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Lucas 23: Camino del Calvario

Pastor Lionel

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LA PROMESA DEL PARAÍSO

Lucas 23:39-43

Uno de los criminales que estaban crucificados no hacía más que lanzarle insultos a Jesús, y decía:

-¡Anda, si es verdad que eres el Mesías, sálvate a ti mismo, y a nosotros!

Pero el otro crucificado le reprendió seriamente:

-¿Es que no tienes temor de Dios tú que estás sufriendo la misma pena que Él? Nuestra condena es justa, porque la hemos merecido por nuestras obras; pero Éste no ha cometido ningún crimen. -Y luego, dirigiéndose a Jesús-: ¡Acuérdate de mí cuando vuelvas como Rey!

-Te doy mi palabra -le contestó Jesús- que hoy estarás conmigo en el Paraíso. 

Aquello de crucificar a Jesús entre dos delincuentes conocidos lo hicieron las autoridades a propósito para humillar a Jesús ante la gente, equiparándole a otros criminales.

La leyenda se ha ocupado extensamente del ladrón arrepentido. Se le identifica por el nombre de Dismas, Demas o Dímaco. Una leyenda le convierte en una especie de Robin Hood judío, que robaba a los ricos para dárselo a los pobres. Otra leyenda reaparece en el «Libro deis. Tres Reis d’ Orient, una joyita de los orígenes de la literatura española: cuenta que, cuando iba huyendo de Belén a Egipto la Sagrada Familia, fue apresada por dos bandoleros; uno cruel, que quería matar al niño Jesús, y otro compasivo que le salvó la vida, e invitó a la Sagrada Familia a pasar la noche en su cueva. La mujer de este «buen ladrón» le cuenta a María que tiene un hijito recién nacido que está leproso. María le baña en la misma agua en la que ha bañado a Jesús, y el niño queda sano y limpio. En el Calvario, el hijo del ladrón alevoso muere a la izquierda de Jesús, y el del compasivo, a la derecha.

La palabra Paraíso viene del persa, y quiere decir un jardín amurallado. Cuando el rey persa quería hacerle un gran honor a alguno de sus servidores, le nombraba su acompañante en el paraíso, para que paseara y conversara con el rey en aquel lugar delicioso. Fue más que la inmortalidad lo que Jesús le prometió al ladrón arrepentido: le prometió el honor de gozar de su compañía en el jardín de la corte celestial.

Este relato nos dice, entre otras cosas importantes, que nunca es tarde para reconocer a Jesús como nuestro Rey y Salvador. Hay otras posibilidades de las que tenemos que decir: «Eso ya no es posible. He perdido la oportunidad.» Pero eso no se puede decir de volver a Cristo: mientras late el corazón, sigue en pie la invitación. Aunque sea «puesto ya el pie en el estribo», como decía Cervantes refiriéndose a su próxima muerte, es literalmente cierto que «mientras hay vida, hay esperanza». Pero, como también decía el predicador evangélico don Enrique Lindegaard: «Sabemos de un caso de alguien que se convirtió a las puertas de la muerte, para que nadie desespere; pero es un solo caso, para que nadie se confíe.»

EL FINAL DE UN LARGO DÍA

Lucas 23:44-49

Era entonces como el mediodía, y se produjo una oscuridad terrible que duró hasta las tres de la tarde en todo el país, porque el Sol se eclipsó. La cortina del templo que cerraba el Lugar Santísimo se rasgó por la mitad: Entonces Jesús clamó a gran voz:

-¡Padre, dejo mi espíritu en tus manos!

E inmediatamente murió. Cuando el centurión vio lo que había sucedido, alabó a Dios y dijo:

No cabe duda de que este hombre era inocente.

En cuanto al gentío que estaba presenciando el espectáculo, cuando vieron lo que había sucedido, se marcharon de allí dándose golpes de pecho en señal de duelo. Todos los amigos de Jesús y las mujeres que habían venido con Él desde Galilea estaban mirándolo todo a una cierta distancia. 

Todos los detalles de este pasaje están henchidos de profundo significado.

(i) Se produjo una gran oscuridad cuando murió Jesús. Era como si el Sol mismo no pudiera mirar lo que las manos humanas habían hecho. El mundo queda sumido en las tinieblas cuando los hombres intentan deshacerse de Jesús.

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