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Lucas 9: Los emisarios del Rey

Observemos en segundo lugar cuan notables fueron el conocimiento y la fe que desplegó el apóstol Pedro. Cuando nuestro Señor preguntó á sus discípulos: « ¿Quién decís vosotros que soy yo?» respondió Pedro, y dijo: «El Cristo de Dios.» Esta fue una noble respuesta, respuesta que seria difícil apreciar el día de hoy en todo su valor. Para estimarla debidamente tenemos que colocarnos en la posición de los discípulos de nuestro Señor; hemos de tener presente que los grandes, y sabios, y doctos de su nación no veían atractivo alguno en su Maestro, y no querían recibirlo como Mesías; tenemos que recordar que ellos no veían boato ni pompa alguna en torno de nuestro Señor, nada de coronas, nada de ejército, nada de dominio terrenal–nada, sino un hombre pobre, que muchas veces no tenia ni en donde reclinar la cabeza. Y no obstante, fue entonces, y bajo tales circunstancias que Pedro expresó abiertamente su creencia de que Jesús era el Cristo de Dios ¡Grande fue, á la verdad, esta fe! Sin duda que tenía su mezcla de errores é imperfecciones; más, con todo, era una fe singular. El que la profesó era un hombre notable y mucho más adelantado que los de su siglo.

Debiéramos orar frecuentemente para que Dios se dignase crear más cristianos del carácter del apóstol Pedro. Errado, frágil é ignorante de su propio corazón como se mostró algunas veces, ese buen apóstol fue en algunos aspectos muy singular. Tuvo amor a Cristo, y fe, y celo, en un tiempo en que casi todo Israel era incrédulo é indiferente. Necesitamos más hombres de esa clase. Necesitamos hombres que no tengan miedo de verse solos, y de seguir á Cristo cuando la muchedumbre está contra El. Hombres como Pedro, pueden errar gravemente algunas veces, pero en el curso de la vida harán mayor bien que ningunos otros. La erudición es sin duda una cosa excelente, pero erudición sin celo y fervor nunca hará mucho por el mundo.

En tercer lugar, notemos en este pasaje la predicción que hizo nuestro Señor respecto á su cercana muerte. El dijo: « Es menester que el Hijo del hombre padezca muchas cosas, y sea desechado de los ancianos y de los príncipes de los sacerdotes, y de los escribas, sea muerto, y resucite al tercer día.» Estas palabras parecen sencillas y de poca significación, mas en el fondo de ellas hay dos verdades que se deben recordar cuidadosamente.

Por una parte, la predicción de nuestro Señor nos hace ver que Su muerte en la cruz fue un acto enteramente espontáneo. No fue entregado á Pilato y crucificado porque no pudiera evitarlo, ó porque no tuviera poder para destruir á sus enemigos. Su muerte fue el resultado de los eternos consejos de la bendita Trinidad. El había tomado á Su cargo padecer por el pecado del hombre, el Justo por los injustos, para que pudiera encaminarnos hacia Dios. Se había ofrecido á tomar sobre sí nuestros pecados como Sustituto, y los llevó voluntariamente en el madero del martirio. El tenía el Calvario y la cruz delante de sí cuando iba de pueblo en pueblo predicando el Evangelio; y se sometió deliberada y voluntariamente á la muerte ignominiosa á fin de pagar nuestra deuda con su propia sangre. Su muerte no fue la del hombre débil que no puede escapar; sino la muerte de un Ser que era «verdadero Dios de verdadero Dios,» y se había sometido á ser castigado en nuestro lugar.

Por otra parte, la predicción de nuestro Señor nos enseña los malos efectos de la preocupación que domina la mente de los hombres. Claras y sencillas como Sus palabras nos parecen ahora, sus discípulos no las comprendieron. Fue como si no oyesen. No podían comprender que el Mesías había de «ser muerto.» No podían aceptar la doctrina de que era necesario que su Maestro muriese. Y por esto, cuando su muerte tuvo lugar, se aterraron y confundieron. Aunque Jesús con frecuencia les había hablado de ella, nunca imaginaron que se verificase. Vigilemos y oremos contra la preocupación que ha extraviado lastimosamente á muchas personas celosas, y las ha llenado de dolor. Guardémonos de que tradiciones, ideas anticuadas, interpretaciones heterodoxas, y teorías infundadas en materia de religión, se arraiguen en nuestros corazones. No hay más que una piedra de toque para conocer la verdad: « ¿Qué dice la Escritura?» Ante ésta, calle toda preocupación.

Lucas 9:23-27

Estas palabras de nuestro Señor Jesucristo contienen tres grandes lecciones para uso de todos los cristianos. Son aplicables á personas de todas clases y condiciones, sin excepción alguna, y en todos los siglos y épocas, y á las diversas ramas de la iglesia visible.

Se nos enseña, primeramente, la necesidad absoluta de la abnegación cotidiana. Debemos «crucificar la carne « cada día, para vencer el mundo y resistir al demonio; debemos dominar nuestro cuerpo y obligarlo á que esté sumiso; debemos estar en guardia, a la manera de soldados en campaña; debemos luchar cada día y mantener una guerra sin tregua. El precepto de nuestro Maestro es claro y sencillo: « Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz cada día, y sígame..

Ahora bien, ¿hemos practicado este precepto? Esta es una pregunta que nos conviene hacer. El ir á la iglesia por costumbre no puede ser el Cristianismo de que habla Jesús en este versículo. ¿Dónde está nuestra abnegación? ¿Cargamos con la cruz cada día? ¿Seguimos á Cristo? Sin una religión de esta naturaleza no nos salvaremos jamás. Á un Salvador crucificado nunca le agradarán gentes que tengan apego al mundo y que busquen solo la satisfacción de sus pasiones. ¡Sin abnegación no hay gracia! ¡Sin cruz do hay corona! «Los que son de Cristo,» dice S. Pablo, «ya crucificaron la carne con sus afectos y concupiscencias.» Gal_5:24 «Cualquiera que quisiere salvar su vida,» dice el Señor Jesús, «la perderá; y cualquiera que perdiere su vida por causa de mí, éste la salvará..

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