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Lucas 6: La creciente oposición

¿Queremos experimentar algo de esta bendita virtud, la caridad? Procuremos unirnos á Cristo por la fe, y ser iluminados y .santificados por su Espíritu. No cogemos uvas de los espinos, ni higos de los cardos. No podemos tener flores sin raíces, ni fruto sin árboles. No podemos obtener el fruto del Espíritu, sin la unión con Cristo, y sin una regeneración interior. Los que no son engendrados de nuevo, nunca pueden amar de la manera que Cristo prescribe.

Luc 6:39-45

Aprendemos, en primer lugar, en estos versículos, cuan grande es el peligro de escuchar á los falsos maestros en religión. Nuestro Señor compara á tales maestros y á sus oyentes con el ciego que guía a otro ciego; y hace esta justísima pregunta: « ¿No caerán ambos en el foso?» El continúa corroborando la importancia de su advertencia y afirma que «el discípulo no es más que su maestro.» Si alguno oye la enseñanza heterodoxa, no podemos esperar que á parar en otra cosa sino en tener una fe heterodoxa. La materia que nuestro Señor nos presenta en estos versículos merece más atención de la que generalmente se le da. El cúmulo de males que la enseñanza de doctrinas heterodoxas ha acarreado a la iglesia en todos tiempos es incalculable. La pérdida de almas que ha ocasionado espanta al que la contempla. Un maestro que ignora al camino del cielo, no es probable que guíe á sus oyentes al cielo. El que oye á tal maestro corre el riesgo terrible de perderse eternamente. Si un ciego guía á otro ciego, es forzoso que ambos caigan en el hoyo Si queremos escaparnos del peligro contra el cual nos apercibe nuestro Señor, bueno será que tengamos cuidado de comparar la doctrina que oímos con la de las Santas Escrituras. No debemos creer las cosas meramente porque las digan los ministros; pues no es indudable, que los ministros no puedan equivocarse.

Traigamos á la memoria las palabras de nuestro Señor en otra ocasión; «Guardaos de los falsos profetas,» Mat_7:15; y dar los consejos de S. Pablo y de S.

Juan: « Examinadlo todo.» «No creáis á todo espíritu, sino probad si son de Dios.» 1Th_5:21; 1Jo_4:1. Con la Biblia en la mano, y con la promesa de la guía del Espíritu Santo á todos los que la soliciten, no tendremos excusa si nuestras almas se descarrían del único sendero salvador. La ceguedad de los ministros no sirve para excusar la ignorancia del pueblo. El hombre que por indolencia, o superstición, ó fingida humildad, acepta ciegamente todo lo que el ministro enseñe, por heterodoxo que sea, correrá al fin la suerte de su guía espiritual. Si el pueblo pone su confianza en guías ciegos, no debe sorprenderse si se le conduce al hoyo.

Aprendemos también en estos versículos que los que reprueban los pecados de los demás deben esforzarse en llevar una vida irreprensible. Nuestro Señor nos enseña esta lección con ejemplo muy práctico. El hace ver la injusticia del que nota una «arista,» ó cosa apenas perceptible, en el ojo del prójimo, en tanto que él mismo tiene una «viga « ó algún cuerpo grande y formidable en su ojo.

Más es preciso recibir esta lección con aquellas limitaciones ó modificaciones que señala la misma Escritura; si ninguno hubiera de enseñar ó predicar á los demás hasta tanto que no tuviera falta alguna, no podría haber enseñanza ó predicación en el mundo. El que yerra nunca sería corregido, ni el malo reprobado. Al dar tal inteligencia á esas palabras de nuestro Señor las pondríamos en oposición con las de otros pasajes claros de la Escritura.

Parece que el objeto principal que nuestro Señor se propuso fue imprimir en el ánimo de los ministros y maestros la importancia de que sus hechos estén en armonía con sus principios. El pasaje es una solemne amonestación para que no contradigamos con nuestra vida lo que decimos con nuestros labios. El predicador jamás se granjeará la atención y el respeto de los cristianos si no practica lo que predica. La ordenación, los grados universitarios, los títulos pomposos, y las protestas ruidosas de pureza de doctrina, jamás ayudarán á los ministros del culto á predicar de una manera edificante, si sus oyentes los ven entregados á hábitos inmorales.

Pero sobre este punto pudieran decirse otras cosas de aplicación general. Esta es una lección que muchas otras personas, además de los ministros, deben aprovechar. Toda cabeza de familia, todos los amos de casa, todos los padres, todos los maestros de escuelas, todos los ayos, todos los institutores–deben acordarse con frecuencia de la «arista « y de la «viga.» Todos ellos deben ver en las palabras de nuestro Señor la lección importante de que nada influye tanto en los demás como el guardar consecuencia. Plegué á Dios que nadie olvide esta lección.

Aprendemos finalmente en estos versículos que hay solo una prueba satisfactoria de la religiosidad del hombre. Esta prueba es su conducta.

Las palabras de nuestro Señor sobre este punto son claras é inequívocas. Hace uso del símil del árbol, y establece el principio general, «Cada árbol por su fruto es conocido.» Pero nuestro Señor no se detiene ahí. Sigue adelante para enseñar que la conducta de un hombre es el índice del estado de su corazón.

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