Lucas 8: De Camino

Cuando Jesús le preguntó cómo se llamaba, el hombre contestó que « Legión». La legión romana era un regimiento de 6.000 soldados. Aquel hombre habría visto marchar a una legión roma, y su pobre mente afligida sentía que no era un demonio, sino toda una legión de ellos lo que tenía dentro de sí. Es posible que su mal hubiera empezado al ver en su infancia a una legión romana cometer atrocidades.

La cuestión de los cerdos ha constituido una gran dificultad para muchos, que no comprenden cómo Jesús pudo hacerles aquello a unos cerdos inocentes. Se ha considerado que aquello había sido una acción inmoral y cruel, ¡como si los cerdos se criaran para que disfrutaran de una vida larga y tranquila!

Podemos suponer que lo que sucedió fue que los cerdos estaban pastando por allí cerca; Jesús estaba aplicando su poder para curar un caso realmente difícil. De pronto, los chillidos y gritos salvajes del hombre causaron la estampida de los cerdos, que se precipitaron al lago, ciegos de terror. « ¡Mira dónde han ido tus demonios!», diría Jesús al hombre. Fuera como fuera, ¿podemos comparar el valor de una manada de cerdos con el del alma inmortal de un hombre? ¿Nos vamos a quejar de que costara la vida de aquellos cerdos el salvar aquella alma? ¿No es una estupidez perversa el quejarnos de que murieran los cerdos para sanar a un hombre? Tenemos que mantener un sentido de la proporción. Si la única manera de convencer a ese hombre de la realidad de su cura era el que perecieran aquellos cerdos, parece señal de una necia ceguera el objetar nada.

Tenemos que considerar las reacciones de dos clases de personas.

(i) Tenemos a los gadarenos. Le pidieron a Jesús que se fuera.

(a) Les fastidiaba que les alteraran la rutina de la vida. Todo seguía su marcha en paz hasta que llegó ese revolucionario de Jesús, y le rechazaron. Hay más personas que rechazan a Jesús porque les altera la vida que por ninguna otra razón. Si le dice a uno: « Tienes que abandonar ese hábito, tienes que cambiar tu vida»; si le dice a un empresario: « No puedes ser cristiano y hacer que tus obreros trabajen en esas condiciones»; si le dice al dueño de una casa: « No puedes cobrar dinero por el alquiler de esa pocilga» -es probable que todos le digan: « ¡Vete a la porra, y déjame en paz!»

(b) Apreciaban a sus cerdos más que al alma de un hombre. El dar más valor a las cosas que a las personas es uno de los mayores peligros de la vida. Eso es lo que crea los suburbios y las explotaciones injustas. Y, entre nosotros: eso es lo que nos hace exigir egoístamente nuestra comodidad a costa del sacrificio y de la esclavitud de otros. No hay absolutamente nada en el mundo tan importante como una persona humana.

(c) Tenemos al hombre que fue curado. Era natural que quisiera irse con Jesús, pero Jesús le mandó a su casa. El testimonio cristiano, lo mismo que la caridad, empieza en casa. Nos sería mucho más fácil hablar de Jesús entre los que no nos conocen; pero es nuestro deber, allí donde Cristo nos pone, testificar de Él. Y si resulta que somos los únicos cristianos en la tienda, en la oficina, en la escuela, en la fábrica o en el círculo en el que trabajamos o vivimos, no tenemos por qué quejarnos. Es un desafío en el que Dios nos dice: «Ve a decirles a los que te encuentras todos los días lo que Yo he hecho por ti.»

LA CURACIÓN DE UNA HIJA ÚNICA

Lucas 8:40-42 y 49-56

Cuando volvió Jesús adonde había estado antes, toda la gente le recibió con mucha alegría, porque le habían estado esperando. Entonces llegó un tal Jairo, que era presidente de la sinagoga, y se echó a los pies de Jesús para pedirle que fuera a su casa a curar a su hija única, de unos doce años, que se le estaba muriendo. Cuando se pusieron en camino, todo el gentío iba apretujando a Jesús.

Todavía estaba hablando Jesús, cuando llegó uno de casa del presidente, y le dijo:

-No molestes más al Maestro, porque ya es demasiado tarde: tu hija ha muerto.

-¡No tengas miedo! -intervino Jesús cuando lo oyó-. Tú ten confianza, que tu hija se pondrá buena.

Al llegar a la casa, Jesús no dejó que entraran con Él nada más que Pedro, Santiago y Juan, con el padre y la madre de la niña. Todos estaban llorando y haciendo duelo por la niña; pero Jesús les dijo:

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