Lucas 8: De Camino

2 En Dios, los fieles al Señor – su comunión tendrán, y con los lazos del amor – el mundo rodearán.

3 ¡De razas no haya distinción, – obreros de la fe! EL que cual hijo sirve a Dios, – hermano nuestro es.

4 Oriente y Occidente en Él – se encuentran, y su amor las almas une por la fe – en santa comunión.

El que busca, por medio de Jesucristo, la voluntad de Dios, ha entrado en una familia que incluye a todos « los santos de la Tierra y los del Cielo.»

CALMA EN MEDIO DE LA TEMPESTAD

Lucas 8:22-25

Un día Jesús se embarcó con sus discípulos en una barca, y les dijo:

-Vamos a la otra parte del lago.

Así es que se pusieron a remar y mientras iban bogando, Jesús se quedó dormido. Al poco tiempo se desencadenó en el lago una tempestad de viento tan fuerte que corrían peligro de irse a pique. Entonces se volvieron a Jesús y se pusieron a decirle:

-¡Maestro, Maestro, que nos hundimos!

Jesús se despertó, y reprendió al viento y a las olas encrespadas, que se calmaron en seguida, produciéndose una maravillosa bonanza.

-¿Qué ha sido de vuestra fe? -dijo Jesús a sus atemorizados discípulos. Pero ellos no salían de su asombro, y se decían:

-¿Qué clase de hombre es éste, que le da órdenes hasta al viento y a la mar, y le obedecen?

Lucas nos cuenta esta escena con una extraordinaria economía de palabras, pero con gran efectividad. No cabe duda de que Jesús decidió cruzar el lago porque tenía mucha necesidad de descanso y de tranquilidad. Mientras navegaban, se quedó dormido.

Es encantador pensar en el Jesús durmiente. Estaba cansado, como a veces lo estamos todos nosotros. También Él podía llegar al punto de agotamiento en que es imperiosa la necesidad de dormir. Confiaba en sus hombres; eran pescadores del lago, y Jesús dejó de buena gana todo lo relativo a la travesía, a la experiencia y habilidad de sus discípulos, y se echó, a dormir. Confiaba en Dios; sabía que estaba en sus manos en el lago lo mismo que en tierra firme.

Entonces se desencadenó la tempestad. El Mar de Galilea es famoso por sus turbiones repentinos. Un viajero nos cuenta: «Apenas se había puesto el sol cuando el viento empezó a abalanzarse contra al lago, y siguió toda la noche con creciente violencia de tal manera que, cuando llegamos a la otra orilla la mañana siguiente, el lago parecía un inmenso caldero hirviendo.» La razón es la siguiente: el Mar de Galilea está a más de 200 metros por debajo del nivel del mar, y está rodeado de mesetas cercadas de grandes montañas. Los torrentes han ahondado sus lechos por la llanura hasta el mar, y estos torrentes actúan como embudos que canalizan los vientos fríos de las montañas. Y así surgen las tempestades. El mismo viajero nos cuenta cómo intentaron montar las tiendas en un vendaval semejante: «Teníamos que poner dos clavos a todas las cuerdas de la tienda, y a menudo teníamos que colgarnos con todo nuestro peso para que toda la tienda no saliera volando por la fuerza del viento.»

Fue una de esas tormentas repentinas la que atacó a la barquilla aquel día, y las vidas de Jesús y sus discípulos estuvieron en peligro. Los discípulos le despertaron, y Él calmó la tempestad con una palabra. Todo lo que hacía Jesús tenía un sentido más que temporal. Y el verdadero significado de este incidente es que donde está Jesús, la tempestad se convierte en calma.

(i) Cuando viene Jesús, calma las tormentas de la tentación. A veces nos asaltan las tentaciones con una fuerza casi arrolladora. Stevenson dijo una vez: «¿Conocéis la estación Caledonia de Edimburgo? Una inhóspita y fría mañana yo me encontré allí con Satanás.» A todos nos sorprenden encuentros semejantes. Si nos enfrentamos con la tempestad de la tentación a solas, pereceremos; pero Cristo trae la calma, y las tentaciones pierden la fuerza.

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