Lucas 8: De Camino

(d) El buen terreno representa al corazón bueno. El buen entendedor se caracteriza por tres cosas: la primera es que escucha con atención; la segunda, que guarda lo que oye en su mente y corazón, y lo medita hasta encontrar su sentido para su propia vida; la tercera, que lo lleva a la acción, que traduce lo que ha oído en obras.

(ii) Se sugiere que la parábola es en realidad una advertencia contra la desesperación. Consideremos la situación: a Jesús le han expulsado de las sinagogas; los escribas y los fariseos y los líderes religiosos estaban en contra suya, y era inevitable que los discípulos se desanimaran. A ellos dirige Jesús la parábola, y es como si les dijera: «Todos los campesinos saben que una parte de su semilla se perderá; no toda crecerá y dará fruto. Pero eso no los desanima hasta hacer que dejen de sembrar, porque saben que, a pesar de todo, la cosecha es segura. Sé que tenemos nuestros reveses y desánimos; sé que tenemos enemigos y adversarios; pero, no desesperéis: al final, la cosecha es segura.»

Esta parábola puede ser una advertencia acerca de cómo debemos oír y recibir la Palabra de Dios, y un estímulo para desterrar todo desánimo, en la seguridad de que las dificultades no podrán destruir la cosecha de Dios.

LEYES DE VIDA

Lucas 8:16-18

Jesús dijo también:

No se enciende una vela para esconderla debajo de un cacharro o meterla debajo de la cama, sino para ponerla en el candelero para que vean todos los que entran en la casa. No hay nada oculto que no acabe por descubrirse, ni escondido que no acabe sabiéndose y saliendo a la luz. Tened cuidado de cómo oís; porque al que tiene y retiene se le dará más; pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que se cree que tiene.

Aquí tenemos tres dichos, cada uno con su propia advertencia para la vida.

(i) El versículo 16 hace hincapié en el carácter visible de la vida cristiana. El Evangelio es por naturaleza algo que se ha de ver. Es fácil encontrar razones prudentes para no hacer ostentación de nuestra fe ante los demás. Casi todo el mundo tiene un miedo instintivo a ser diferente; y el mundo siempre acaba persiguiendo a los que no se someten a sus principios.

Cierto escritor nos cuenta lo que le pasaba con las gallinas: en un gallinero, cuando todas las gallinas eran iguales menos una, a ésa le hacían la vida imposible y la picoteaban hasta acabar con ella. Hasta en el reino animal es un crimen ser diferente de los demás.

Pero, aunque nos resulte difícil, se nos impone la obligación de no avergonzarnos de confesar cuyos somos y a quién servimos; y, si lo miramos como es debido, lo consideraremos no un deber sino un privilegio.

Poco antes de la coronación de la Reina Isabel II de Inglaterra, casi todas las casas y las tiendas estaban adornadas con banderitas. Yo iba entonces por un camino vecinal, y me encontré con un campamento gitano. No tenía nada más que una tienda de campaña; pero al lado tenía una bandera inglesa casi tan grande como la misma tienda. Era como si el gitano quisiera decir: «Yo no tengo muchas cosas en este mundo, pero voy a ponerle la bandera a lo que tengo.» El cristiano, aunque sea de posición humilde, nunca debe avergonzarse de su bandera.

(ii) El versículo 17 hace hincapié en la imposibilidad de mantener secretos. Hay tres clases de personas a las que tratamos de ocultarles algo.

(a) Algunas veces tratamos de ocultarnos cosas a nosotros mismos: cerramos los ojos a las consecuencias de ciertas acciones y hábitos, aunque las conocemos de sobra. Es como cerrar los ojos a los síntomas de una enfermedad que sabemos que tenemos. Es una estupidez increíble.

(b) Algunas veces tratamos de ocultarles las cosas a los demás; pero se las agencian para salir a la luz. Una persona con un secreto no puede ser feliz. La persona feliz es la que no tiene nada que ocultar. Se dice que cierto arquitecto se ofreció a hacerle una casa a Platón en la que todas las habitaciones estarían ocultas a la mirada de la gente. «Te daré el doble del dinero -le dijo Platón- si me haces una casa cuyas habitaciones se puedan ver desde todas partes.» ¡Feliz el que vive así!

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