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Lucas 23: Camino del Calvario

Pastor Lionel

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JESUS LLEVADO A LA MUERTE :

Como no pudo cargar su cruz a través de las calles de Jerusalén, se asignó a Simón de Cirene la tarea de ayudarle. A Jesús lo crucificaron junto a dos malhechores comunes en un monte en las afueras de Jerusalén.

23.44 Al mediodía, la oscuridad cubrió toda la tierra cerca de tres horas. Parecía que la naturaleza se condolía por la trágica muerte del Hijo de Dios.

23.45 Este hecho tan importante simboliza la obra de Cristo en la cruz. El templo tenía tres partes: los atrios, para toda la gente; el Lugar Santo, donde solo los sacerdotes podían entrar; el Lugar Santísimo donde el sumo sacerdote entraba una sola vez al año para ofrecer sacrificios por los pecados del pueblo. En el Lugar Santísimo se hallaba el arca del pacto y la presencia de Dios en él. El velo que se rasgó era lo que impedía que el Lugar Santísimo estuviera a la vista. Al morir Cristo, desapareció la barrera entre Dios y el hombre. Ahora cada persona puede llegar a Dios directamente mediante Cristo (Heb_9:1-14; Heb_10:19-22).

23.50-52 José de Arimatea fue un miembro honorable y rico del concilio judío. También era un discípulo secreto de Jesús (Joh_19:38). Los discípulos que siguieron públicamente a Jesús huyeron, pero José de manera audaz tomó una decisión que pudo haberle costado caro. Estimaba mucho a Jesús, por eso pidió su cuerpo para darle sepultura.

23.53 Esta tumba era como una cueva hecha por mano de hombres, cavada en la ladera de una de las muchas colinas de piedra caliza que se hallaban alrededor de Jerusalén. Era lo bastante espaciosa como para caminar en su interior. Después del sepelio, se puso una piedra de gran tamaño para tapar la entrada (Joh_20:1).

23.55 Las mujeres galileas siguieron a José a la tumba, de manera que sabían con exactitud dónde encontrar el cuerpo de Jesús cuando volvieran con sus especias y ungüentos una vez pasado el día de reposo. Estas mujeres no pudieron hacer “grandes” obras por Jesús, no se les permitía presentarse ante el concilio judío ni ante el gobernador romano y testificar en su favor; pero hicieron lo que pudieron. Permanecieron junto a la cruz cuando la mayoría de los discípulos huyeron y estuvieron listas para ungir el cuerpo de su Señor. Debido a su devoción, fueron las primeras en enterarse de la resurrección. Como cristianos quizás sintamos que no podemos hacer mucho por Jesús. Pero tenemos el llamamiento a valernos de las oportunidades que se nos conceden, haciendo lo que podemos y no lamentándonos por lo que no podemos hacer.

Lucas 23:1-12

Advirtamos, en primer lugar, cuan falsas fueron las acusaciones que se hicieron contra nuestro Señor. Se nos dice que los judíos lo acusaron de “pervertir la nación, de vedar dar tributo a César, y de alborotar al pueblo.” Es bien sabido que en esta acusación no había nada de cierto. El objeto con que la hicieron los judíos fue preocupar el ánimo del emperador romano contra nuestro Señor.

La calumnia y los falsos testigos son armas favoritas del demonio. El fue mentiroso desde el principio, y es todavía padre de mentiras. Joh_8:44. Cuando ve que no puede suspender las obras de Dios, se vale del artificio de denigrar el carácter de sus siervos, y de hacer nulo su testimonio. Con esa arma atacó a David: “Se levantaron,” dice él, “testigos falsos: lo que no sabía me demandaron.” Con esa arma atacó a los profetas. Según un decir, Elías era “alborotador de Israel; y Jeremías no buscaba la paz del pueblo sino el mal.” Psa_25:2; 1Ki_18:17; Jer_38:4. Con esa arma atacó a los apóstoles, diciendo que eran “pestilenciales,” y que “trastornaban” el mundo. Actos 24:5; 27: 6. Y con esa arma atacó a Jesús durante su vida pública.

El siervo de Cristo no debe sorprenderse si tuviere que apurar el mismo cáliz que apuró su Maestro. Cuando ese Ser inocente, santo, sin mancha, fue atrozmente calumniado, ¿quién podrá escaparse? “Si al mismo padre de familias llamaron Belcebú, ¿cuánto más a los de su casa?” La inocencia perfecta no pone a nadie al abrigo de la mentira, la calumnia y los falsos testimonios. Preciso es sobrellevar esa prueba con paciencia–es parte de la cruz de Cristo.

Observemos, también, de qué naturaleza tan extraña y tan complexa son las razones qué a menudo influyen en el ánimo de los hombres grandes que no han sido convertidos. Cuando nuestro Señor fue enviado por Pilato ante Herodes, rey de Galilea, este “se holgó mucho; porque había mucho que le deseaba ver; porque había oído de él muchas cosas; y tenia esperanza de que le vería hacer un milagro..

Estas palabras son notables. Herodes era un hombre sensual y mundano: había hecho asesinar a Juan el Bautista y vivía en horrible concubinato con la esposa de su hermano. Es de suponerse, pues, que no deseara ver a Jesús. Mas su conciencia estaba intranquila. Los miles de los santos de Dios a quienes había dado muerte se levantaron, sin duda, ante su vista y turbaron su sosiego. Por otra parte, la fama de los milagros de nuestro Señor había penetrado hasta el recinto mismo de su corte. A sus oídos había llegado la noticia de que había aparecido otro adversario del pecado que era aun más fiel y más osado que Juan Bautista, y que ratificaba sus enseñanzas con prodigios que ni los reyes mismos podían obrar. Semejantes rumores naturalmente lo inquietaban y desasogaban. ¡Qué mucho, pues, que se le hubiera avivado la curiosidad y que deseara ver a Cristo! Hay razones para temer que en todos los siglos de la iglesia ha habido hombres ricos de carácter semejante al de Herodes: hombres sin fe y sin Dios, llenos de egoísmo. Sin embargo, aun semejantes hombres sienten de cuando en cuando alarmada la conciencia, y se sobrecogen de temor. Las palabras de los atletas de la religión, que Dios suscita, llegan a sus oídos ; al punto se despiertan del letargo en que se encontraban ; la conciencia los acusa y la zozobra se apodera de ellos ; a pesar suyo se sienten atraídos por el predicador y alaban sus talentos y aun profesan admirar sus aptitudes. Empero, jamás pasan de ahí: como aconteció con Herodes, la voz de la conciencia les aviva la curiosidad; mas también como sucedió a ese rey, sienten el corazón ligado al mundo con cadenas de hierro. Enojados de un lado a otro por el vendaval de las pasiones, nunca tienen sosiego, y después de sus luchas intermitentes de conciencia, mueren en el pecado.

Que la historia de Herodes nos mueva a compadecer a los hombres de distinción y a orar por ellos. Con todo su boato y su esplendor exterior, son a menudo muy infelices. La seda, el terciopelo y la púrpura cubren a menudo corazones en que la paz jamás sienta sus reales.

Notemos, en seguida, cuan fácil es para los hombres no convertidos ponerse de acuerdo en aborrecer a Cristo.

Cuéntasenos que cuando Herodes hizo conducir otra vez a Cristo ante Pilato, “fueron hechos amigos Pilato y Herodes en el mismo día; porque antes eran enemigos entre sí.” No sabemos cual fuera la causa de esa enemistad; mas cualquiera que fuere, quedó olvidada tan pronto como los dos adversarios tuvieron ante sí una víctima a quien ambos odiaban, despreciaban ó temían.

Este episodio presenta un ejemplo de lo que constantemente está teniendo lugar en el mundo. Hombres de las opiniones más divergentes están a menudo unánimes en atacar la verdad. Maestros de las opiniones más opuestas se ponen de acuerdo frecuentemente y forman causa común contra el Evangelio. En la época de que tratamos no era raro ver fariseos y saduceos conspirando juntos para prender a Jesús Nazareno y darle muerte. Y en la época presente suele suceder que romanistas y socinianos, infieles e idólatras, amantes de la molicie y ascetas fanáticos, mentidos progresistas y obstinados recalcitrantes, forman una falange homogénea contra la religión evangélica. Un odio común los liga: el odio de la cruz de Cristo.

El verdadero cristiano no debe extrañar que el mundo le tenga ojeriza. Si alguna vez llega a imaginarse que por medio de una concesión puede granjearse la buena voluntad del hombre, tendrá que pasar por un triste desengaño. Más no por esto ha de conturbarse, sino, antes bien, ha de confiar en la aprobación del cielo. Que tenga presente aquellas palabras de su Maestro: “Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo que es suyo; mas porque no sois del mundo, sino que yo os elegí del mundo, por ese os aborrece el mundo.” Joh_15:19.

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