Lucas 8: De Camino

El mundo es uno de los peligros más grandes que rodean el camino del cristiano. El dinero, los placeres, los negocios diarios, son a menudo otras tantas tentaciones. Millares de cosas, que en si mismas son inocentes, llevadas al exceso se convierten en veneno alma y apresuran la caída del hombre. El pecado cometido con descaro no es lo único que arruina el alma. En medio de nuestras familias, y en el desempeño de nuestras ocupaciones lícitas, demos que estar alerta. Si no velamos y oramos, el mundo puede privarnos cielo, y hacernos olvidar todos los sermones que oigamos. Tal vez vivamos y muramos sin que nuestro corazón pase de ser terreno espinoso.

La última admonición que se nos hace en la parábola del sembrador, es que nos guardemos de estar contentos con religión alguna que no produce fruto en nuestra vida. Nuestro Señor nos dice que los corazones de los que oyen bien la palabra, son como la buena tierra. La simiente del Evangelio penetra profundamente en ellos y produce resultados prácticos de fe, y de buena conducta. Tales personas obran con decisión: se arrepienten, creen, y obedecen. ¡No olvidemos por un solo momento que esta es la única religión que salva las almas! Más la mera profesión del Cristianismo, y un cumplimiento puramente externo con los sacramentos y demás ritos de la iglesia, nunca dan al hombre completa esperanza durante la vida, o paz en la hora de la muerte, o descanso en el mundo que queda más allá del sepulcro. Si en nuestro corazón y en nuestra conducta no manifestamos los frutos del Espíritu, el Evangelio nos ha sido predicado en vano. Tan solo aquellos que producen esos frutos se hallarán a la mano derecha de Cristo el día de su venida.

No terminemos esta parábola sin apercibirnos plenamente del peligro y de la responsabilidad a que están sujetos todos los oyentes del Evangelio. Podemos oír de cuatro maneras, y de estas cuatro solamente una es buena. Hay tres clases de oyentes cuyas almas están en peligro inminente. ¡Cuantos de estas tres clases se encuentran en cada congregación! Hay una sola clase de oyentes que son buenos a los ojos de Dios. ¿Pertenecemos a esa clase? Finalmente, concluyamos estas ideas sobre la parábola con el recuerdo solemne del deber que todo fiel predicador tiene de clasificar su congregación, y de dirigirse a cada clase según sus necesidades. El clérigo que sube al pulpito todos los domingos y habla a su congregación como si todos hubieran de irse al cielo, no está ciertamente cumpliendo con su deber para con Dios ni para con el hombre. Su predicación está en contradicción abierta con la parábola del sembrador.

Lucas 8:16-21

Estos versículos no son otra cosa que una aplicación práctica de la celebre parábola del sembrador. Su objeto es grabar bien en nuestra mente la lección importante que contiene esa parábola Merecen, por lo tanto, la atención especial de todos los oyentes sinceros del Evangelio de Cristo.

Aprendemos primeramente en estos versículos que debemos hacer uso activo de los conocimientos que poseamos en cosas espirituales. Nuestro Señor nos dice que esos son semejantes a una lámpara encendida, que es totalmente inútil, cuando está cubierta con una vasija, o puesta debajo de la cama, y que solo es útil cuando se la pone sobre el candelero, y se la coloca donde puede servir al hombre.

Cuando leamos estas palabras pensemos primero en nuestra propia conducta. El Evangelio que poseemos no nos ha sido dado solamente para que lo admiremos, para que hablemos acerca de él, y profesemos creerlo, sino también para que lo practiquemos. El Cristianismo es un «talento» confiado a nuestro cuidado, y que acarrea gran responsabilidad. Nosotros no estamos en tinieblas como los paganos. Una luz gloriosa ha sido colocada a nuestra vista.

Cuidemos de no cerrar los ojos ante sus rayos. Marchemos mientras tenemos la luz. Joh_12:35.

Pero no pensemos solamente en nosotros. Pensemos también en los demás. Existen en el mundo millones que carecen absolutamente de luz espiritual. Viven sin Dios, sin Cristo, y sin esperanza. Efes. 2:12. No podemos hacer nada por ellos Hay millares a nuestro derredor, en nuestro propio país, que no se han convertido, que están muertos en el pecado, sin ver ni saber nada de bueno. ¿No podemos hacer nada por ellos? Preguntas son estas a las que todo verdadero cristiano debe dar respuesta satisfactoria. Debemos esforzarnos en extender nuestra religión por todas partes. No hay peor egoísmo que el del hombre que se contenta con ir solo al cielo. La caridad mejor entendida consisto en hacer lo posible por que otros participen de los rayos todos de la luz religiosa que poseamos, y en mantener nuestra lámpara de tal modo que alumbre a todos los que están a nuestro derredor. ¡Feliz aquel que, tan luego como reciba luz del cielo, empieza a pensar en otros, tanto como en sí mismo! Dios no enciende ninguna lámpara para que arda solitaria.

Aprendemos, en segundo lugar, en estos versículos, lo importante que es oír bien. Las palabras de nuestro Señor Jesucristo deben de grabar profundamente esta lección en nuestros corazones. El dijo: «Mirad pues como oís..

El provecho que los hombres reciben de todos los medios de gracia depende enteramente del modo como estos son empleados. La oración privada se halla en el cimiento mismo de la religión; pero la mera repetición rutinaria de un número determinado de palabras, cuando «el corazón está muy distante,» no hace bien a ninguna alma. La lectura de la Biblia es esencial para obtener un correcto conocimiento del Cristianismo; sin embargo, el mero hábito de leer tantos capítulos como una tarea obligatoria, sin el deseo humilde de ser instruidos por Dios, no es otra cosa que pérdida de tiempo. Y lo que sucede respecto de la oración y de la lectura de la Biblia, puede aplicarse al acto de oír. No basta que vayamos a la iglesia y oigamos sermones. Podemos hacerlo por espacio de cincuenta años y no ser mejores sino más bien peores que antes: «Mirad, como oís,» dijo nuestro Señor.

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