Lucas 8: De Camino

En este pequeño incidente hay una lección que encierra profunda sabiduría, y que harían bien todos los cristianos verdaderos en depositar en el corazón. Esta lección se refiere a nuestra ignorancia en cuanto a la carrera que más nos convenga seguir en este mundo, y la necesidad de someter nuestros deseos a la voluntad de Cristo. La posición que deseamos ocupar no es siempre la que más nos conviene; el partido que deseamos tomar no es siempre el que Cristo cree que es mejor para nuestras almas. El oficio que nos vemos obligados a desempeñar es muchas veces muy fastidioso, y sin embargo puede ser necesario para nuestra santificación. La posición que estamos compelidos a ocupar puede ser muy desagradable a nuestra constitución física, y no obstante puede ser la realmente necesaria para mantenernos en nuestro puesto como cristianos. Es mejor ser despedido de la presencia de Cristo, por el mismo Cristo, que permanecer en su presencia sin Su consentimiento.

Supliquemos se nos conceda resignación y «contento con las cosas que poseamos.» Guardémonos de escoger por nosotros mismos en esta vida sin el consentimiento de Cristo, o de movernos, cuando la columna de nube y fuego no se está moviendo delante de nosotros. Que nuestra oración diaria sea: «Dame lo que tú quieras. Colócame donde tú quieras. Permíteme solamente ser tu discípulo y permanecer en Ti..

Lucas 8:41-48

¡Cuánta miseria y aflicción ha traído el pecado al mundo! El pasaje que hemos acabado de leer nos suministra de esto una prueba melancólica. Vemos primero a un angustiado padre en ansiedad penosa por una hija moribunda. Vemos después a una mujer padeciendo una enfermedad incurable que la había afligido por espacio de doce años; ¡y estos son males que el pecado ha sembrado con mano pródiga sobre toda la tierra! Estos dos casos no son sino muestras de lo que está pasando continuamente en todas partes. Mas Dios no creó al principio tales males: el hombre los trajo sobre sí con la caída. No habrían existido aflicciones ni enfermedades entre los hijos de Adán, si no hubiera habido pecado.

La mujer aquí descrita ofrece un tipo admirable de la condición de muchas almas. Se nos dice, que había estado afligida de una penosa enfermedad por el espacio de doce años, y que había gastado en médicos todo lo que tenía sin que ninguno hubiese podido sanarla. He aquí, como en un espejo, el estado de muchos pecadores, y tal vez de nosotros mismos.

En la mayor parte de las congregaciones hay hombres que han sentido intensamente sus pecados, y que se han afligido en sumo grado creyendo que no han sido perdonados, y que no han estado preparados para morir. Han anhelado consuelo y tranquilidad de conciencia, pero no han sabido en donde hallarlos.

Han experimentado muchos remedios espurios, y en vez de hallar alivio se han empeorado. Han vagado de secta en secta, y de religión en religión, y se han hastiado con todos los sistemas imaginables con que el hombre ha pretendido obtener salud espiritual; más todo ha sido en vano: la paz de conciencia parece estar para ellos tan distante como siempre. La herida interior les parece tan perniciosa y de carácter tal que nada puede curarla. Aún los persiguen la desdicha y el infortunio, aún se sienten descontentos con su situación. En suma, como la mujer de quien tratamos, dicen llenos de dolor «No hay esperanza para mí: nunca me salvaré..

Todos los que se encuentran en ese estado pueden hallar con suelo en el milagro de que venimos hablando, sabiendo que «hay bálsamo en Galaad» que puede curarlos, y que todavía no han buscado; que hay una puerta a la que nunca han tocado desde que han estado haciendo esfuerzos por obtener alivio; que hay un Médico a quien nunca han ocurrido y que jamás deja de curar. Obsérvese qué hizo aquella mujer en su dolor: cuando todos los otros medios habían resultado ser inútiles, acudió a Jesús en busca de remedio. «Id y haced lo mismo..

Obsérvese, en segundo lugar, que la conducta de la mujer presenta un ejemplo notable de la manera con que obra al principio la fe, y de los efectos que esta produce. Se nos dice que ella se acercó a nuestro Señor por detrás, y le tocó el borde del vestido, y al punto se estancó el flujo de sangre. La acción parece muy sencilla, y del todo insuficiente para producir resultado de trascendencia alguna. Sin embargo, el efecto fue maravilloso En un instante la pobre paciente quedó curada; en un instante obtuvo el alivio que tan ton médicos no habían podido darle en doce años. ¡Con tocar solamente una vez, quedó sana! Difícil es imaginar una descripción más vívida de lo que experimentan muchas almas, que la narración de la curación de esta mujer. Hay centenares que pueden decir que, como ella, solicitaron alivio, por largo tiempo, de manos de médicos inhábiles, y se cansaron al fin de usar remedios que no producían cura ninguna. Como ella, oyeron hablar al fin de un Ser, que sana las conciencias afligidas, y perdona a los pecadores, «sin dinero y sin precio,» si vienen a él con fe. Tales condiciones les parecieron demasiado buenas para ser creídas; tales noticias demasiado favorables para ser verdaderas. Pero, a semejanza de la mujer ya citada, se resolvieron a hacer la prueba: se acercaron a Cristo con fe, cargados de todos sus pecados, y para sorpresa suya, al instante hallaron consuelo. Y ahora sienten más consuelo y más esperanza que en ningún otro periodo de su vida. La carga parece haber desaparecido de sus hombros; el dolor parece haber huido de sus almas; la luz empieza a penetrar en su corazón; y ellos comienzan a «gloriarse en la esperanza de la gloria de Dios.» Rom.

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