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Lucas 6: La creciente oposición

En segundo lugar, nuestro Señor sienta un principio general, llamado «regla de oro,»para el arreglo de los casos dudosos. Sabia bien que siempre habrían de ocurrir casos en que no encontraríamos la línea del deber para con nuestros prójimos claramente marcados, sabia cuanto el interés propio y los sentimientos personales ofuscarían algunas veces nuestras nociones de lo justo y de lo injusto; y nos dio por tanto un precepto de sabiduría infinita, un precepto que aun loa infieles se han visto compelidos á admirar para que sirviese de guía en casos semejantes. «Y como queréis que os hagan los hombres, hacedles también vosotros así.» Tratar a los otros como ellos nos tratan, y volver mal por mal, es la norma de los paganos. Conducirnos con los demás como quisiéramos que ellos se condujeran con nosotros, cualquiera que sea su comportamiento–he aquí la meta á la cual debe dirigirse el cristiano si desea seguir las huellas de su bendito Salvador. Si él se condujera con el mundo como el mundo se condujo con él, todos debiéramos ser condenados al infierno por toda la eternidad.

En tercer lugar, nuestro Señor hace presente á sus discípulos la necesidad de tener una norma mejor de conducta para con sus prójimos que la de los hijos de este mundo. Les recuerda que amar á los que los aman, y hacer bien á los que les hacen bien, y prestar á aquellos de quienes esperan recibir, no es obrar nada mejor que los «pecadores,» que ignoran el Evangelio. Preciso es que el cristiano sea diferente á ellos. Sus obras de beneficencia y sus sentimientos de amor deben ser como los de su Maestro–voluntarios y gratuitos. Es menester que haga que los hombres vean que el amor que profesa á su prójimo emana de principios más elevados que el de los irreligiosos, y que su caridad no se limita á aquellos de quienes se espera obtener algo en retorno. Cualquiera es capaz de ejercer filantropía y caridad, si con ellas puede ganar alguna cosa; mas con esa caridad jamás debe satisfacerse el cristiano. El que se contente con ella debe acordarse que sus actos no son ni un ápice más elevados que los de un romano ó griego idólatra de los tiempos antiguos.

En cuarto lugar, nuestro Señor enseña á Sus discípulos que al cumplir con el deber para con sus prójimos, deben no perder de vista el ejemplo de Dios. Si se llaman «hijos del Altísimo,» deben considerar que su Padre es «benigno aun con los ingratos y los malos,» y deben aprender de él á ser misericordiosos, como él es misericordioso. No puede calcularse el número de las misericordias de Dios para con el hombre que éste no reconoce. Cada año concede beneficios á millones que no rinden homenaje á la mano que los derrama. Sin embargo, estos beneficios continúan todos los años. «La época, de la siembra y de la siega, el estío y el invierno, no cesan nunca jamás.» Su misericordia dura para siempre. Su benignidad es incansable. Su compasión no disminuye.

Así deben ser todos los que profesan llamarse Sus hijos. La falta de reconocimiento y la ingratitud no deben ser motivo retiren la mano para que obras de amor y de misericordia. Á semejanza de su Padre celestial deben ser infatigables en hacer bien.

Por último, nuestro Señor asegura á Sus discípulos que la práctica de esa caridad elevada que les recomienda traerá consigo su propia recompensa. «No juzguéis,» dice, «y no seréis juzgados: no condonéis, y no seréis condenados: perdonad, y seréis perdonados: dad y se os dará.»Y concluye con esta comprensiva aserción: «Con la misma medida que midiereis, se os volverá á medir.» Estas palabras tomadas en su sentido general parecen enseñar que nadie perderá al cabo cosa alguna, practicando obras de caridad desinteresada, y de tierno amor. A veces podrá parecerle que nada gana con su conducta; que por todo fruto no cosecha sino burlas, desprecios y agravios. Su beneficencia quizás dé margen para que algunos intenten engañarle; y acontezca que se abuse de su paciencia e indulgencia Más al fin resultará que ha ganado–á menudo, y muy en esta vida; y de seguro, bien seguro en la vida perdurable.

Tal es doctrina de nuestro Señor Jesucristo acerca de la caridad. Pocos de sus discursos penetran tan profundamente en el corazón, como el que ahora estamos considerando. Pocos pasajes hacen sentirse al hombre tan humillado como el que contienen estos once versículos.

¡Qué rara es en el mando y aun en el gremio de la iglesia una caridad como la que enseñó nuestro Señor! ¡Cuán común es el carácter colérico y arrebatado!, ¡Cuán común ese sentimiento exagerado que se llama honor, y la inclinación á reñir por la menor cosa! ¡Qué rara vez vemos hombres y mujeres que aman á sus enemigos, y hacen bien sin esperar recompensa alguna, que bendicen a los que los maldicen, y son benéficos con los ingratos y depravados! En verdad, nos vienen aquí á la memoria las palabras Señor: «Angosto es el camino que lleva á la vida, y pocos son los que lo hallan.» Mat_7:14.

¡Cuán feliz seria el mundo si los preceptos de Cristo fuesen escrupulosamente obedecidos! La causa principal de la mitad de los que afligen al género humano, son el egoísmo, las contiendas, la malignidad y la falta de caridad. No hay mayor error que suponer que el Cristianismo verdadero sirve de rémora á la felicidad del hombre. No es la excesiva religión, sino la carencia de ella, que hace á la gente melancólica, infeliz, y desgraciada. Allí el Redentor es bien conocido y obedecido, se encontrará mucha alegría y paz verdaderas.

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