Lucas 8: De Camino

Vemos, en segundo lugar, en estos versículos, qué de temores y ansiedades turban a veces el corazón de los verdaderos discípulos de Cristo. Se nos dice que cuando descargó una tempestad de viento sobre el lago, y la barca en que nuestro Señor iba se estaba llenando de agua, y se hallaba en peligro, Sus compañeros se alarmaron mucho, y se acercaron a él y lo despertaron diciendo: «Maestro, maestro, que perecemos « Olvidaron, por un instante, el cuidado no interrumpido que su Maestro había tenido de ellos en tiempos pasados. Se olvidaron que a su lado estaban exentos de todo peligro, cualquiera que fuese el accidente que sobreviniese, todo lo olvidaron, excepto la vista y la convicción del peligro presente, y bajo esa impresión ni aun pudieron aguardar a que Cristo despertase. Que cierto es que la vista, las sensaciones y los sentimientos forman muy pobres teólogos.

Hechos como estos abaten el orgullo de la naturaleza humana, nuestra presunción y nuestros pensamientos altivos se desvanecen al ver que criatura tan vil es el hombre, aun en sus mejores circunstancias. Pero hechos tales son, por otra parte, sumamente instructivos: nos enseñan sobre qué cosas debemos velar y contra tales debemos implorar el auxilio divino; nos enseñan cual débenos esperar que sea la conducta de otros cristianos. En nuestras esperanzas debemos ser moderados. No debemos suponer que algunos hombres no sean creyentes, porque algunas veces manifiestan grande fragilidad, porque se encuentren algunas veces abrumados temores. Aun Pedro, Santiago y Juan exclamaron, «Maestro, nuestro, que perecemos..

Se nos da a conocer, en tercer lugar, en estos versículos, cuan grande es el poder de nuestro Señor Jesucristo. Se nos dice que cuando Sus discípulos lo llamaron durante la tempestad, «despertando él riñó al viento y a la tempestad de agua, y cesaron; y fue grande bonanza.» Este fue, sin duda, un milagro prodigioso. Se necesitaba el poder de Aquel que hizo descender el diluvio sobre la tierra en los días de Noé, y, a su tiempo lo hizo desaparecer, dividió en dos el mar Rojo y el río Jordán, y abrió camino a Su pueblo por entre las aguas; y que hizo venir las langostas sobre Egipto con un viento del Este, y con un viento del Oste las arrebató. Exo_10:13, Exo_10:19. Ningún poder menor que este hubiera podido convertir en un momento una tempestad en bonanza. «Hablar a los vientos y a las olas « es un proverbio común para denotar que lo que se intenta es imposible. Pero en este pasaje vemos que Jesús habla, y los vientos y las olas obedecen instantáneamente. Como hombre había dormido; como Dios apaciguó la tempestad.

Es un pensamiento glorioso y consolador que nuestro Señor Jesucristo hace uso de su poder infinito en favor de los creyentes. Vino al mundo a salvarlos a todos, y «poderoso es para salvar.» Las tribulaciones de Su pueblo son frecuentemente muchas y muy penosas: el demonio jamás cesa de hacerles la guerra; los gobernantes de este mundo los persiguen con frecuencia; los jefes mismos de la iglesia, que deberían ser pastores afectuosos, se oponen a menudo y obstinadamente contra la verdad que se encuentra en Jesús. Pero, no obstante todo esto, el pueblo de Cristo jamás que dará completamente abandonado.

Aunque cruelmente hostilizado, no será anonadado; aunque abatido, no será vencido. Aun en las horas más sombrías los verdaderos Cristianos pueden tranquilizarse con la reflexión de que «es mayor Aquel que está por ellos que todos los que están contra ellos. El oleaje y los huracanes de la política y de la iglesia pueden acaso estrellarse furiosamente contra ellos, y toda esperanza puede parecer perdida; más ¿por qué desesperar? Aquel divino Protector que mora en los cielos puede hacer que estos vientos y estos oleajes cesen en un instante. La iglesia verdadera, de la cual Cristo es la cabeza, jamás perecerá. El glorioso Jesús es omnipotente, y vive eternamente, y todos los miembros fieles de la iglesia vivirán también y llegarán finalmente salvos a la patria celestial.

Vemos, por ultimo, en estos versículos cuan necesario es que los cristianos mantengan viva su fe para servirse de ella en todo caso. Nuestro Señor dijo a sus discípulos cuando la tempestad había cesado, y sus terrores se habían disipado: «¿Dónde está vuestra fe?» ¡No sin razón hizo esta pregunta! ¿De qué les servia tener fe si no podían creer en el tiempo de la necesidad? ¿Qué mérito positivo tendría su fe, a no ser que la mantuvieran en activo ejercicio? ¿Qué ventaja habría en confiar, si solo confiaban en su Maestro durante la calma, pero no en la borrasca? La lección de que nos ocupamos es de grande y práctica importancia: poseer la fe verdadera es una cosa; mantener viva y activa esa fe para todo caso de necesidad, es otra. Muchos aceptan a Cristo como su Salvador, y le confían sus almas en vida y en muerte; sin embargo, muchas veces les falta la fe cuando acaece algún suceso inesperado u ocurre repentinamente alguna tentación. Esto no debiera ser así. Nuestra oración ferviente debe ser que siempre nuestra fe permanezca a nuestro alcance y que nunca nos encontremos desprevenidos. El cristiano más leal es el que vive «cómo si viese al invisible.» Heb_11:27. Ese cristiano no se arredra ante la tempestad; pues ve a Jesús cerca de él en la hora más tenebrosa, y percibe el azul del cielo tras las nubes más negras

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