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Lucas 9: Los emisarios del Rey

Quiso enseñarnos que los que se ocupan públicamente en bien de las almas de los demás deben tener algunas horas para estar á solas con Dios.

Es esta una lección que muchos cristianos harían bien en tener presente. La soledad, el examen de sí mismo, la meditación y la comunión en privado con Dios, son absolutamente esenciales para la salud espiritual. El que eso descuida está en gran peligro de caer. Predicar, enseñar, hablar, escribir, y hacer obras públicas constantemente es sin duda una prueba de celo; pero no es siempre prueba de aquel celo que se sujeta á lo que aconseja la prudencia: muchas veces acarrea fatales consecuencias. Debemos proporcionarnos algún tiempo para ponernos á estudiar interiormente con calma, á examinar el estado de las relaciones que existen entre nosotros y Cristo. La omisión de esta práctica es la causa verdadera de tantas reincidencias que afligen á la iglesia, y dan ocasión á que los infieles blasfemen. Muchos podrían repetir con dolor las palabras de los Cantares, «Hiciéronme guarda de viñas, y no he guardado mi propia viña.» Cant. 1: 6.

Notemos, finalmente, en este pasaje, cuan pronto está nuestro Señor Jesucristo á recibir á todos los que vienen á El. Cuando las gentes le siguieron al despoblado á que se había retirado, «las recibió, y les hablaba del reino de Dios, y sanó á los que tenían necesidad de cura.» Descortés é inesperada como parece haber sido esta invasión de su retiro, no fueron rechazados por él. Estaba siempre más pronto á dar instrucción que las gentes á pedirla, y más deseoso de enseñar que las gentes de ser enseñadas.

Mas este incidente, insignificante como puede parecer, está en completo acuerdo con todo lo que se nos dice en los Evangelios de la afabilidad y condescendencia de Cristo. Jamás le vemos tratar al pueblo según sus merecimientos; jamás le hallamos escudriñando los móviles de sus oyentes, ó impidiéndoles que oigan su doctrina porque sus corazones no sean rectos á los ojos de Dios. El siempre estaba dispuesto á oír y á obrar, y á predicar. Jamás fue desechada persona alguna que viniera á él. Podrían pensar lo que quisieran de su doctrina, pero nunca pudieron decir que Jesús de Nazaret fuera «hombre austero..

Acordémonos de esto cuando oremos á Cristo por la salud de nuestras almas. Podemos acercarnos á El sin temor, y abrirle nuestros corazones con confianza.

El es un Salvador de infinita compasión y misericordia. «El no quebrará la caña cascada, ni apagará el pabilo que humeare.» Los secretos de nuestra vida espiritual pueden ser tales que no quisiéramos que nuestros más íntimos amigos los supiesen; las llagas de nuestra conciencia son tal vez hondas y delicadas; mas nada tenemos que temer, si lo ponemos todo en manos de Jesús, el Hijo de Dios. Su bondad no tiene límites; y aquellas palabras suyas son muy verdaderas: «Yo soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas.» Mat_11:29.

Finalmente, tengamos esto presente cuando otras personas nos pidan consejo en lo que se refiera á sus almas. Esforcémonos en seguir el ejemplo de Cristo, y en ser como él benévolos y sufridos, y en estar siempre deseosos de dar buenos consejos. La ignorancia de los neófitos en religión es á veces muy desagradable: nosotros estamos inclinados á fastidiarnos de su falta de firmeza, de su volubilidad é indecisión. Pero recordemos la conducta de Jesús, -y seamos pacientes. él recibió á todos, habló á todos, é hizo bien á todos. Vivamos y procedamos de la misma manera. Procedamos unos con otros como Cristo procede con nosotros.

Lucas 9:12-17

El milagro descrito en estos versículos es referido mayor número de veces en los Evangelios que ningún otro de los que obró nuestro Señor. Esta repetición no fue, sin duda, sin objeto. Se tuvo en mira llamar nuestra atención á los detalles de dicho milagro.

Por una parte, se percibe en estos versículos un ejemplo patente del poder divino de nuestro Señor Jesucristo. Alimenta una reunión de cinco mil hombres con cinco panes y dos peces; con una provisión de viandas tan escasa que era meramente suficiente para satisfacer por un día sus propias necesidades y las de sus discípulos, satisface el hambre de una reunión tan numerosa como una legión romana. No pudo haber engaño acerca de la realidad y magnitud de este milagro. Fue hecho públicamente, y delante de muchos testigos. El mismo poder que al principio sacó el mundo de la nada, hizo existir alimento que antes no había existido. Las circunstancias de todo el acontecimiento hacen imposible el fraude. Cinco mil hombres hambrientos no hubieran convenido en que «todos se hartaron,» si no hubieran tomado alimento real y verdadero. Nunca se habrían recogido cestas llenas de los pedazos que sobraron, si no hubiesen sido panes y peces reales y materiales los que fueron multiplicados milagrosamente. Nada en resumen puede explicar todo el suceso, sino la intervención del dedo do Dios. La misma mano que envió maná del cielo al desierto para alimentar á Israel, fue la mano que hizo que cinco panes y dos peces supliesen las necesidades de cinco mil hombres.

El milagro que nos ocupa es una de muchas pruebas de que para Cristo nada es imposible. El Salvador de los pecadores es omnipotente. «Llama las cosas que no son, como si fuesen.» Rom_4:17. Cuando El quiere una cosa, se hace. Cuando manda algo, sucede infaliblemente. Puede sacar luz de en medio de las tinieblas, orden de en medio del desorden, fuerza de la debilidad, gozo del pesar, y alimento de la nada. ¡Por siempre bendigamos á Dios por esto! Tendríamos razón para desesperar cuando viésemos la corrupción de la naturaleza humana, y la obstinación é incredulidad del corazón del hombre, si no conociéramos el poder de Cristo. «¿Pueden tornar á la vida estos huesos secos?» ¿Puede salvarse algún hombre? ¿Puede algún niño, ó alguno de nuestros amigos llegar á ser en algún tiempo cristiano verdadero? ¿Podemos nosotros mismos ganar la vida eterna? Preguntas como estas nunca podrían responderse, si Jesús no fuese todopoderoso. Pero, loado sea Dios, Jesús tiene todo poder en el cielo y en la tierra. Vive en él cielo para socorrernos, y tiene poder para salvar; por lo tanto tengamos confianza.

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