Lucas 8: De Camino

Lucas 8:4-15

La parábola del sembrador, contenida en estos versículos, se cita con más frecuencia que ninguna otra de la Biblia. Es una parábola de aplicación universal.

Lo que refiere está pasando constantemente en cada congregación en que se predica el Evangelio. Las cuatro clases de personas que describe se encuentran en toda reunión que oye la divina palabra. Estas circunstancias deben hacer que leamos siempre la parábola con un reconocimiento profundo de su importancia. Al leerla debemos decirnos: «Esto me concierne; mi corazón está en esta parábola; yo, también, estoy incluido en ella..

El pasaje por sí mismo requiere poca explicación. En realidad la significación de toda la parábola ha sido tan completamente expresada por nuestro Señor Jesucristo que ninguna explicación ajena puede hacerla mucho más clara. Es una parábola que tiene por objeto recomendar la cautela, y eso en el más importante asunto: en el modo de oír la palabra de Dios. Previno a los apóstoles para que no esperasen demasiado de los oyentes; así mismo advierte a los ministros del Evangelio que no esperen que sus sermones produzcan mayores resultados de los que deben producir; y por último, va dirigida también a los oyentes para que cuiden de como oyen la palabra. La predicación es un medio de instrucción cuyo valor para la iglesia cristiana no puede jamás exagerarse.

Pero nunca debe tampoco olvidarse, si los ministros del culto en su calidad de tales deben predicar bien, que los oyentes tienen que poner mucho de su parte para que la predicación no sea sin fruto. La primera admonición que se nos hace en la parábola es la de guardarnos del demonio cuando oigamos la palabra.

Nuestro Señor nos dice que los corazones de algunos oyentes están como «junto al camino.» La simiente del Evangelio es arrebatada por el demonio casi tan pronto como cae en ellos. No penetra profundamente en su conciencia: no hace la más mínima impresión en su mente. El demonio, sin duda, está en todas partes. Este espíritu maligno es incansable en sus esfuerzos por hacernos daño. Está siempre acechándonos, y buscando ocasión de perder nuestras almas, en ninguna parte es quizás esté tan activo el demonio como en la congregación de los oyentes del Evangelio. En ninguna parte trabaja con tanto ahínco por detener el progreso de lo que es bueno, e impedir que se salven hombres y mujeres. De él provienen las ideas vagarosas y los pensamientos ociosos–él es muchas veces la causa de la indiferencia y la estupidez; él nos envía el cansancio, el aburrimiento, la falta de atención, y la agitación de nervios. La gente extraña de donde proviene todo esto, y se maravillan cómo es que hallan los sermones tan pesados, y los olvidan tan pronto Es que no tienen presente la parábola del sembrador, y lo que ella nos dice respecto del diablo.

Guardémonos de ser como las semillas que cayeron junto al camino. Guardémonos del demonio. Siempre se halla presente en la iglesia. Nunca está ausente del culto público. Acordémonos de esto, y estemos alerta. El calor o el frió, el viento o la niebla, la lluvia o la nieve, atemorizan frecuentemente a los que van a la iglesia, les sirven de excusa para no ir. Pero hay un enemigo a quien deben temer más que a todas estas cosas juntas. Ese enemigo es Satanás.

La segunda admonición que se nos hace en la parábola del sembrador es la de cuidar que la impresión que recibamos al oír la, palabra no sea meramente efímera. Nuestro Señor nos dice que los corazones de muchos oyentes son semejantes al terreno pedregoso. La simiente de la palabra brota inmediatamente, tan pronto como la oyen, y produce una cosecha de gozo, y de emociones agradables. Pero este gozo y estas emociones no pasan de la superficie. Nada profundo y estable se verifica en sus almas, y por esto, tan pronto como el ardor quemante de la persecución o de la tentación empieza a dejarse sentir, la pequeña semilla de religión, que parecía habían obtenido, se seca y desaparece.

Las emociones, los afectos, tienen, sin duda, gran parte en nuestra religión como individuos. Sin ellos no puede haber religión que salve. La esperanza, el gozo, la paz, la confianza, la resignación, el amor y el temor, son sensaciones que debemos sentir, si existen en realidad. Pero nunca debe olvidarse que hay emociones religiosas que son falsas, y que no proceden de otra cosa que del acaloramiento. Es muy posible sentir gran placer o profunda alarma al oír la predicación del Evangelio, y no obstante estar enteramente destituidos de la gracia de Dios. Las lágrimas do algunos oyentes y la delicia extravagante de otros, no son signos seguros de conversión. Podemos ser admiradores entusiastas do algún predicador favorito, y sin embargo, asemejarnos al terreno pedregoso. Nada debe contentarnos sino aquella humildad, aquella contrición de corazón, que es obra del Espirito Santo, y una unión con Cristo, que nazca del corazón.

La tercera admonición contenida en la parábola del sembrador, es la de guardarnos de los cuidados de este mundo. Nuestro Señor nos dice que los corazones de muchos oyentes de la palabra son como un terreno lleno de espinas. Cuando la simiente de la palabra se siembra en ellos, es ahogada por el gran número de cosas de nuestra naturaleza, que atraen sus afectos. No hacen ninguna objeción a las doctrinas y preceptos del Evangelio. Hasta tienen deseos de creer y obedecer. Pero dejan que las cosas de la tierra ganen tal posesión de su mente, que no queda espacio en que pueda obrar la palabra de Dios. De aquí resulta que aunque oyen muchos sermones, al parecer no se mejoran. En su corazón la verdad es sofocada cada semana, y, por lo tanto, no dan frutos sazonados.

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