Lucas 8: De Camino

5:2. Y si les preguntásemos nos dirían que todo esto es debido a un acto muy sencillo: se acercaron a Jesús exactamente como se encontraban, le tocaron con fe, y fueron curados.

Grabemos para siempre en nuestros corazones esta gran verdad: que la fe en Cristo es el medio por el cual alcanzamos paz con Dios. Sin ella jamás hallaremos tranquilidad interior, sea lo que fuere, lo que hagamos en punto a religión. Sin ella bien podemos diariamente al servicio divino y tomar parte todas las semanas en la cena del Señor; bien podemos dar nuestros bienes a pobres, y hasta entregarnos para ser quemados; bien podemos ir y llevar cilicios y vivir como ermitaños; bien podemos todo esto, y con todo ser en extremo desgraciados. Allegarse a Cristo con fe, vale más que todas estas cosas reunidas.

Acaso esto no lisonjee el orgullo de la naturaleza humana; pero es cierto. Millares se levantarán el día del juicio y dirán como nunca sintieron tranquilidad hasta que no se acercaron a Cristo con fe, y se resolvieron a no confiar en sus propias obras, y a ser salvos absoluta y enteramente por la gracia de Dios. Se nota, por último, en este pasaje, cuánto desea nuestro Señor que de El han recibido beneficios, lo confiesen ante los hombres. él no permitió a la mujer que se alejase de la multitud en silencio; preguntó quien le había tocado; y tornó a preguntar, hasta que la mujer se adelantó, y expresó, en presencia de todo el pueblo, cuáles eran sus circunstancias. Entonces El profirió estas palabras llenas de benignidad: «Confía, hija, tu fe te ha sanado, ve en paz..

«Confesar a Cristo es cuestión de alta importancia, y que debe se presente por todo fiel cristiano. Lo que nosotros podemos hacer por nuestro divino Maestro es poco y de poco mérito. Los más grandes esfuerzos que hacemos por glorificarle son débiles e imperfectos; nuestras plegarias y alabanzas son lamentablemente decientes; nuestro saber y nuestro amor son en extremo pequeños. Más ¿sentimos interiormente que Cristo ha sanado nuestras almas? ¿No podemos entonces confesar a Cristo delante de los hombres? ¿No podemos contar claramente a otros, todo lo que Cristo ha hecho por nosotros–que estábamos muriéndonos de una enfermedad mortal, y que fuimos curados; que estábamos perdidos, y que hemos sido salvos; que estábamos ciegos, y que ahora vemos? Hagámoslo con valor y no tengamos miedo. No nos ruboricemos que todo el mundo sepa lo que ha hecho Jesús por nuestras almas. Nuestro Maestro quiere que lo confesemos: a él le agrada que su pueblo no se avergüence de su nombre. S. Pablo dijo: «Si confesares con tu boca al Señor Jesús y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de entre los muertos, serás salvo.» Rom_10:9. Y el mismo Jesús pronunció estas palabras solemnes:»El que se avergonzare de mí y de mis palabras, de este tal el Hijo del hombre se avergonzará.» Luk_9:26.

Lucas 8:49-56

Estos versículos contienen la relación de uno de los tres casos en que los evangelistas refieren que nuestro Señor restituyó la vida a un muerto. Los otros dos milagros de esta naturaleza son la resurrección de Lázaro y la del dijo de la viuda de Naín. Parece que no hay razón para dudar que nuestro Señor resucitara a otros además de estos tres. Pero estos tres casos bastan para demostrar su infinito poder. Uno fue el de una niña que había acabado de morir; otro el de un joven que llevaban a enterrar; y el tercero el de hombre que hacia ya cuatro días que estaba en el sepulcro. Todos tres volvieron a la vida repentinamente al mandato de Cristo. Observemos en estos versículos cuan universal es el dominio que la muerte tiene sobre los hijos de los hombres. Viene a casa de un rico y arrebátale de un solo golpe el encanto de sus ojos. «Vino de la casa del príncipe de la sinagoga a decirle: Tu hija es muerta. Noticias como estas son parte de los amargos dolores que tenemos que padecer en este mundo. Nada hiere tan intensamente el corazón del hombre como perder a las personas amadas, y tenerlos que enterrar. Pocos pesares son tan grandes y penosos como el que siente un padre por la pérdida de un hijo único. ¡La muerte es en verdad un enemigo cruel! No hace distinción en sus ataques: se presenta en el alcázar del rico lo mismo que la cabaña del pobre. No es más clemente con el joven, el robusto, o el hermoso, que con el viejo, el débil, o el feo. Ni todo el oro Australia, ni toda la habilidad de los doctores, pueden desviar nuestros cuerpos el golpe de la muerte. Cuando llega la hora señalada, y Dios le permite herir, tenemos que abandonar todos nuestros proyectos y cerrar los ojos ante todos los objetos queridos.

Estos pensamientos son melancólicos, y a pocos agrada que se les mencionen. La muerte es un asunto que los hombres rehúsan considerar. «Todos los hombres creen que los demás son mortales excepto ellos mismos.» Pero ¿por qué nos conducimos de esta manera cuando se trata de una verdad tan importante? ¿Por qué no pensamos en la muerte con preferencia a cualquiera otro asunto, para que cuando llegue nuestro turno, estemos preparados para morir? La muerte se presentará en nuestras moradas, queramos o no. La muerte nos llevará a despecho del disgusto que manifestemos al oír hablar de ella.

Compártelo con tus redes

Share on facebook
Share on google
Share on twitter
Share on linkedin
Share on pinterest
Share on whatsapp
Share on email
Share on print

Tu Opinión es muy importante para nosotros

Deja un comentario

También Podría interesarte

La apariencia no lo es todo

La apariencia no lo es todo

John Blanchard se levantó de la banca, alisó su uniforme de marino y estudió a la muchedumbre que hormigueaba en la Grand Central Station. Buscaba

Leer Más >>