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Lucas 6: La creciente oposición

«De la abundancia del corazón habla la boca.» Estos dos dichos son sumamente importantes. Ambos deben atesorarse con las máximas principales de nuestro Cristianismo.

Que sea pues un principio fijo de nuestra religión, que cuando una persona no produce fruto alguno del Espíritu, no tiene el Espíritu en su corazón.

Rechacemos como error nefando la idea común de que todos los que han sido bautizados han experimentado el renacimiento, y que todos los miembros de la iglesia poseen el Espíritu Santo. Una pregunta sencilla debe servirnos de regla. ¿Qué fruto produce ese hombre? ¿Se arrepiente? ¿Cree de corazón en Jesús? ¿Vive una vida recta? ¿Vence al mundo? Resultados semejantes á estos son los que la Escritura llama «frutos.» Cuando hay carencia de estos «frutos,» es una blasfemia decir que uno tiene el Espíritu de Dios en su corazón.

Que sea también principio fijo que cuando la conducta de alguno es, en general, irreligiosa, de ahí debe inferirse que carece de la gracia divina y no se ha convertido. No nos dejemos llevar de la opinión común, que nadie puede saber cosa alguna acerca del estado del corazón de otro, y que aunque algunos estén viviendo inicuamente tienen en el fondo buen corazón. Estas opiniones están diametralmente opuestas á la enseñanza de nuestro Señor. ¿Es el carácter de la conversación de aquel hombre, carnal, mundano, irreligioso, impío, ó profano? Deduzcamos de ahí que así es también su corazón. Cuando la lengua, generalmente hablando, es mala, es absurdo, no menos que contrario á la Escritura, decir que su corazón es puro.

Concluyamos este pasaje haciendo un examen minucioso do nuestra propia vida y apliquémoslo para determinar el estado de nuestro corazón para con Dios.

¿Qué frutos está produciendo nuestra vida? ¿Son ó no frutos del Espíritu? ¿Qué testimonio dan nuestras palabras con respecto al estado de nuestros corazones? ¿Conversamos como hombres cuyos corazones son «justos en la presencia de Dios»? No hay modo de evadir la doctrina sentada por nuestro Señor en este pasaje. La conducta es la piedra de toque del carácter. Las palabras son el índice del estado del corazón.

Luc 6:46-49

Se ha dicho con mucha verdad, que ningún sermón debiera concluir sin hacer alguna aplicación dirigida á las conciencias de los que lo oyen.

El pasaje que tenemos á la vista ofrece un ejemplo de esta regla, y confirma su exactitud. Es la conclusión solemne y penetrante, del discurso más solemne.

Observemos en estos versículos cuan antiguo y común es el pecado de no practicar y cumplir lo que se dice y se promete. Escrito está que nuestro Señor dijo: « ¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que digo?» El mismo Hijo de Dios fue seguido de muchos que pretendían tributarle honor llamándolo, Señor, y que sin embargo no cumplían Sus mandamientos. El mal que nuestro Señor denuncia en estos versículos ha afligido en todos tiempos la iglesia de Dios. Había existido seiscientos años antes del nacimiento de nuestro Señor, en el tiempo de Ezequiel: «Y vendrán á ti,» dice este profeta, « como venida de pueblo, y asentarse han delante de ti mi pueblo; y oirán tus palabras, y no las harán, antes hacen escarnios con sus bocas y el corazón de ellos anda en pos de su avaricia.» Ezeq. 33:31. Existió también en la primitiva iglesia de Cristo en los días de Santiago. «Más sed hacedores de la palabra,» dice, «y no tan solamente oidores, engañándoos á vosotros mismos.» Jam_1:22. Es un mal que nunca ha cesado de prevalecer en toda la Cristiandad. Es una plaga destructora de las almas, que está arrastrando continuamente por el camino ancho de la perdición multitud de oyentes del Evangelio. El pecado que no se pone máscara para ocultar su fealdad, y la incredulidad declarada abiertamente arruinan sin duda a millares; más el pecado de que venimos hablando arruina á millares de millares.

Persuadámonos que ningún pecado indica tanta imbecilidad e insensatez. El sentido común basta para enseñarnos que el nombre y la forma del Cristianismo de nada nos aprovechan, en tanto que nuestros corazones permanezcan aferrados al pecado, y en tanto que llevemos una vida anticristiana. Debe sentarse como principio fijo en nuestra religión, que la obediencia es la única prueba perfecta de la fe que salva, y que las protestas de los labios son peor que inútiles, si no van acompañadas con la santificación de la vida. El hombre en cuyo corazón mora de veras el Espíritu Santo, jamás se contentará con estarse quieto, y sin hacer nada que demuestre su amor hacia Cristo.

Notemos en segundo lugar, en estos versículos, cuan á lo vivo nos pinta nuestro Señor la religión del hombre que no solamente oye la palabra de Cristo, sino que también cumple su voluntad. Lo compara á uno que, «edificando una casa, cavó, y ahondó, y puso el fundamento sobre roca..

Su religión puede costar mucho á ese hombre. Como la casa edificada sobre la roca, puede acarrearle penas, trabajos y abnegación; pues tiene que desechar el orgullo y la presunción, mortificar la carne rebelde, revestirse del amor y humildad de Cristo, cargar la cruz diariamente, y dar por perdidas todas las cosas por amor de Cristo–todo esto es en verdad difícil. Pero á semejanza de la casa edificada sobre la roca, tal religión se sostendrá firme. El torrente de las aflicciones puede dar contra ella impetuosamente, y las avenidas de las persecuciones pueden agolparse al rededor de sus paredes, más no caerá jamás. El Cristianismo en que los hechos están en armonía con las buenas palabras es un edificio sólido, inmóvil.

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