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Lucas 3: La llamada de Juan al arrepentimiento

Todo el asunto era repugnante a los ojos de los judíos y totalmente contrario a la ley judía, e incluso a cualquier moral. Era peligroso reprender a un tirano oriental, pero Juan lo hizo. La consecuencia fue que le arrestaron y encarcelaron en los calabozos del castillo de Maqueronte, a orillas del Mar Muerto. Nada podía ser más cruel que meter a este hijo del desierto en una mazmorra. Por último le decapitaron para complacer el resentimiento de Herodías (Mat_14:5-12 ; Mar_6:17-29 ).

Siempre es peligroso decir la verdad; pero, aunque el que se identifica con la verdad puede acabar en la cárcel o en la horca, a fin de cuentas es un vencedor. El conde de Morton, que era el regente de Escocia, amenazó una vez al reformador Endrew Melville:

-¡No habrá nunca tranquilidad en este país hasta que se os destierre o ahorque a media docena de vosotros!

-¡Menos amenazas, señor! -le contestó Melville-. En esa guisa no conseguiréis amedrentar a vuestros súbditos. Lo mismo me da pudrirme en la tierra que en el aire. ¡Dios sea glorificado, que no está en vuestro poder el-ahorcar o el desterrar su verdad!

Platón dijo una vez que un sabio siempre preferirá que se cometa una injusticia con él, a cometerla él. No tenemos más que preguntarnos a nosotros mismos sí en última instancia preferiríamos ser Herodes Antipas o Juan el Bautista.

LLEGA LA HORA DE JESÚS

Cuando ya se había bautizado toda la gente, también

Jesús se bautizó. Y mientras estaba orando, se abrieron los cielos, y el Espíritu Santo descendió sobre Jesús en una forma corporal, como una paloma. Y llegó una voz del cielo que decía:

-¡Tú eres mi amado y único Hijo, en quien está todo mi delicia! .

Los pensadores cristianos siempre han buscado la respuesta a la pregunta «¿Por qué fue Jesús a que le bautizara Juan?»

El bautismo de Juan era una señal de arrepentimiento, y los cristianos estamos convencidos de que Jesús no había cometido ningún pecado. ¿Por qué se bautizó entonces? En la iglesiaprimitiva se sugería a veces, con un detalle hogareño, que lo

hizo para complacer a María, su madre, que se lo pedía insistentemente. Pero debe de haber alguna razón más convincente.

En la vida de todo hombre hay ciertas etapas determinadas, ciertas bisagras en las que gira toda la vida. Así sucedió en la vida de Jesús, y de vez en cuando tendremos que pararnos para tratar de ver su vida en su conjunto. La primera gran bisagra fue la visita al templo cuando tenía doce años, cuando descubrió su relación única y exclusiva con Dios. Cuando apareció Juan, Jesús tenía unos treinta años (Luk_3:23 ); es decir, que habían pasado unos dieciocho años. A lo largo de ese tiempo Jesús tiene que haberse ido dando cuenta más y más de su absoluta singularidad. Pero siguió siendo el carpintero del pueblo de Nazaret. Tiene que haber sabido que llegaría algún día en que tendría que decirle adiós a Nazaret y lanzarse a cumplir su misión más amplia. Debe de haber esperado alguna señal.

Cuando surgió Juan, la gente iba a oírle y a bautizarse en grandes multitudes. En todo el país había un movimiento hacia Dios sin precedentes. Y Jesús se dio cuenta de que había sonado su hora. No es que se sintiera pecador y necesitara arrepentirse, sino que quería identificarse con ese movimiento hacia Dios. Para Jesús, el surgimiento de Juan fue la llamada de Dios a la acción; y el primer paso que dio fue para identificarse con la gente que buscaba a Dios.

Pero algo sucedió en el bautismo de Jesús. Antes de dar este paso de gigante tenía que estar seguro; y en el momento del bautismo, Dios le habló. No nos equivoquemos: aquello fue una experiencia personal de Jesús. La voz de Dios le vino a Él, y le dijo que había tomado la decisión correcta. Pero más, mucho más que eso: aquella voz le trazó todo el curso de su vida.

Dios le dijo: «¡Tú eres mi amado y único Hijo, en quien está toda mi delicia!» Ese dicho está tomado de dos textos: Tú eres mi amado y único Hijo es del Psa_2:7 , que se reconocía como una descripción del Rey Mesías; en quien está toda mi delicia es de Isaías 42: I , de la descripción del Siervo del Señor cuyo retrato culmina en los sufrimientos del capítulo 53. Por tanto, en su bautismo Jesús se dio cuenta, en primer lugar, de que era el Mesías, el Rey ungido por Dios; y en segundo lugar, que eso suponía, no poder y gloria, sino sufrimiento y cruz. La cruz no le pilló a Jesús desprevenido: desde el primer momento la vio como algo que le esperaba inevitablemente. En el bautismo vemos a Jesús buscando la aprobación de Dios, y recibiendo la Cruz como destino.

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