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Lucas 6: La creciente oposición

Y aquí se encuentra la mejor respuesta á las dudas, vacilaciones y preguntas que inquietan muchas conciencias relativamente á la importante cuestión de venir a Cristo. «¿Cómo podemos creer?» preguntan algunos: « ¿Cómo podemos venir á Cristo? ¿Cómo podemos asirnos de la esperanza que se nos ha puesto delante?» Lo mejor que se puede hacer con los que hagan tales preguntas es aconsejarles que imiten al que tenia la mano seca. Que no se inquieten con discusiones, sino que obren; que no se molesten con cuestiones metafísicas, sino que se arrojen, tales como son, en brazos de Jesucristo. Obrando así todo les será fácil. Como, ó de que manera, tal vez no podamos explicarlo. Pero podemos asegurar con confianza, que verán que á medida que se acerquen más á Dios, Dios se acercará más á ellos; pero que si por su propio gusto permanecen quietos, no deben tener esperanza de salvarse.

Luc 6:12-19

Estos versículos refieren la elección de los doce apóstoles. Esta elección dio principio al ministerio ó clero cristiano. Fue la primera ordenación, y fue una ordenación celebrada por la Gran Cabeza de la iglesia. Después del día en que acaecieron los acontecimientos aquí apuntados, ha habido millares de ordenaciones: mies de obispos, presbíteros, y diáconos han recibido las órdenes sagradas, y á menudo con mucha más pompa y magnificencia que la que se describen en los versículos citados. Más nunca ha habido otra ordenación tan solemne como esta. Nunca se han ordenado ministros que hayan hecho tanto por la iglesia y por el mundo como estos doce apóstoles.

Observemos, en primer lugar, en estos versículos, que cuando nuestro Señor ordenó sus primeros ministros, lo hizo después de haber orado largo tiempo: «Fue á orar en un monte, y pasó la noche orando á Dios. Y como fue de día, llamó á Sus discípulos, y escogió doce de ellos, los cuales también llamó apóstoles.»Es bien seguro que la mención que se hizo de la oración de nuestro Señor tiene su profunda significación. Se hizo con el objeto de que sirviese de lección perpetua á la iglesia de Cristo. Se tuvo ánimo de enseñarnos la gran importancia de interceder y ofrecer oraciones en favor de los ministros, y particularmente al tiempo de ordenarse éstos. Aquellos á quienes se confía la responsable misión de ordenar deben rogar por que «ligeramente no impongan las manos á nadie.» Los que se presentan para recibir las órdenes deben orar á fin de que no vayan á hacerse cargo de una obra para la cual sean ineptos, y á fin de que no vayan á emprender una carrera para la cual no tengan vocación. Los miembros seglares de la iglesia deben también orar por que no reciban las órdenes sino los que hayan sido movidos interiormente por el Espíritu Santo. ¡Felices aquellas ordenaciones, en las cuales todos los interesados á semejanza de Cristo se juntan con ánimo deprecatorio! ¿Deseamos contribuir, en el mundo, al adelanto de la religión pura y perfecta? En tal caso no olvidemos jamás orar por los ministros, y especialmente por los jóvenes que estén al ordenarse. El progreso del Evangelio, mediante la bendición de Dios, dependerá en mucho del carácter y conducta de los que profesen predicarlo. No es de esperarse que un ministro no convertido haga bien alguno á las almas. Imposible es que enseñe con buen éxito lo que el mismo no experimenta interiormente. Oremos cada día por que la iglesia se deshaga de tales ministros. Los ministros convertidos son don especial de Dios; al hombre no es dado crearlos. Si deseamos tener buenos ministros, es menester que sigamos el ejemplo de nuestro Señor y los pidamos á Dios. Sus tareas son arduas; su responsabilidad enorme; su fortaleza escasa. Cuidemos de fortalecerlos, y sostenerlos con nuestras oraciones. En este, y en muchísimos otros casos las palabras de Santiago son con frecuencia de dolorosa aplicación: « No tenéis lo que deseáis, porque no pedís.» Jam_4:2. No pedimos á Dios que provea jóvenes convertidos para que ocupen nuestros púlpitos, y acaso castiga nuestro descuido con falta de buenos ministros.

Observemos en segundo lugar cuan poco se nos informa de la posesión y ocupación secular de los primeros ministros de la iglesia cristiana. Sabemos que cuatro de ellos eran pescadores. Que uno, á lo menos, era publicano. Que la mayor parte, probablemente, eran galileos. Ninguno de ellos, según lo que leemos en el Nuevo Testamento, era grande, ó noble. Ninguno era Fariseo, ó escriba, ó Sacerdote, ó Príncipe, ó Anciano. Todos eran, al parecer, «sin letras é ignorantes.» Act_4:13.

Hay algo sumamente instructivo en el hecho de que nos ocupamos. Nos enseña que el reino de nuestro Señor Jesucristo existió una absoluta independencia de ayuda alguna de este mundo. Su iglesia no fue erigida con ejércitos, ni por medio de la fuerza, sino con Espíritu del Dios vivo. Zacar. 4:6. Esto nos suministra una prueba incontestable del origen divino del Cristianismo. Una religión que transformó el mundo, siendo como fueron pobres los primeros que la predicaron, necesariamente debió haber descendido del cielo. Si los apóstoles hubieran tenido dinero que dar á sus oyentes, ó llevado consigo ejércitos que los intimidasen, los infieles podrían con razón negar que hubiera algo de maravilloso en el buen éxito. Más la pobreza de los discípulos de nuestro Señor por destruye por su base cualesquiera argumentos en que el infiel apoyarse. Con la doctrina más ingrata al corazón mundano; sin poseer nada para sobornar ó para compeler á la obediencia un puñado de humildes galileos conmovieron el mundo, y cambiaron la faz del imperio Romano. Este resultado asombroso puede atribuirse solamente á una causa: el Evangelio de Cristo, que proclamaron esos hombres, era la verdad divina.

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