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Lucas 6: La creciente oposición

Defendamos el domingo, como el paladión de la religión de nuestra patria. Defendámoslo contra los asaltos de los ignorantes y los engañados que quisieran de buena gana convertir el día de Dios en día de negocios y de placeres. Principalmente, procuremos todos guardar el día sagrado. Nuestra prosperidad espiritual depende mucho, Dios mediante, de la manera como empleemos los domingos.

Luc 6:6-11

Estos versículos contienen otro ejemplo del modo como trató Señor la cuestión del sábado. Otra vez lo vemos en pugna con las vanas tradiciones de los Fariseos, en lo tocante á la observancia del cuarto mandamiento.

En estos versículos se nos enseña que es lícito hacer obras de misericordia en día sagrado. En ellos se nos dice que, en presencia de los Escribas y Fariseos nuestro Señor curó en sábado á un hombre que tenia la mano seca. Sabia que estos enemigos de todo lo justo estaban en acecho para ver lo que él haría, con objeto de «hallar de qué acusarlo.» Más él sostiene con firmeza el derecho de hacer tales obras de misericordia, aun en el día del cual se dijo: « No harás ninguna clase de obra;» y los retó abiertamente á que probasen que tal obra era contraria á la ley. «Preguntaros he una cosa,» dice él: «¿es lícito en sábado hacer bien ó hacer mal?» Á esta pregunta sus adversarios no pudieron dar respuesta alguna.

El principio aquí establecido es de vasta aplicación. El cuarto mandamiento no fue instituido para que se le diese una interpretación que redundase en daño del cuerpo humano. Se tuvo el propósito de adaptarlo á aquel estado de cosas que surgió de la caída. No se tuvo en mira prohibir el consolar al afligido, ó cuidar á los enfermos: nos es permitido en ese día ir en carruaje para dar consuelo al moribundo; podemos dejar de asistir al culto público, si tenemos que ir á buscar á un médico, ó prestar nuestros servicios en el cuarto de un enfermo; podemos visitar al huérfano y á la viuda en sus épocas de angustia, y podemos, en fin, predicar, enseñar, é instruir al ignorante. Estas son obras de misericordia Podemos hacerlas, y sin embargo guardar el domingo sagrado Con esto no violamos la ley de Dios.

Una cosa hay, sin embargo, que es preciso tengamos bien presente: estemos alerta para no abusar de la libertad que Cristo nos ha dado. De caer en este extremo corremos riesgo en nuestros días. Hay poco riesgo de incurrir en el error de los Fariseos, y de guardar el sábado con mayor escrupulosidad de la ordenada por Dios.

Lo que hay que temer es la inclinación general de menospreciar el sábado, y privarle de aquel respeto que debe recibir. Cuidemos de cómo nos conducimos en este asunto. Guardémonos de convertir el día de Dios en día de hacer visitas, dar convites, viajar y divertirnos. Estas no son obras de necesidad ni de misericordia, diga lo que dijere un mundo incrédulo y obstinado. La persona que pasa los domingos de este modo comete un pecado grave, y que no está preparado para el descanso eterno en el Se nos enseña así mismo este pasaje cuan perfecto es el conocimiento que nuestro Señor Jesucristo tiene de los pensamientos de los hombres. Se percibe esto en lo que de El se dice cuando los escribas y fariseos estaban acechándolo: «El sabia sus pensamientos.» expresiones como esta forman una de las muchas pruebas de la de nuestro Señor. Solamente Dios puede leer los corazones. El que pudo así discernir las intenciones y maquinaciones de otros, debió haber sido algo más que un hombre. Sin duda que él fue hombre en todo, lo mismo que nosotros, si se exceptúa solamente el pecado. Podemos conceder esto espontáneamente á los Socinianos, que niegan la divinidad de Cristo. Los textos que citan para probar la naturaleza humana de nuestro Señor, son textos en los que nosotros creemos y que sostenemos tan plenamente como lo hacen ellos; más existen otros textos claros en la Escritura que prueban que nuestro Señor era Dios á la par que hombre. Uno de estos textos es el pasaje que tenemos á la vista. él enseña que «era Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos.» 9:5.

Que el pensamiento de que nuestro Señor sabe todo cuanto pensamos influya en hacernos humildes. ¡Cuántas ideas mundanas, y cuantos pensamientos vanos cruzan por nuestras mentes cada hora, y que la vista del hombre no alcanza á penetrar jamás! ¿Cuáles son nuestros pensamientos en este momento? ¿Cuáles han sido este mismo día, mientras que hemos estado leyendo ó escuchando este pasaje de la Escritura? ¿Podríamos someterlos á la inspección pública? ¿Nos agradaría que otros supieran lo que pasa en nuestro interior? Estas son preguntas serias, y merecen respuestas bien serias. Pero séanlo ó no á nuestro modo de ver, es un cierto que Jesucristo está leyendo continuamente nuestros corazones. Debemos, en verdad, humillarnos ante él y exclamar diariamente, «¿Quién puede decir cuántas veces ofende?» «Purifícame de mis faltas ocultas.» «¡Señor, ten misericordia de mí, que soy un pecador!.

Enséñanos, en fin, esta parte del Evangelio de qué naturaleza es el primer acto de fe, de un alma que se convierte. Esto se advierte en la relación de la curación mencionada. Nuestro Señor dijo al hombre cuya mano estaba seca, «Extiende tu mano.» El mandato parece, á primera vista, irracional, porque á juzgar por las apariencias, era imposible que el hombre obedeciese. Más este no se paró en dudas ó disputas: al instante hizo el esfuerzo de extender la mano, y, al hacerlo fue curado. él tuvo bastante fe para creer que Aquel que le mandó extender la mano, no se burlaba de él, y debía, por tanto, ser obedecido. Fue precisamente por este acto de obediencia que obtuvo la gracia que deseaba; y recobró el uso de la mano.

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