Lucas 5: Condiciones para un milagro

(ii) El espíritu dispuesto a hacer un esfuerzo. Puesto que Jesús lo decía, Pedro estaba dispuesto a probar otra vez, aunque estaba muy cansado. El desastre de muchas vidas es que se rinden antes del último esfuerzo que podría cambiar las cosas.

(iii) El espíritu dispuesto a probar lo que parece inútil. La noche, que era el tiempo de la pesca, había pasado. Todas las circunstancias estaban en contra; pero Pedro dijo: «¡Sean las circunstancias las que sean, si Tú lo dices estoy dispuesto a probar otra vez!»

Muchas veces no hacemos nada porque nos parece que no es el tiempo oportuno. Pero, si esperamos a que las circunstancias sean ideales, jamás empezaremos nada: Si queremos un milagro, tenemos que fiarnos de la palabra de Jesús cuando nos dice que probemos lo imposible.

TOCANDO LO INTOCABLE

 

Cuando Jesús estaba en uno de los pueblos se acercó uno que era una masa viva de lepra; y cuando vio a Jesús se postró rostro a tierra delante de Él y se puso a rogarle:

-Señor, yo sé que si Tú quieres ponerme bueno, puedes hacerlo.

Jesús extendió el brazo y le tocó, mientras decía:

-Quiero. Ponte bueno.

Y en aquel mismo momento le desapareció la lepra. Jesús le insistió en que no se lo dijera a nadie. Eso sí, le dijo expresamente:

-Ve a presentarse al sacerdote, y a ofrecer el sacrificio que mandó Moisés para la purificación de los leprosos, para que tengan evidencia de tu curación.

Pero la fama de Jesús se iba extendiendo más y más, y la gente se agolpaba para escucharle y para que les curara las enfermedades.

En Palestina se conocían dos clases de lepra. Una era más bien una grave enfermedad de la piel, y era la menos seria. La otra empezaba por un punto, y de allí iba comiéndose la carne hasta que al desgraciado paciente no le quedaban más que los muñones de las manos o de las piernas. Era literalmente una muerte en vida.

Las disposiciones referentes a la lepra se encuentran en Levítico, capítulos 13 y 14. Lo más terrible era el aislamiento al que tenía que someterse el paciente. El leproso tenía que ir gritando por todas partes: «¡Inmundo; inmundo!» Tenía que vivir solo, «fuera del campamento» (13:45, 46). Se le excluía de la sociedad humana, y se le desterraba del hogar: El resultado era, y es todavía, que las consecuencias psicológicas de la lepra eran tan serias como las físicas.

El doctor A. B. MacDonald, que estaba a cargo de una leprosería en Itu, escribe en un artículo: «El leproso es un enfermo de la mente tanto como del cuerpo. Por lo que sea, se tiene una actitud diferente con la lepra de la que se tiene con cualquier otra enfermedad deformante. Se asocia con vergüenza y horror, y conlleva, de alguna manera misteriosa, un sentimiento de culpabilidad, aunque se haya contraído tan inocentemente como cualquier otra enfermedad contagiosa. Al verse evitados y despreciados, es frecuente que los leprosos tengan la tentación de quitarse la vida, y algunos lo hagan.»

El leproso sabe que los demás le aborrecen antes de aborrecerse a sí mismo. Esta era la clase de hombre que vino a Jesús: era inmundo, y Jesús le tocó.

(i) Jesús tocó al intocable. Su mano fue al encuentro del hombre del que cualquier otro se habría alejado. Esto nos sugiere dos cosas. La primera es que, cuando nos despreciamos a nosotros mismos, cuando tenemos el corazón amargado por la vergüenza, recordemos que, a pesar de todo, Cristo nos tiende la mano. Mark Rutherford proponía una nueva bienaventuranza: «Bienaventurados los que nos sanan del desprecio

propio.» Eso es lo que Jesús hacía y hace. Y en segundo lugar, es de la esencia del Evangelio el tocar lo intocable, perdonar lo imperdonable y amar lo inamable. Jesús lo hacía, y por tanto debemos hacerlo nosotros.

(ii) Jesús le encargó al hombre que cumpliera los requisitos normales y corrientes que mandaba la ley de la purificación, que se nos describen en Levítico 14. Es decir: que el milagro no eximía de lo que hubiera que hacer para volver a vivir en sociedad; no le dispensaba de cumplir las reglas establecidas. No se habría sabido que había sucedido un milagro, ni se habría dado la gloria a Dios, si no se cumplían esas normas para que las autoridades competentes tuvieran evidencia de la curación.

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