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Lucas 9: Los emisarios del Rey

Las palabras del Señor, contenidas en este lugar, nos enseñan cuan inestimable es el valor del alma. La siguiente pregunta admite una sola respuesta: «¿Qué aprovecha al hombre si granjeare á todo el mundo, y se pierda él á sí mismo, ó corra peligro de sí?.

La posesión de todo el mundo, y todo cuanto contiene, nunca puede hacer dichoso á ningún hombre. Los placeres que el mundo ofrece son falsos y engañosos. Sus riquezas, dignidades y honores no pueden satisfacer el corazón. Mientras que no los hemos obtenido brillan, relucen, y parecen apetecibles: al momento, que los poseemos descubrimos que son un engaño y que no pueden hacernos felices. Y, lo peor de todo es, que cuando poseemos loa bienes de este mundo hasta la saciedad, no podemos retenerlos: la muerte sobreviene luego y para siempre nos separa de todas nuestras posesiones. Desnudos vinimos á la tierra, y desnudos salimos de ella, y de todos nuestros haberes no podemos llevar cosa alguna ¡Tal es el mundo, que absorbe toda la atención de millares de hombres! Tal es el mundo por amor al cual tantos están perjudicando sus almas cada año. La pérdida del alma es lo más grave que puede sobrevenir al hombre. La peor y más penosa enfermedad; la más calamitosa bancarrota de fortuna, el más desastroso naufragio, son desgracias insignificantes comparadas con la pérdida de un alma. Todas las demás pérdidas son llevaderas, ó duran corto tiempo, pero la pérdida del alma es para siempre, el perder á Dios, y á Cristo, y el cielo, y la gloria, y la felicidad por toda la eternidad. Es ser arrojado al infierno y quedar allí para siempre, sin consuelo y sin auxilio.

¿Qué estamos haciendo nosotros? ¿Estamos causando la ruina de nuestras propias almas? Por medio de la negligencia y pecados manifiestos, por pura indiferencia é indolencia, ó por deliberada contravención de la ley de Dios, ¿estamos acaso causando nuestra propia destrucción? Estas preguntas exigen respuesta. Lo que sucede con muchos cristianos es simplemente esto: que están pecando todos los días contra el sexto mandamiento. ¡Están cometiendo suicidio espiritual! Finalmente, las palabras de nuestro Señor nos enseñan cuan culpable y peligroso es avergonzarse de Cristo y de Sus palabras. «El que se avergonzare de mí y de mis palabras, de este tal el Hijo del hombre se avergonzará cuando vendrá en su gloria, y del Padre, y de los santos ángeles..

Hay varios modos de avergonzarse de Cristo. Somos culpables de ello, siempre que tememos que los hombres conozcan que amamos Sus doctrinas, Sus preceptos, Su pueblo, y Sus estatutos. Somos culpables siempre que dejamos que el temor de los demás nos amilane y nos impida dar á conocer nuestro credo religioso. Siempre que procedamos de este modo, negamos á nuestro Maestro, y cometemos un pecado grave.

El pecado de avergonzarse de Cristo es muy grande. Es prueba de incredulidad: demuestra que tenemos en más la alabanza de los hombres á quienes podemos ver, que la de Dios á quien no podemos ver. Es prueba de ingratitud; pues demuestra que tememos confesar delante de los hombres á Aquel que no se avergonzó de morir por nosotros en la cruz. Infelices son, á la verdad, los que se entregan á este pecado. En este mundo son siempre desdichados; la mala conciencia les roba la paz. En el otro mundo no pueden esperar consuelo. En el DIA del juicio serán alejados de Cristo eternamente, si no lo confesaren sobre la tierra.

Hagamos firme resolución de no avergonzarnos nunca de Cristo, el pecado y de la vanidad mundana, podemos avergonzarnos con razón. De Cristo y de su causa, no tenemos razón absolutamente para avergonzarnos. El valor en servir á Cristo acarrea siempre, recompensa. El cristiano más valiente es siempre el más feliz.

Lucas 9:28-36

El suceso descrito en estos versículos, comúnmente llamado «la transfiguración « es uno de los más notables en la historia de la vida terrenal de nuestro Señor. Es uno de aquellos pasajes qua debemos leer siempre con peculiar gratitud; descorre parte del velo que está extendido sobre el otro mundo, y aclara algunas verdades muy profundas de nuestra religión.

En primer lugar, este pasaje nos descubre algo de la gloria que acompañará á Cristo cuando venga al mundo por segunda vez. Nos dice que «la apariencia de su rostro cambió, y su vestido se puso blanco y resplandeciente,» y que los discípulos que estaban con él «vieron su gloria..

No tenemos porque dudar que en esta visión maravillosa se tuviera por objeto animar y fortalecer á los discípulos de nuestro Señor. Acababan de oír hablar de la cruz y la pasión, y de la abnegación, y los padecimientos á que debían someterse si querían salvarse; esta vez fueron alentados con la vislumbre de la «gloria que se seguirían›› y de la recompensa que recibirían algún día todos los siervos fieles á su Maestro. Habían entrevisto la hora de la humillación de su Maestro; esta vez contemplaron por unos pocos minutos una manifestación de su poder futuro.

Animémonos con el pensamiento de que hay bienes en gran abundancia reservados para todos los verdaderos cristianos, que recompensarán ampliamente las aflicciones de esta vida. Ahora es tiempo de llevar la cruz y de participar de la humillación de nuestro Salvador. La corona, el reino, la gloria, están aún por venir. Cristo y su pueblo se hallan ahora, como David en la cueva de Odollan, menospreciados y desdeñados del mundo. No rodea ni el esplendor ni la opulencia. Mas ya se acerca de la hora, y pronto ha de llegar, en que Cristo se posesione de su gran poder y reino, y ponga á todos sus enemigos debajo de sus pies. Y entonces la gloria que fue vista primero unos pocos minutos por tres testigos, en el Monte de la Transfiguración, será vista por todo el mundo, y nunca jamás se ocultará.

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