Lucas 8: De Camino

(ii) Jesús calma las tormentas de las pasiones. La vida le es más difícil al que tiene un corazón caliente y un temperamento fogoso. Un amigo se encontró con un hombre de ésos, y le dijo:

-Veo que has conquistado tu temperamento.

-No; no he sido yo el que lo ha conquistado: Jesús lo ha conquistado por mí.

Es una batalla perdida a menos que Jesús nos dé la calma de la victoria.

(iii) Jesús calma la tempestad de la aflicción. A todas las vidas llega a veces la tempestad del dolor, porque el dolor es siempre el precio del amor, y el que ama tiene que sufrir. Cuando murió la esposa de Pusey, él dijo: «Era como si hubiera una mano debajo de mi barbilla sosteniéndome la cabeza.» Ese día, en la presencia de Jesús, se nos enjugan las lágrimas y se nos suavizan las heridas del corazón.

LA DERROTA DE LOS DEMONIOS

Lucas 8:26-39

Luego arribaron al distrito de los gadarenos, que está en la ribera opuesta a Galilea. Y tan pronto como Jesús puso pie en tierra, le salió al encuentro un hombre del pueblo, que estaba dominado por el demonio desde hacía mucho tiempo; no iba vestido, ni vivía en una casa, sino entre las tumbas. Cuando vio a Jesús, dio un chillido tremendo y se arrojó a sus pies gritando:

-¿Qué tienes tú que ver conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? ¡Por favor, no me atormentes!

Eso lo decía porque Jesús le había ordenado al demonio que saliera del hombre al que había tenido dominado tanto tiempo; aunque sujetaran al hombre con cadenas y con cepos, el demonio hacía que los rompiera, y le impulsaba a huir al desierto.

-¿Cómo te llamas? -le preguntó Jesús.

-«Legión» -le contestó, porque estaba invadido por una multitud de demonios; y éstos se pusieron a suplicarle a Jesús que no los mandara al abismo.

Había por allí una gran piara de cerdos paciendo en el monte, y los demonios le pidieron a Jesús que los dejara entrar en los cerdos; y El se lo permitió. Entonces los demonios salieron del hombre y entraron en los cerdos, que se precipitaron al lago por un despeñadero y se ahogaron.

Cuando vieron lo que sucedía los que estaban apacentando los cerdos, salieron huyendo e iban dando la noticia por pueblos y campos; y empezó a salir gente de todas partes a ver lo que había sucedido; y llegaron adonde estaba Jesús; y se encontraron con que el hombre que había estado endemoniado estaba sentado a los pies de Jesús, vestido y en sus cabales; y aquello les dio mucho miedo. Los que lo habían presenciado todo les contaron a los demás cómo había salvado Jesús al endemoniado; y toda la gente de aquellos alrededores cogió un miedo terrible, y le pidieron a Jesús que se marchara de su distrito.

Así es que Jesús se subió a la barca para marcharse; y el hombre que había quedado libre de los demonios le pedía a Jesús que le dejara irse con Él, pero Jesús se despidió de él y le dijo:

-Vuélvete a tu casa, y cuéntales a todos la maravilla que Dios ha hecho contigo.

Y eso fue lo que hizo el hombre: iba por todo el pueblo diciéndole a todo el mundo lo que Jesús había hecho por él.

Jamás empezaremos a entender este relato a menos que nos demos cuenta de que, pensemos nosotros lo que pensemos, los demonios eran algo muy real para aquella gente de Gadara, y para el mismo hombre. Ahora se diría que era un caso de demencia violenta. Era un peligro para la gente, así es que vivía entre las tumbas, que se creía que eran la morada de los demonios.

Fijémonos en el valor de Jesús al tratar con aquel hombre, que tenía una fuerza más que brutal para romper cadenas y reSantiago Sus vecinos le tenían tanto miedo que no se atrevían a hacer nada por él. Pero Jesús le recibió con tranquilidad y calma.

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