Lucas 8: De Camino

¿Desea alguno saber cómo debe oírse? Tenga presente tres reglas sencillas. En primer lugar debe oírse con fe, creyendo implícitamente que cada palabra de Dios es verdadera, y que «no pasará.» La palabra aprovechó de poco a los judíos, «por no estar mezclada con fe en aquellos que la oyeron.» Heb_4:2.

También debemos oír con reverencia, teniendo presente constantemente que Biblia es el libro de Dios. Esto fue lo que hicieron los Tesalonicenses; recibieron el mensaje de Pablo, «no como palabra de hombres, sino como la palabra de Dios.» 1Th_2:13. Sobre todo, debemos oír con devoción, orando humildemente por la bendición de Dios antes y después de que se predique el sermón. La falta de la mayor parte de los oyentes consiste en que no piden bendición alguna, y por lo tanto no obtienen ninguna. El sermón pasa por su mente a la manera que el agua pasa por un cedazo, sin dejar nada adentro.

Traigamos a la memoria estas reglas todos los Domingos por la mañana, antes de que vayamos a oír predicar la palabra de Dios. No corramos a la presencia de Dios, descuidada y atolondradamente, como si no nos importara lo que hiciéramos. Entremos en la iglesia con fe, reverencia y devoción. Solo así podremos oír con provecho, y volver a nuestro hogar con agradecimiento.

Aprendemos, finalmente, en estos versículos, cuáles son las prerrogativas de los oyen la palabra de Dios, y la cumplen. Nuestro Señor Jesucristo dice que considera a estos como si fueran su madre y sus hermanos.

El que oye la palabra de Dios, y la cumple es el verdadero cristiano. Ese oye el llamamiento de Dios al arrepentimiento y a la conversión y lo obedece; cesa de obrar mal, y aprende a obrar bien se despoja del hombre viejo, y se reviste del hombre nuevo; oye la exhortación de Dios para creer en Jesucristo a fin de obtener justificación, y lo obedece, abandona su propia rectitud, y confiesa tener necesidad de un Salvador; recibe a Cristo crucificado como su única esperanza, y da por perdidas todas las cosas por conocerlo a él; oye que se le manda ser bueno, y obedece; se esfuerza en vivir, no según la carne, más según el espíritu; y empelase, en fin, en echar a un lado todo peso, y el pecado que tan estrechamente lo persigue. He aquí en lo que consiste el verdadero Cristianismo. Todos los hombres que obran así son verdaderos cristianos.

Pero los sufrimientos de todos los que «oyen la palabra de Dios y la cumplen « no son pocos ni pequeños. El mundo, la carne y el demonio los hacen padecer constantemente; y ellos gimen con frecuencia, estando sobrecargados. 2 Cor. 5.4. Muchas veces la cruz les parece pesada y el camino del cielo escabroso y estrecho; y se sienten dispuestos a exclamar como S. Pablo cuando dijo: « ¡Miserable de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?» Rom_7:24. Los que así piensen y los que así exclamen deben hallar consuelo en las palabras de nuestro Señor Jesucristo que hemos estado considerando. Que recuerden que el mismo Hijo de Dios los mira como a parientes cercanos. Que no hagan caso de la burla, del escarnio y de la persecución de este mundo. La mujer de quien Cristo dice: « Esa es mi madre,» y el hombre de quien dice: « Ese es mi hermano « no tienen nada que temer.

Lucas 8:22-25

El acontecimiento descrito en estos versículos ha sido referido tres veces en los Evangelios. Mateo, Marcos y Lucas fueron inspirados para narrarlo. Esta circunstancia debe indicarnos su importancia, y debe hacernos fijar más la atención en las lecciones que contiene.

Aprendemos, primeramente, en estos versículos, que nuestro Señor Jesucristo era tan realmente hombre como Dios. Refiéresenos que navegando en el lago de Genesaret en una barca con sus discípulos, «se durmió.» El sueño, como es bien sabido, es uno de los fenómenos de nuestra constitución física corno seres humanos. Los ángeles y los espíritus no necesitan alimento ni descanso. Pero los seres humanos, para conservar la existencia, tienen que comer, beber, y dormir. Si Jesús se cansaba y necesitaba de reposo, debió haber unido dos naturalezas en una sola persona–una humana lo mismo que una divina.

Esta verdad es una fuente de consuelo y animación para todos los verdaderos cristianos. El Mediador, en quien se nos manda confiar, participó de la naturaleza humana. El Sumo Sacerdote, que mora a la diestra del Padre, tuvo experiencia propia de todos los sufrimientos corporales, excepto los que causa el pecado. El tuvo hambre y sed, y padeció dolores; El sufrió cansancio, y buscó descanso en el sueño. Abramos con franqueza nuestros corazones en su presencia, y contémosle aun nuestros más pequeños pesares, sin reserva. Aquel que hizo expiación por nosotros en la cruz es quien «puede compadecerse de nuestras flaquezas.» Heb_4:15. Aburrirse de trabajar por Dios es pecaminoso, pero sentir cansancio y decaimiento no es pecado. Jesús mismo estuvo cansado, y reposó.

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