene de las cosas de la tierra? Estas son preguntas que no podemos responder. Pero bástenos saber que Jesús cuida de él, y lo traerá consigo el último día. El puso á Moisés y á Elías á vista de sus discípulos en el Monte de la Transfiguración, y expondrá á la nuestra á todos los que han muerto en la fe, cuando venga la segunda vez- Nuestros hermanos en Cristo están bien cuidados. No los hemos perdido; nos han precedido.

En tercer lugar, este pasaje nos enseña que los santos del Antiguo Testamento, que están en la gloria, toman intenso interés en la muerte expiatoria de Cristo.

Cuando Moisés y Elías se aparecieron en gloria á nuestro Señor en el Monte de la Transfiguración, hablaron con El; y ¿cuál era el asunto de su conversación? No tenemos que formar conjeturas ó hacer suposiciones acerca de esto. S. Lucas nos dice «que hablaron de su salida, la cual había de cumplir en Jerusalén.» Ellos sabían el objeto de esa muerte, y preveían sus resultados; por eso «hablaban» acerca de ella.

Es error grave suponer que los santos del Antiguo Testamento no sabían nada tocante al sacrificio que Cristo iba á consumar por el pecado del mundo. Sus conocimientos, indudablemente, no eran tan claros como los nuestros. Ellos veían muy remota é indistintamente las cosas que nosotros vemos como si estuviesen á la mano. Pero no hay la prueba mas ligera de que algún santo del Antiguo Testamento confiara jamás en otra satisfacción por el pecado, sino en la que Dios prometió dar en la persona del Mesías. Desde Abel toda la serie ulterior de los antiguos creyentes tenían fe en un sacrificio prometido, y en una sangre de poderosa eficacia que aún estaba por ser revelada. Desde el principio del mundo nunca ha habido sino un centro de esperanza y paz para los pecadores: la muerte del poderoso Mediador entre Dios y el hombre. Esta es la verdad fundamental de toda religión revelada. Fue el asunto de que hablaron Moisés y Elías cuando se les vio aparecer en gloria.

Cuidemos de que esta muerte de Cristo sea la base de toda nuestra confianza. Ninguna otra cosa puede darnos consuelo en la hora de la muerte y en el día del juicio. Todas nuestras obras son defectuosas é imperfectas. Nuestros pecados son más numerosos que los cabellos de nuestra cabeza. Psa_40:15. La muerte que sufrió Cristo por nuestros pecados, y su resurrección para nuestra justificación, deben ser nuestra única defensa, si deseamos salvarnos. ¡Feliz el que ha aprendido á no de confiar en sus obras, y á, no gloriarse en ninguna otra cosa que en la cruz de Cristo! Si los santos que están en la gloria creen de tal importancia la muerte de Cristo, que necesariamente han de hablar de ella, ¡cuanto más obligados a Hacerlo no están los pecadores en la tierra! Finalmente, el pasaje nos enseña la inmensa superioridad de i respecto de todos los demás maestros que Dios ha dado al hombre. Se nos dice que cuando Pedro, «no sabiendo lo que se decía,» propuso hacer tres pabellones en el monte, uno para Jesús, otro para Moisés, y otro para Elías, como si los tres merecieran igual honor, la propuesta fue censurada al instante de un modo muy notable: Vino una voz de la nube, que decía: «Este es mi Hijo amado, á él oíd» Esta voz fue la voz de Dios el Padre, expresando tanto censura, como instrucción. Esta voz proclamaba á los oídos de Pedro, que sin embargo de lo grande que fueran Moisés y Elías, tenía delante de él un Ser mucho más grande que ellos. Ellos eran meras criaturas: él era el Hijo del Rey. Ellos no eran sino estrellas, él era el Sol. Ellos no eran sino testigos: él era la Verdad. Que resuenen siempre en nuestros oídos esas solemnes palabras Padre, y sean, por decirlo así, la nota fundamental de nuestra religión. Honremos á los ministros por amor á su Maestro: sigámoslos mientras siguen á Cristo; pero que nuestro cuidado principal sea oír la voz de Cristo, y seguirle adonde quiera que vaya. Hablen algunos, si quieren, de la voz de la iglesia. Conténtense otros con decir, «Yo oigo á este predicador, ó á ese clérigo.» Nunca estemos satisfechos, á menos que el Espíritu afirme en nuestro interior, que oímos al mismo Cristo, y que ellos son Sus discípulos.

Lucas 9:37-45

El acontecimiento descrito en estos versículos tuvo lugar inmediatamente después de la transfiguración. El Señor, preciso es notarlo, no permaneció mucho tiempo en el Monte de los Olivos. Su conversación con Moisés y Elías fue muy corta. Volvió pronto á la ocupación acostumbrada de hacer bien á un mundo afligido por el pecado. Durante su vida sobre la tierra, recibir honor y tener visiones de gloria eran acontecimientos excepcionales: servir á otros, curar á todos los que estaban oprimidos por el demonio y hacer obras de misericordia á los pecadores, era lo regular. Felices aquellos cristianos que han aprendido de Jesús á vivir para bien de otros más que para sí mismos, y comprenden que «más bienaventurado es dar que recibir.» Act_20:35.

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