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Lucas 6: La creciente oposición

En segundo lugar, veamos en estos versículos a quiénes es que nuestro Señor dirige las palabras solemnes, «¡Ay de vosotros!» En seguida notamos expresiones que á primera vista parecen muy extraordinarias. «¡Ay de vosotros los ricos!» «¡Ay de vosotros los que estáis hartos!» «¡Ay de vosotros los que ahora reís!» «¡Ay de vosotros cuando todos los hombres dijeren bien de vosotros» Exclamaciones más fuertes y severas que estas no pueden encontrarse en el Nuevo Testamento.

Sin embargo, aquí, no menos que en los versículos precedentes, debemos tener cuidado de no entender mal lo que nuestro Señor se propuso enseñar. No hemos de suponer que la posesión de riquezas y un carácter alegre, y la alabanza de los hombres son necesariamente pruebas de que los que tales ventajas gozan no son discípulos de Cristo. Abrahán y Job eran ricos. David y S. Pablo tuvieron sus temporadas de regocijo. Timoteo tuvo en su favor el buen testimonio de los que estaban fuera de la iglesia. Sabemos todos estos fueron siervos verdaderos de Dios. Todos ellos fueron felices en esta vida, y recibirán la bendición del Señor el día de su segunda venida.

1 ¿Quiénes son las personas á quienes nuestro Señor dice: « Ay de vosotros»? Son las que rehúsan adquirir tesoros en el cielo, porque aman más los bienes de este mundo, y no renunciarían su dinero por amor de Cristo si fuese necesario. Son los que prefieren los goces y la decantada felicidad de este mundo, al gozo y á la paz del que cree, y no arriesgan la paz del que cree, y no arriesgan perdida de lo uno con objeto de ganar lo otro. Son los que estiman más la alabanza del hombre que la de Dios, y que rechazan á Cristo por no separarse del mundo. Esta es la clase de gentes que nuestro Señor tuyo á la mira cuando profirió las palabras solemnes: «Ay, ay de vosotros.» él sabia bien que había millares de esas personas entre los Judíos; millares que, no obstante Sus milagros y sermones, amarían el mundo más que á El. Sabia asimismo que en su iglesia había de haber en todos tiempos millares da hombres parecidos á los Judíos–millares que, aunque convencidos de la verdad del Evangelio, nunca renunciarían cosa alguna por amor de éste. Á todos estos les dirige la terrible admonición: « ¡Ay, ay de vosotros!.

Una lección muy importante se desprende de estos versículos. ¡Ojalá la depositemos todos en el corazón, y crezcamos en sabiduría! Esta lección es el antagonismo que siempre encontramos entro los pensamientos de Cristo y la opinión general del género humano. Las situaciones de la vida que el mundo estima como apetecibles, son las mismas contra las cuales el Señor pronuncia los «ayes.» La pobreza, y el hambre, y la aflicción, y la persecución: he aquí lo que el hombre se empeña en evitar. Las riquezas, y la saciedad, y la diversión, y la popularidad: he aquí los bienes por cuya adquisición los hombres están esforzándose constantemente. Después que hayamos hecho todo lo posible por atenuar las palabras de nuestro Señor, quedan todavía en pié dos aserciones que contradicen abiertamente las enseñanzas universales del hombre. El estado de vida que nuestro Señor bendice, es despreciado del mundo. Las gentes á quienes el Señor dice, «Ay de vosotros,» son precisamente las mismas que el mundo admira, elogia, é imita. Este es un hecho lamentable que debe inducirnos á hacer un escrupuloso examen de corazón.

Antes de terminar el estudio de este pasaje preguntémonos qué pensamos de las declaraciones maravillosas que contiene. ¿Podemos dar nuestro asenso á lo que dice nuestro Señor? ¿Estamos unánimes con El? ¿Creemos realmente que la pobreza y la persecución sufridas por amor de Cristo, son bendiciones positivas? ¿Creemos de veras que las riquezas y los goces mundanos, y la popularidad entre los hombres, cuando se solicitan con más anhelo que le la salvación, ó se prefieren en lo más mínimo á la alabanza a Dios, son una maldición positiva? ¿Creemos de veras que el favor de Cristo, aun acompañado de aflicciones y del escarnio del mundo, es de mayor valor que el dinero, y la alegría, y la fama sin Cristo? Estas son preguntas solemnes, y merecen la más seria respuesta. El pasaje que tenemos á la vista es la piedra de toque donde se prueba la sinceridad de nuestras creencias religiosas. Las verdades que contiene son verdades que ningún hombre no convertido puede amar y acoger. Felices los que por experiencia las conocen y las aprueban, y pueden decir «amen « á todas las enseñanzas de nuestro Señor. Sea cual fuere la opinión de los hombres en este respecto, aquellos á quienes Jesús bendice son benditos, y aquellos a quienes no bendice serán arrojados fuera por toda la eternidad.

Luc 6:27-38

LA enseñanza de nuestro Señor Jesucristo se circunscribe en estos versículos á un tema muy importante. Este tema es la caridad y el amor cristianos: la caridad, que es la virtud distintiva y sublime del Evangelio–la caridad, que es el vínculo de la perfectibilidad–la caridad, sin la cual el hombre es nada á los ojos de Dios–la caridad aquí explicada con plenitud y recomendada con rigor. Habría sido un bien para la iglesia de Cristo, si los preceptos de ese divino Maestro escritos en este pasaje hubiesen sido más cuidadosamente estudiados, y más diligentemente observados.

En primer lugar nuestro Señor explica cual es la naturaleza y latitud de la caridad cristiana. ¿Preguntan los discípulos á quiénes han de amar? él les manda «amar á sus enemigos, hacer bien á los que los aborrecen, bendecir á los que los maldicen, y orar por los que los calumnian.»El amor de los discípulos había de ser como amor para con loa pecadores–sin egoísmo, desinteresado, sin que en él influya la esperanza de recompensa. ¿Hasta dónde ha ejercerse este amor? tornan á preguntar los discípulos. Hasta sacrificio y la abnegación. «Al que te hiriere en una mejilla, dale también la otra.» «Al que te quitare la capa no le impidas llevar el sayo también.» Tenían que renunciar mucho, y que sufrir pucho, á fin de mostrar su bondad, y de evitar contienda. Tenían que ceder hasta sus mismos derechos, y someterse á sufrir injurias, antes que excitar pasiones violentas y ocasionar querellas. En esto habían de ser semejantes á su Maestro, pacientes, mansos, y humildes de corazón.

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