Lucas 8: De Camino

Lucas 8:26-36

Estos incidentes que son bien conocidos han sido cuidadosamente referidos por los tres primeros evangelistas. Presentan una prueba evidente del dominio completo de nuestro Señor sobre el príncipe de este mundo. El gran enemigo de nuestras almas vencido completamente–el «fuerte « fue batido por uno más fuerte que él, y el león fue despojado de su presa.

Observemos, primeramente, en este pasaje, cuan miserable es situación de aquellos sobre quienes reina el demonio. El cuadro puesto ante nuestra vista es horroroso. Se nos dice que cuando nuestro Señor llegó al país de los gadarenos «le salió al encuentro de la ciudad un hombre que tenia demonios ya de mucho tiempo, y no llevaba vestido ni moraba en casa, sino en los sepulcros.» También se nos dice que aunque se le tenia atado con cadenas y grillos, rompía las prisiones e iba impelido del demonio por los despoblados. En resumen, tal caso parece haber sido uno de las más graves formas de posesión demoníaca. El infeliz paciente estaba bajo el dominio completo de Satanás, tanto en cuerpo como en alma. Mientras que continuaba en este estado debió haber servido de estorbo y molestia a todos los que estaban a su derredor. Sus facultades mentales estaban bajo el dominio de una «legión de demonios. Solo podía emplear su fuerza corporal en su propio daño. Difícil es concebir a un mortal en estado más lastimoso.

¡Casos como este son raros, a lo menos, en tiempos modernos! Empero no debemos, por este motivo, olvidar que el demonio está ejerciendo constantemente un poder inmenso sobre muchos corazones y muchas almas. El excita sin cesar a muchos a que se entreguen a prácticas deshonrosas y ruinosas; y gobierna todavía a muchos con cetro de hierro. Lanza a los hombres de vicio en vicio y de maldad en maldad; alejados de la buena sociedad, y del influjo de amigos respetables; sumérgelos en los mas profundos abismos de perversidad; tórnalos en suicidas; y los hace tan inútiles a sus familias, a la iglesia, y al mundo, como si estuviesen muertos, y no vivos. ¿Dónde está el ministro fiel que no podría señalar con el dedo muchos casos semejantes? ¿Á que otra causa puede atribuirse el modo de vivir de muchos jóvenes de ambos sexos?, sino a la de que están poseídos de demonios. Es inútil cerrar los ojos a los hechos. La posesión demoníaca del cuerpo puede ser comparativamente rara; pero muchos, desgraciadamente, son los casos en qua el demonio parece poseer completamente las almas de los hombres.

¡Causa espanto pensar sobre estas cosas! ¡Horroroso es ver a que estado de ruina de cuerpo y alma Satanás lanza con frecuencia a los jóvenes! ¡Horroroso es observar cuan a menudo los aparta de todo buen influjo, y los sumerge en el cieno de las malas compañías, y de pecados asquerosos! ¡Horroroso, sobre todo, es reflexionar que dentro de poco tiempo los esclavos de Satanás se perderán para siempre, y en el infierno! En tal caso queda una sola cosa para hacer por ellos: se puede orar a Cristo por ellos. Aquel que vino al país de los gadarenos, y allí sanó al mísero endemoniado, vive aún en el cielo, y se apiada de los pecadores. Aún el peor esclavo de Satanás no está irremediablemente perdido. Jesús puede aún compadecerse de él, y libertarlo.

Observemos, en segundo lugar, en estos versículos, cuan absoluto es el poder que nuestro Señor Jesucristo ejerce sobre Satanás. Se nos dice que «mandó al espíritu inmundo que saliese del hombre,» cuya miserable condición acabamos de ver descrita. Al instante el desgraciado paciente fue sanado. Los «muchos demonios» de quienes había estado poseído fueron obligados a dejarlo. Ni es esto todo. Echados fuera del corazón del hombre, estos espíritus malignos suplicaron a nuestro Señor que «no los mandase ir al abismo,» y por tanto confesaron la supremacía de Jesús sobre ellos. Aunque eran poderosos, conocieron claramente que estaban en la presencia de un Ser mas poderoso que ellos. Llenos de malignidad como estaban, ni aun a la piara de cerdos de los gadarenos podían hacer mal hasta que nuestro Señor no les concediera permiso.

El dominio que tiene nuestro Señor Jesucristo sobre el demonio debe ser para todos los verdaderos cristianos un pensamiento consolador. Sin él, a la verdad, podrían con razón desespera de conseguir la salvación. El conocimiento de que tenemos siempre junto a nosotros un enemigo espiritual e invisible, trabajando noche y día por lograr nuestra perdición, seria suficiente para quitarnos toda esperanza, si no supiéramos también que tenemos un Protector.

¡Bendito sea Dios, porque el Evangelio nos lo revela! El Señor es más fuerte que «el fuerte enemigo,» que está siempre en guerra contra nuestras almas.

Jesús puede librarnos del demonio. Muchas veces hizo patente el poder que tiene sobre él, cuando estuvo en la tierra; y sobre la cruz triunfó gloriosamente de él. Nunca lo dejará que arrebate de sus manos ninguna de sus ovejas. Algún día lo quebrantará debajo de nuestros pies, y lo atará con una gran cadena en la prisión del infierno. Rom_16:20; Rev_20:1, Rev_20:4 ¡Felices los que oyen la voz de Cristo y lo siguen! ¡Satanás puede tentarlos, pero no perder sus almas! Ellos serán «más que victoriosos» por medio de Aquel que los amó. Rom_8:37.

Notemos, finalmente, el cambio maravilloso que Cristo puede resultar en los esclavos de Satanás. Se nos dice que los gadarenos hallaron al hombre de quien habían salido los demonios, vestido, y en su sano juicio, sentado a los pies de Jesús. ¡Este espectáculo debió de haber sido verdaderamente extraño y asombroso! La vida y condición anteriores del hombre eran, sin duda, bien conocidas. Había sido probablemente estorbo y espanto de todo el vecindario.

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